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'Blanquita', un oscuro thriller sobre la impunidad inspirado en un caso real de abusos a menores que conmocionó a Chile

El cineasta Fernando Guzzoni recorre uno de los territorios más negros de la historia reciente chilena, para preguntar en voz alta por el estado de salud de una sociedad que no protege a sus niños y para denunciar impunidad e injusticia. Premio al mejor guion en Orizzonti, en Venecia, la película fue la vencedora en el Festival de Huelva.

Alejandro Goic y Laura López, en una escena de la película
Alejandro Goic y Laura López, en una escena de la película. Surtsey Films

A principios de siglo, un caso de abusos sexuales a menores y prostitución infantil liderado por un poderoso empresario conmocionó a Chile. El cabecilla, Claudio Spiniak, fue detenido y condenado, pero tres senadores -Jovino Novoa, Carlos Bombal y Nelson Ávila-, supuestamente implicados, quedaron exculpados. En el proceso, la testigo clave fue Gema Bueno, una joven que mintió para sacar a la luz toda la verdad. Ahora, el cineasta Fernando Guzzoni recupera aquella historia en Blanquita, un thriller oscurísimo sobre impunidad, impotencia de las víctimas y justicia.

Con esta película, premio al mejor guion en Orizzonti en el Festival de Venecia y ganadora del Festival de Huelva, el director reclama de nuevo atención sobre éste y otros muchos casos de abusos a menores y pregunta en voz alta por el estado de salud de una democracia y de una sociedad que no sabe proteger a los niños. Y, al mismo tiempo, reflexiona sobre la mentira, la verdad, la violencia institucional y el papel político del cine y la cultura.

Protagonizada por la debutante Laura López, la película recoge la historia de aquella siniestra red desde el punto de vista de la joven, de los menores, de los marginados de la sociedad y la justicia. Blanquita es la voz que ellos no tienen. "Las buenas mentiras se arman de grandes verdades, es una forma de decir la verdad".

El cineasta chileno Fernando Guzzoni
El cineasta chileno Fernando Guzzoni. Surtsey Films

Esta es la historia de una chica que miente, pero está diciendo la verdad.

Claro, yo creo que uno de los elementos más subversivo y fascinante para mí de la historia era la idea de cómo la mentira funciona como un ejercicio extra moral que puede servir para ir en busca de justicia o para tensionar al poder. Y en ese sentido, siempre me pareció muy interesante la idea de construir una heroína con doble moral, con una heroicidad que podía ser cuestionable precisamente porque no era pura ni santificada ni inocua, sino que más bien ha utilizado esta herramienta poco ortodoxa para invocar una verdad que estaba siendo obviada por el establishment. Es decir, adquirí esta suerte como de vocería de los sin voz porque probablemente se iba a repetir este hoyo negro de la impunidad. Me parecía que ahí había un elemento que era muy interpelador.

¿Se ha preguntado hasta dónde es lícito o no emplear la mentira para conseguir justicia y que salga a la luz la verdad?

Claro, yo pienso que en el fondo la herramienta de la mentira o la artimaña de la mentira como respuesta se erige exclusivamente por un vacío de la justicia formal donde hay un sesgo de clase, de género sobre el acceso a los Derechos Humanos y a la justicia. Y eso ocurre en todos los países del mundo, pero particularmente ocurre mucho en los países latinoamericanos, que la justicia va de la mano de tu poder adquisitivo o tu posición social o tu condición de género. Y, por tanto, a mí me parece que es una herramienta que opera o surge única y exclusivamente como una respuesta a esa violencia estructural de las instituciones, histórica.

La película enfrenta impotencia a impunidad, los marginados de la justicia y los poderosos que la dominan. ¿Era un objetivo subrayar esto?

