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Fogwill se apaga

El escritor argentino murió el sábado por la noche a los 69 años

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Entre otros muchos oficios, Fogwill fue estafador y sociólogo. También se ganó un sueldo como publicista y generó consignas y eslóganes para vender cigarrillos suaves, pero con sabor que, más tarde, se metamorfosearon en consignas y eslóganes referidos al campo cultural y literario con sabor, pero no suaves que le valieron el calificativo multiusos de provocador: 'El relato erótico no es como el coito, sino como la eyaculación', 'Cuando la realidad vale la pena entra sola en los textos', 'Sólo se puede escribir contra algo'... Confieso que a veces, al leer las declaraciones de Fogwill (Buenos Aires, 1941) he experimentado una sensación parecida al rechazo; el rechazo hacia una ironía y un sentido del humor, para mí, cercanos a una forma de escepticismo, muy propio de los intelectuales de nuestra época. Mi disgusto seguramente a él le gratificaría, ya que consigue su objetivo: meterme el dedo en el ojo.

Es uno de esos escritores que nunca trató a sus lectores como clientes

Sin embargo, los libros de Fogwill desdicen esa impertinencia de niño mimado, de lejanía de lo público. Por eso, hoy me retracto de todo y no sólo porque Fogwill haya muerto el sábado por la noche en un hospital de Buenos Aires, supuestamente víctima de esos cigarrillos que él mismo recomendaba con metáforas inteligibles para el consumidor, sino porque recuerdo sus obras y rescato una lectura en la que permanece la impresión de que Fogwill es uno de esos escritores que, quizá por haber vendido humo, nunca trató a sus lectores como clientes.

En un campo literario en el que prima la demagogia y funciona el principio de que no son los lectores los que han de alzarse a la altura de los textos, sino los textos los que deben ser hechos a la medida de los compradores de libros, Fogwill emprende un proyecto literario en el que se aparta de los lugares comunes del deber ser de la corrección política y del deber ser de la literatura. Una literatura política del cómo y del qué. Indisoluble y necesariamente. Fogwill emprende un proyecto contra el sentimentalismo y el humanismo. Y escribe lo que Damián Tabarovsky, en el prólogo a la edición hebrea de Los pichiciegos del año pasado, califica de una obra 'intratable', incómoda: el lector no puede pasar deprisa las páginas porque permanentemente ha de plantearse el significado mismo del proceso de lectura y de los modelos genéricos y de cómo estos modelos son la encarnación de una ideología dominante que publicita y entroniza el confort y las distintas modalidades de la pasividad y de la buena conciencia.

Fue estafador y sociólogo, publicista y creador de eslóganes culturales

Quizá, llegados a este punto, el lector piense que Fogwill responde al paradigma del escritor plúmbeo, del escritor de 'pata pesada' que es la expresión con la que Pío Baroja (no muy sagaz en sus comentarios críticos) habló de Flaubert. Nada más lejos de la realidad: Fogwill cuestiona el imperio de la peripecia novelesca, juguetea con la disolución de los argumentos y reflexiona sobre el antes y el después de las historias en la Historia con una prosa hipnótica, a ratos delirante, en 'novelas' como Los pichiciegos, En otro orden de cosas o Help a él, una reescritura de El Aleph de Borges que convierte el agujero mágico en licuefacción escatológica y pornográfica, en el relato del sexo alucinado y drogadicto entre una mujer y un hombre. Help a él es una saludable falta de respeto que, como casi siempre, suele ser la muestra del respeto, del hilarante respeto, que quizá Fogwill sintió por uno de los fundamentales fantasmas el escritor ciego y anglófilo de la literatura del pasado siglo. Para el presente y el futuro, Fogwill, cuyos restos fueron velados ayer en la Biblioteca Nacional argentina, es y será ese fantasma fumador al lado del que y contra el cual los escritores deberán construirse faltándole al respeto mientras le respetan hasta la médula.