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Un festival de cine para una ciudad sin cines

Surge y se consolida en el norte de Marruecos un certamen cinematográfico que pretende convertirse en referente internacional del progreso y los derechos humanos

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Un festival de cine para una ciudad sin cines. Paradójico, pero cierto. Eso sucede en la ciudad costera y rifeña de Nador, al norte de Marruecos y cerca de la ciudad española de Melilla, que desde el pasado año es sede del Festival Internacional de Cine y Memoria Común.

Nador es una de las ciudades marroquíes con un crecimiento demográfico más exponencial, ya que de ser una pequeña aldea con unos 2.000 habitantes hace un siglo ha pasado a ser una gran ciudad cercana a los 200.000 pobladores, con mucha gente joven por las calles y con una concentración de dinero en los bancos que supera a los depósitos de ciudades marroquíes mucho más importantes y pobladas. ¿La razón? Allí se mueve mucho dinero procedente del tráfico de hachís y del contrabando. La fisonomía de la ciudad, en su expansión llamada el Nuevo Nador sobre el antiguo aeropuerto, evidencia sin paliativos la realidad de una gigantesca burbuja inmobiliaria con cientos de bloques de alto standing construidos o a medio construir absolutamente deshabitados, nacidos con la única vocación de blanquear millones de dirhams de procedencia ilegal más cierta que dudosa.

Nuevo Nador ha surgido con la vocación de blanquear millones de dirhams de procedencia ilegal

El vertiginoso crecimiento de la ciudad ha impedido la existencia de infraestructuras culturales: no hay cines, ni bibliotecas. Lo más parecido a una sala de proyecciones es el Centro Cultural, lugar que se ha convertido en la sede del festival cinematográfico más joven de Marruecos, con un salón de actos con viejos cortinajes y ventanas con cierres que no encajan y cristales rotos, que impiden el correcto visionado de las películas con la oscuridad y la insonorización mínimamente imprescindibles.

El hándicap de la ausencia de infraestructura adecuada y de tradición cultural no ha sido óbice para poner en marcha un festival de cine tan poco convencional como muy comprometido social y políticamente. De hecho, si la primera edición se dedicó a la memoria común Marruecos-España marcada por la polémica sobre si los ‘moros de Franco' fueron víctimas o verdugos, la segunda que se ha celebrado del 22 al 27 de abril de 2013 ha trascendido el marco bilateral de las dos orillas del Estrecho para extenderse por toda la cuenca mediterránea abordando las migraciones, los derechos humanos y la diversidad cultural.

El primer premio de la edición inicial fue ganado por un joven cineasta rifeño de 35 años, Tarik Idrisi, que con 19 llegó a Canarias como polizón en un buque de carga para abrirse camino en España, donde aprendió a hacer cine y que ha regresado a su país ante la falta de expectativas en el nuestro. Su producción ganadora titulada ‘Arrash' (Veneno) era un documental con testimonios de ancianos, testigos del lanzamiento de gas mostaza por parte del Ejército español en la guerra colonial del Rif.

El impulso al festival desde su origen viene propiciado por el Centro de la Memoria Común por la Democracia y la Paz, constituido en 2007 y presidido por Abdesslam Boutayeb, un rifeño de 51 años que siendo estudiante universitario con ideología izquierdista pasó una larga temporada en la cárcel en la década de los 80, los años de plomo de Hasan II, pero que ahora está en la órbita del Partido de la Autenticidad y la Modernidad (PAM), impulsado por los 'amigos' del rey Mohammed VI. El tesón y la persistencia de Boutayeb, amén de sus buenos contactos políticos, posibilitaron que el Centro de Cinematografía Marroquí (CCM) otorgara este año al Festival de Nador la categoría ‘B', lo que constituye todo un éxito para un certamen que acaba de nacer, al equipararse al nivel oficial de otros eventos como el de Tetuán, decano de los festivales en Marruecos que en 2014 celebrará su vigésima edición.

El documental ganador ha despertado críticas antisionistas en sectores islamistas

Los 200.000 dólares de presupuesto para la segunda edición provenientes de cuatro organismos oficiales y de un banco han permitido pasar en menos de un año de 8 a 27 producciones a concurso y diversificar las categorías en documentales, largometrajes y cortos, habiendo admitido producciones europeas, norteafricanas y de Oriente Próximo.

El palmarés del festival recién concluido refleja no sólo el compromiso del certamen con los derechos humanos incluido en la temática, sino también la guerra soterrada en clave política interna entre los islamistas moderados del Partido de la Justicia y el Desarrollo que gobierna Marruecos desde hace algo más de un año y la oposición más laica con las bendiciones de Palacio.

De hecho, el documental ganador 'Tinghir-Jérusalem. Les echos du mellah', del marroquí Kamal Hachkar, ha levantado críticas antisionistas en sectores islamistas por el hecho de tratar la problemática de los judíos que abandonaron Marruecos en los años 60 para trasladarse a Israel. Vencedor ex aequo en esta sección documental ha sido también la producción palestina ‘Budrus', un gran reportaje periodístico de seguimiento de la prolongada lucha contra el muro de separación promovido por el Gobierno israelí.

La producción germano-turca ‘Almanya' ha ganado el premio al mejor largometraje y recuerda los años 60 de la emigración española a Alemania, aunque en este caso se trata de emigrantes procedentes de Turquía y la problemática de las posteriores generaciones. Y finalmente, la joven cineasta sevillana Mar Moreno ha triunfado en el apartado de cortos con ‘Mush Push', una cinta que apuesta por la liberación e independencia de la mujer marroquí.

El palmarés ha estado plagado de mensajes abiertos y progresistas

Un palmarés, por tanto, plagado de mensajes abiertos y progresistas, que se une al discurso laico expuesto tanto en la conferencia plenaria inaugural como en la clausura por el presidente del jurado de largometrajes, el director de la Biblioteca Nacional de Rabat, Dris Khrouz, y por el propio director general del festival, Abdesslam Boutayeb, que reivindicó el impulso de una producción cinematográfica libre, sin mordazas y sin censura religiosa. Una advertencia en toda regla contra las tentaciones de sectores islamistas.

Aunque esta segunda edición haya estado revestida del glamour -incluyendo alfombra roja para el paseíllo de entrada- del que careció la primera, más que un festival de cine al uso, el de Nador constituye un pretexto para reclamar desde el cine un mundo mejor y más justo, partiendo del conocimiento de causa, de la memoria común y contrastada, en este caso, de los pueblos del arco mediterráneo, pero con la perspectiva de ampliarse al resto de mundo en una tercera edición que estará dedicada a la memoria democrática, un término que en España nos retrotrae automáticamente a la Segunda República.

No deja de ser paradójico, sin embargo, que el foco de esa proyección del cine como medio comprometido con el progreso, la justicia social y los derechos humanos surja de una gran ciudad como Nador, tan huérfana de medios culturales. Está por ver que alguien escuche los deseos reiteradamente expuestos allí por directores, productores y actores: que Nador cuente pronto al menos con un cine.