Claro, me interesaba entender el acceso al poder y el Estado de Derecho cuando hay una situación de asimetría social o de asimetría económica. Y también me interesaba mucho entender cómo una persona sin poder colisionaba con estos aparatos, con la justicia, con la prensa, con la iglesia, con el poder político y cómo esa persona podía tensionar a esas instituciones, cómo podía impugnar a esa institución y cómo en general, siempre el poder, para reproducirse y para sostener su hegemonía, establece acuerdos, en este caso hay una especie de, digamos, acuerdo tácito. Pero también es muy concreto que hay intención de cerrar las puertas a esas personas que vengan a incomodar y de esa forma establecer un status quo. A mí no me interesan tanto los ejercicios proselitista más convencionales. Me parecía además muy interesante interrogar a los espectadores y también mostrar a esta especie de Juana de Arco, que es una heroína con doble moral.

Ha hablado del Estado de Derecho, pero una sociedad en la que no se protege a la infancia, donde no hay justicia para los marginados, donde gana el que tiene dinero y poder, ¿se puede considerar un Estado de Derecho?

Yo creo que no. Y creo que el vicio, cómo se gesta y se articula el poder formal tiene que ver con eso, con esa institución del poder tan concentrada y que, en alguna medida, tarde o temprano, termina tensionando las bases, los cimientos de las sociedades. Yo creo que eso se traduce muchas veces en estallidos sociales, en desajuste, y que eso lo vamos a ir viendo cada vez más. Pienso que los estallidos sociales múltiples previos a la pandemia en todo el mundo, en Beirut, en Chile, en Ecuador, en Barcelona, en Oriente Medio, hasta en Japón hablan de esto, de esa lógica verticalista que tienen nuestras sociedades. Son una especie de promesa incumplida sobre cómo funcionan las democracias liberales. Yo creo que esos desajustes que estamos viendo obedecen precisamente a una especie de fase agónica de este pacto social que se ha construido en nuestra sociedad y que funciona poco y funciona mal de manera generalizada. Hay poco de Estado de Derecho y hay bastante de oligarquía o de monarquía.

Esta joven, Gema Bueno, en la realidad dio voz a los que no la tenían, ahora usted hace lo mismo con la película. ¿Es algo que usted siente como obligación?

Sí, yo entiendo mi oficio también como un sujeto político, y como tal siento la responsabilidad de hacer pensar o de hacerme pensar a mí mismo. Y cuando hablo de hacer pensar no me refiero a un ajedrez como si fuese un ejercicio intelectual, sino más bien a poner en tensión, a problematizar lo que veo a mi alrededor. Ahí siento una responsabilidad política, a problematizar, a incomodar, a salirme de lo que la industria plantea como un camino seguro, porque ahí hay que empezar a desconfiar. Hay que ir a mirar en esos lugares más incómodos, en esas zonas más oscuras.

La debutate Laura López es la protagonista(Surtsey Films)
La debutate Laura López es la protagonista. Surtsey Films

Ésta es una zona muy negra, la del abuso a menores, y se ha tratado antes en el cine chileno más que en otras cinematografías, ¿por qué esa atención desde el cine? ¿cómo vive Chile esta situación?

Hay un tema que es muy sensible y que por un momento colonizó la agenda en término de indignación, pero no movilizó o no movió la aguja ni en términos electorales ni en términos ni sociales. Fue la forma en que ha operado y sigue operando el Servicio Nacional de Menores, que es una institución del Estado y donde se descubrió un escándalo hace algunos años de miles, literalmente, miles de muertes y abusos sexuales de niños en el interior de esas casas de acogida. Y este catastro, que fue muy espantoso de conocer, no trajo consigo ni un solo responsable político. Entonces uno se da cuenta que en realidad estos niños son unos parias que a nadie le importan. Nadie sale a manifestarse por estos niños. Uno puede salir a manifestarse por una crisis hídrica, porque la renta está muy cara, porque las pensiones y las jubilaciones son muy bajas, pero realmente nadie sale a marchar por los niños de lugares de acogida. Esta película responde un poco a eso, a seguir esos casos públicos de organizaciones de explotación infantil o de instituciones del Estado que no estaban velando por los Derechos Humanos básicos de estos niños y que esto quedaba como escondido debajo de una alfombra donde no había ni voluntad política y donde tampoco se generaba un efecto electoral. Porque estos niños en realidad a nadie le importan, solo nos acordamos a veces de que hay ahí una especie de zona oscura, pero la tapamos rápidamente debajo de la alfombra. A mí eso me parece muy estremecedor.

