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"Tropa de Elite" sacude la Berlinale con la guerra de las favelas

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El brasileño Jose Padilha sacudió hoy a la Berlinale con "Tropa de Elite", una inmersión en la guerra de las favelas desde la perspectiva policial, donde se funden la denuncia y la identificación con unos agentes que combaten la violencia con más violencia y alimentan la espiral de corrupción.

La producción brasileño-argentina llegó al festival envuelta en la controversia de hasta qué punto el film justifica la brutalidad policial en la lucha contra las bandas de traficantes que controlan las favelas.

"Tropa de Elite" arranca de los preparativos ante el viaje de Juan Pablo II a Río de Janeiro, en 1997, y la "operación limpieza" que desata el propósito del Papa de visitar a un obispo en una favela.

La cámara de Padilha se convierte en la sombra del cuerpo encargado del cometido, el BOPE, y especialmente de tres de sus personajes -su capitán y dos miembros. Desde esta perspectiva narra tanto la batalla contra las bandas fuertemente armadas que controlan la zona como contra la propia corrupción policial.

"En Brasil tenemos una policía corrupta, que asesina y extorsiona y a la que el pueblo odia", explicó hoy el director, dejando claro su distanciamiento hacia un cuerpo que entra a saco disparando a matar y pregunta luego quién es el traficante y quién el escolar.

"Sólo en Río, en un año, hubo más muertos por violencia policial que en la última Intifada", recalcó. Más cifras: por año se producen en todo EEUU 200 muertos por violencia policial, mientras que en Río el número sube a 1.200.

Ello no quita, sin embargo, "que las bandas que controlan las favelas no sean tanto o más brutales, independientemente de que entendamos por qué se origina esa violencia, y que dentro de las favelas incluso las ONG deban pactar con ellos".

Es un círculo vicioso, explica Padilha, en que la brutalidad de las bandas y la corrupción policial se alimentan mutuamente y en que un idealista que quiera cambiar la sociedad, como el recluta Matias, se estrella en un sistema generador y multiplicador de violencia.

Los propósitos de denuncia del director quedaron claros, pero no los resultados. "Tropa de Elite" es un film que, antes de llegar a las salas de Brasil, habían visto ya 11,5 millones de brasileños, por una extraordinaria difusión de copias pirata.

"Es un hecho sin precedentes, que perjudica a la producción, pero que ilustra hasta qué punto había sed por verla", dijo el director.

Padilha, autor anteriormente del documental "Bus 174", sobre el secuestro de un autobús desde la perspectiva de los niños de la calle, afirmó que "Tropa de Elite" pretende sobre todo "invitar" a la reflexión sobre ese círculo vicioso.

El resultado, sin embargo, es un film magistralmente filmado, con pulso de documental, que deja el sabor de cierta justificación, o incluso glorificación, de la violencia policial.

La inmersión de Padilha en las favelas compartió jornada con otra inmersión muy distinta: la que hace Doris Dörrie respecto a una familia alemana-tipo en "Kirschblüten" -"Cherry Blossoms", en inglés-, primera participante germana a concurso.

Si "Tropa de Elite" deja al espectador desbordado por imágenes y acontecimientos, Dörrie lo sumerge en un mundo donde el tiempo transcurre al ritmo en que florecen los cerezos.

Un hombre sin dotes comunicadoras enviuda de la mujer que aplicó a su existencia la poca fantasía que su pasión por la rutina y el aburrimiento parecía dispuesto a aceptar.

Ese hombre, magníficamente interpretado por Elmar Wepper, hasta entonces incapaz de desenvolverse fuera de su pueblo bávaro, empieza, a partir de la desesperación por la pérdida, un viaje a Japón. Es decir, el país que su mujer siempre quiso visitar y donde vive uno de sus hijos, plan eternamente pospuesto por él.

Dörrie retrata de la mano de Wepper y Hannelore Elsner -una gran dama del cine alemán- la incomunicación intergeneracional de tantas familias alemanas, donde es más fácil conectar con la novia lesbiana de una hija que con ésta. O con una mendiga japonesa que con el hijo que reside ahí, superado por la situación.

El cine alemán cumplió con ello la obligación de buen anfitrión: ser agradable sin aturdir, estar correcto y dejarse aplaudir, hasta el punto de poder colgarse de antemano, sin pecar de arrogante, de sólido aspirante a un Oso.