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"Nuestros antepasados eran unos cabrones"

Entrevista a la actriz y escritora Emma Cohen

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Emma Cohen acaba de publicar Libéliula (Atrapasueños), una parábola con aire infantil que no lo es tanto, una historia oscura editada a todo color, la peripecia de un pez volador, a caballo entre la astrofísica y la imaginación. Pero ella no quiere recuperar la infancia, patria profunda. 'Lo que quiero es avanzar. Normalmente no soy un ser nostálgico, sigo teniendo curiosidad por lo que desconozco, que es mucho', afirma Cohen (Barcelona, 1946).

Partidaria aún de la unión de la izquierda revolucionaria, más allá del argumento inmediato, le asiste un deseo. 'Siempre juego a acabar con el mundo armamentístico y las guerras. Y aquí aporto una solución sobre cómo librarnos del comercio de las armas y de su fabricación', cuenta.

Aquella actriz catalana a la que sus padres no quisieron prestar el apellido cuando dejó Derecho para dedicarse a los escenarios congenió el teatro -el TEU, Marat Sade, El enemigo del pueblo- con la gran pantalla -una veintena de películas, cuyo último título fue El abuelo, de Garci-, pero viene demostrando desde hace un mundo sus dotes literarias, desde el guión -El pícaro- a la narrativa, a partir de Toda la casa era una ventana (1983).

Ahora ha retomado el reto de una vieja novela sobre el periodo anterior a la guerra civil. 'Creo que, en mi generación al menos, hay miedo a comprobar que nuestros antepasados fueron unos cabrones. El cariño que se tiene instintivamente por el padre y la madre impide esa revisión', dice.

También ha vuelto al teatro, pero no a salas convencionales, sino alternativas, y con compañías que no quieren necesariamente profesionalizarse, como un grupo de tres mujeres con quienes montó otros tantos monólogos de Dario Fo. 'Ahora hago cosas y sólo las represento un par de veces. Comprendo que es algo suicida, pero lo que me interesa es la ruta que lleva hacia el espectáculo y me conformo con darlo una vez', cuenta.

No siente, afirma, una comezón íntima que la lleve a la interpretación. 'No lo necesito. Necesito transmitir, no lucirme', asegura. Quizá por ello hizo mutis por el foro cuando había sido uno de los rostros habituales del cine y de la televisión de la transición. 'Mutis, sí, por diversas causas. Si tienes una necesidad total de alimentarte haces cine alimenticio. En el cine he hecho verdaderas putrefacciones, para sobrevivir económicamente. He hecho casi lo mejor de mi carrera en televisión. Estoy satisfecha con lo de la Gallina Caponata y con cosas de Jaime de Armiñán que tampoco estaban mal, sobre todo si se las compara con lo de hoy. Quizá es que Franco no veía televisión, tan sólo cine', cuenta.

Tres años después de la muerte de Fernando Fernán Gómez, asume algo que nunca le ocurrió antes, la soledad. 'Incluso la disfruto, algo que jamás pensé que sabría alcanzar', cuenta.

'A veces -explica- tengo una sensación de plenitud, porque como la mente es selectiva y las neuronas nos producen una autodefensa, las mejores épocas perviven. Como vivo en la misma casa y está allí por todas partes, él sigue ahí'. Emma Cohen afirma que 'lo peor' es 'esa fase del proceso cuando adivinas que puede desaparecer, porque quieres prolongarlo y llegas a un momento de obcecamiento'. Y reflexiona: 'Quizás el otro ser está queriendo vivir por ti más que por él'. Ahora tiene 'una serenidad interior bastante placentera'. 'Ya no me importan algunas cosas. Lo que caiga, que caiga', concluye.