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El vecino Armstrong

El Tour parte hoy de Girona, donde vivió Lance y aún se recuerda la particular filosofía de vida que impuso el texano. La meta en Barcelona promete fidelidad a Contador con 400.000 cartulinas amarillas

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El cambio de acento del Tour no acallará ese runrún multilingüístico que persigue al Astana desde la salida en Mónaco. 'El líder del equipo soy yo; yo decidiré la estrategia y nadie más', soltó ayer Johan Bruyneel. Lo pudo decir en inglés, francés o castellano. Domina las lenguas de sus dos gallos que viven instalados en un asalto continuo a esa torre de Babel en que se ha convertido el equipo kazako.

El salto a España promete castellanizar el debate. Así será en Barcelona, donde la ola de 400.000 cartulinas amarillas que se repartirán hoy entre el público asegura un tsunami a favor de Contador. Sin embargo, el día comenzará a este lado de los Pirineos y, sin embargo, en territorio enemigo. Porque en Girona, entre sus vecinos, Armstrong gestó varios de sus siete tours. Llegó en 2001, obligado por George Hincapie. 'Tú te vienes a Girona y te buscas una casa'. Se lo dijo el mismo día en el que el Boss, el jefe, como le llamaban todos sin discusión en el antiguo Discovery Channel, fue atropellado en Niza su residencia por entonces en Europa por un conductor que se saltó un stop al hacerle una fotografía. Vivió los primeros días en el viejo piso de Vandevelde, un espacio de 200 metros cuadrados, en pleno núcleo histórico, que siempre estaba lleno de ciclistas.

Por aquella leonera, donde nadie limpiaba y cuyo frigorífico era abastecido por Johnny Weltz, habían pasado meses antes George Hincapie, Tyler Hamilton o Fred Rodríguez. Era el lugar donde los ciclistas americanos, atraídos por las historias de privacidad que pregonaba Weltz, fundador del US Postal, gestaban sus novatadas al guiri recién llegado.

El respeto hacia Lance minimizó la broma. Apenas una pequeña fiesta, organizada por Rodríguez, a la que acudieron los 20 ciclistas norteamericanos que habían convertido, por entonces, a Girona en su casa en Europa. Pero Lance prefirió el descanso a las risas. Incluso llegó a golpear el techo cuando sus compañeros de piso subieron el volumen. 'Habéis hecho un poco de ruido. Así nos riñó a la mañana siguiente', recuerda Fred. Ese mismo día, Armstrong decidió intensificar la búsqueda de su casa propia.

El texano visitó numerosas masies (casas de campo típicas de Catalunya), estuvo a punto de adquirir una vivienda en la población de Quart (a tres kilómetros de Girona), pero al final se decantó por la capital de la provincia. Encontró su refugio en el Call Jueu (barrio judío), el más céntrico y antiguo de la ciudad, en un edificio, situado en la calle de la Força, de 400 metros cuadrados, construido en 1872, en el que invirtió 2,4 millones de euros en la compra y rehabilitación de una de sus plantas.

Alrededor de aquella geografía que regala excelentes rutas de entrenamiento, Armstrong fue construyendo su historia en el Tour. La incursión americana en Girona se maximizó cuando Lance decidió convertir a la ciudad en el cuartel general del equipo.

Allí todos se entrenarían, comerían, reirían, se harían más amigos y le jurarían fidelidad eterna en los duros momentos de las rampas de los Alpes y los Pirineos. La idílica filosofía de vida acabó con la separación de Lance. Vendió la casa para regresar a Estados Unidos. Girona volverá a saludar hoy a su antiguo vecino. D