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Barrio okupado

La reconversión de 13 locales abandonados revitaliza un barrio azotado por los clubes de alterne en Madrid

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La zona del triángulo de Ballesta acoge estos días un proyecto piloto que bajo el nombre de Okupación creativa pretende incentivar el comercio de proximidad. La cesión de 13 locales a diversos diseñadores de Madrid durante un mes está sirviendo para revitalizar el comercio en una zona maltratada.  

Tras una semana en marcha Eduardo Moreno, presidente de la Asociación de Comerciantes Triball, hace un balance optimista: “Este era un barrio temático en clubs de alterne que ahora ve la posibilidad de renacer”. Para ello, el colectivo La Maison ha coordinado a 45 creadores que venden su género en antiguas carnicerías, tintorerías y puticlubes.

Por su notoriedad mediática Carlos Díez es quizá el buque insignia del proyecto, aunque él se resiste a ser el protagonista. “La unión hace la fuerza”, reivindica en alusión a otras firmas involucradas, como El Delgado Buill, La Casita de Wendy o Carocora.

El balance tras 11 días de trabajo parece positivo. “El otro día un chico de por aquí me decía que antes no se podían abrir las ventanas por las peleas y los gritos que se oían a menudo”; algo que ha cambiado con la reconversión de los citados locales. “Compre o no compre, ahora la gente viene a pasear”, asegura Díez. Precisamente, la seguridad es una de las prioridades de los organizadores.

A pesar de su cercanía con la calle Fuencarral o Gran Vía, el proyecto pretende ser una alternativa a ambas. En este sentido la tipología de los locales disponibles (no superior a 120 metros cuadrados de media) juega a favor de Okupación creativa porque “no da pie a que entren las grandes firmas y arrasen”, advierte Moreno.

 

Víctor Hierro, coordinador del evento y portavoz de La Maison, está tan satisfecho con la iniciativa que no descarta hacerse cargo de uno de los locales cuando finalice el plazo de la cesión, el próximo 10 de mayo, dependiendo de las condiciones. “Lo único que ha fallado es el tiempo. Todos los participantes se están pensando la posibilidad de coger
un local entre varios”, a pesar de que no es fácil compatibilizar la producción con la venta al público.

Un ejemplo lo ofrece la diseñadora Sofía Clari, responsable de la firma Me&co, quien explica que en la tienda es posible trabajar: “Con el ordenador vas avanzando y además nos organizamos en turnos para tener más tiempo”. ¿Y el trato con el público? “Al principio nos daba un poco de
miedo pero a día de hoy estamos generando movimiento en la zona”.

Reyes Sedano, de Karteristas, comparte el entusiasmo de los vecinos. Una actitud que ha imperado desde que se puso en marcha el proyecto. “Tiramos de amigos grafiteros para acondicionar el local y ahora la gente del barrio nos pregunta que dónde hay que firmar para que nos quedemos”. Por ello, algunos participantes se plantean crear una asociación de nuevos creadores, pero “todo está en el aire”, reitera Reyes. “La idea sería montar una tienda taller porque vemos que a la gente le alucina entrar y ver que estás cosiendo. Propicia un trato de tú a tú muy especial”, subraya.

Clari asiente y añade algo más: “Esto nos permite llegar a más gente, a clientes que están fuera de los circuitos de showrooms por los que normalmente nos movemos”. La respuesta es tan satisfactoria que Triball y La Maison se están estudiando prorrogar la convocatoria dos semanas más. Tras pasar por las manos de creadores y clientes, la pelota vuelve a estar en el tejado de los organizadores.

Probarse ropa en un vestidor comunitario ya no es exclusivo de Nueva York. El diseñador Carlos Díez ha habilitado una antigua cámara frigorífica como probador plural. “Resulta muy divertido porque activa la parte social y amable de la gente; opinan sobre cómo les queda la ropa, se dan consejos…”, indica Díez. Claro, que el vestidor comunitario es opcional: “Quien quiere entrar solo, lo hace”, agrega. Una experiencia similar es sólo comparable al vestuario del gimnasio, sólo que el probador de Díez tiene un aspecto mucho más cuidado: con moqueta, para empezar.

Tras algo más de una semana, el diseñador valora el proyecto ‘Okupación creativa’ de manera muy positiva y no esconde sus expectativas. “Lo bonito de este barrio es que, a pesar de tener la Gran Vía al lado, parece un pueblo. Lo suyo sería que ese comercio pequeño de proximidad no desapareciera y que pudiera convivir con negocios nuevos y diferentes, pero sin grandes marcas, de manera que no se convierta en una zona hiperexclusiva”. Por soñar, que no quede.