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Florencia

Cócteles y diversión a ambas partes del río

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En Florencia todo se mueve por rituales. Se nota el peso de la historia, pero sobre todo del arte y, de rebote, también de la estética. Cavalli es el nuevo Donatello y Ferragamo una especie de Botticelli, pero virtuosos de la alta costura y los zapatos. Para el florentino del siglo XXI es mucho más importante la moda que el Renacimiento. De hecho, son expertos en seguir la tendencia, volviéndose dependientes y animales en búsqueda continua de innovación. Pero separar Florencia de su pasado sería un disparate. Tradición y modernidad conviven en perfecta armonía, evolucionando a base de jóvenes que han cambiado Amici miei por Tre metri sopra il cielo. Al fin y al cabo, es casi lo mismo. Unos y otros siguen quedando en el Duomo para pasear por Via de' Tornabuoni hasta Piazza della Signoria. La reproducción del David ahora sirve como escaparate social para la clase pudiente, que ansía que el reloj de Viviani anuncie las siete de la tarde para lucir modelitos en el aperitivo.

El aperitivo surge en Turín a finales del XIX, poco después de que Antonio Benedetto Carpano inventase el vermut, que pronto se convertiría en uno los símbolos del Piamonte, junto a la Fiat o Umberto Eco. El vicio de los turinenses se extendería rápido por Italia, con especial acogida en Florencia. El Baretto e Cavo, mítico local florentino frecuentado por la alta burguesía, sería el máximo difusor de esta costumbre por la Toscana, creando una rutina que hoy goza de una salud envidiable.

La variedad y la calidad suelen adaptarse al precio, pero casi nunca falta la pasta fredda', el farro' o la clásica bruschetta'

El aperitivo consiste en que, por 7 u 8 euros, lo que cuesta una bebida, se puede cenar del bufé que disponen los locales de 7 a 10 de la noche. La variedad y la calidad suelen adaptarse al precio, pero casi nunca falta la pasta fredda, el farro o la clásica bruschetta. En los establecimientos más sofisticados se atreven con platos más elaborados, como sushi, Vitel Toné y carpaccio, y esto también influye en el tipo de gente que los frecuenta.

El Arno divide a la ciudad no sólo en dos mitades urbanas unidas por el Ponte Vecchio sino, también, en dos clases sociales irreconciliables: la burguesía y los asalariados. Los primeros, los de la puzza sotto il naso, se quedan en la parte izquierda, mientras que los proletarios alternan con los turistas en la derecha. Desde Lungarno Serristori hasta San Niccolò, los niños de papá lucen palmito y ropa de marca bebiendo Negroni, Spritzo Dry Martini. La presencia de unno-florentino en sus locales durante el aperitivo les molesta, hasta el punto de que los dueños hacen de la hospitalidad una asignatura pendiente. Al otro lado, sin embargo, todo es mucho más fácil. Aquí no se imponen las firmas como dress code, y se siguen los ritmos que implanta la afluencia masiva de visitantes que la ciudad sufre durante todo el año. Los locales se aglutinan en torno a Santa Croce, especialmente en Via dei Benci hasta Sant'Ambrogio. El aperitivo está protagonizado por cócteles más de batalla, como el mojito o la caipiroska. Se repara rápidamente en que, entre tanto turista, se esconde la manida leyenda de los seductores italianos, apreciada en la sobriedad de las bebidas que los barman preparan para los clientes frente a la sutileza y la ornamentación de los cócteles destinados a las mujeres.

Llega la noche en Florencia. Los locales se transforman, cambiando la comida por indios que venden rosas. La ciudad sigue dividida pero la cúpula de Brunelleschi se ve desde ambas partes del río.