En esta película hay muchísima violencia, toda la violencia que no se muestra, pero se cuenta, y no es la primera vez que la violencia aparece en tu cine…

Hay personas que filman la violencia de múltiples maneras, hay algunas que son espectaculares, otras son elementos más bien de entretenimiento… y tampoco yo soy un moralista, así que lo entiendo, pero a mí me interesa mucho la idea de la violencia simbólica y también me interesa, obviamente, cómo esa violencia simbólica se traduce en una violencia física directa, subjetiva. Pero sobre todo me interesa cómo nuestros modelos han construido eso. Es una violencia más estructural. Creo que mi obsesión está un poco en cómo detrás de un ejercicio de violencia subjetiva en realidad hay una maquinaria, un modelo y un dispositivo del poder que está operando.

¿Durante la investigación, en algún momento se puso en contacto con Gema Bueno?

Decidí conscientemente no tener ningún vínculo con ella y tampoco con el sacerdote católico que la ayudó, precisamente porque no quería hacer una película que fuera un ejercicio médico de la realidad ni que tuviera un afán historicista tan preciso, sino que quería ser, digamos, más laxo con eso. Me parecía claro que si establecía un vínculo más próximo, me iba a sentir obligado a construir un relato oficial. Dicho esto, conversé con ella hace muy poco. Ella me contactó, vio la película y me lo agradeció. Fue súper emocionante para mí.

¿Por qué decidió apostar por el thriller para contar esta historia?

Sentía que era un tema muy complejo y el asunto de la explotación infantil es particularmente delicado, así que pensé que enclavar la película en un ejercicio de género, en este caso de un thriller, podía permitirme hacer como una suerte de Caballo de Troya, es decir, reflexionar sobre un tema muy árido pero en un formato que no le diera la espalda a la audiencia. Y que después tú te vayas con una pregunta a tu casa y una reflexión que, tal vez, en un drama social químicamente puro hubiese sido menos resistible.

¿Cómo han sido las reacciones tras el estreno de la película en Chile?

Bien, la verdad, se estrenó hace muy poco, pero ha tenido muy buena acogida de público y muy buenas críticas también. Así que, la verdad, estamos muy contentos de la recepción y, además, permitió también volver a reflexionar sobre este asunto y ponerlo en la actualidad,
seguir interrogándolo, porque precisamente lo que ocurrió en este caso, a mi juicio, es que la verdad judicial no fue capaz de capturar la complejidad que había detrás de este hecho.

No hay en la película una crítica directa contra la justicia…

No, porque quería que el espectador hiciera su propia exigencia ética y moral sobre los personajes. Pero creo que la película sí evidencia que esa justicia entendió que el rol de los abusadores era incuestionable, sin embargo parecieran centrarse simplemente en desacreditar a esa chica. Un poco es el hecho de extender la impunidad y ofrecerle un acuerdo extrajudicial a ella, pero tratando de generar silencio y complicidad, que es lo que ella no hace. La chica estuvo en prisión cinco años y un día. Y el sacerdote también, por falso testimonio.

¿El próximo proyecto va por un camino parecido a sus tres películas anteriores?

No, creo que Blanquita cierra una especie de tríptico. La nueva será una película más absurda, tiene más humor negro, es una película de época. Ocurre en el siglo XIX y trata de reflexionar sobre la construcción de las sociedades latinoamericanas.

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