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"La independencia y la libertad no tienen precio"

Entrevista a Josep Maria Flotats, dramaturgo

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Josep Maria Flotats dice sentirse como un padre feliz. Sus hijos, los actores Helio Pedregal, Eleazar Ortiz y Eduardo Muriel, están a punto de estrenar en el Teatro Valle-Inclán de Madrid La mecedora, un texto de Jean-Claude Brisville, dramaturgo fetiche de Flotats después de La cena y El encuentro de Descartes con Pascal joven. Esta nueva producción del Centro Dramático Nacional versa, además, sobre una temática palpable: el canibalismo de los merca-dos sobre la calidad cultural.

Después de dos obras regresa a los escenarios con un nuevo texto de Brisville. ¿Qué le provoca este autor?

Esta es la primera obra que escribió, en 1982. Me gustan los textos de Brisville porque me hacen cuestionarme las cosas, me hacen pensar y, además, me producen placer. Y este es un texto brillante. Es su única obra ambientada en la época contemporánea. Y, además, es biográfica, ya que él era director de la Colección de Libros de Bolsillo y cuando le anunciaron su despido porque querían que la editorial fuera más comercial, se fue a un hotelito de un pueblo en la costa y escribió esta obra en la que reflexiona sobre el mundo del libro y la prensa y cómo estaban dependiendo ya de la ley del mercado.

En las anteriores obras usted estaba sobre el escenario. ¿Por qué en esta ocasión se ha quedado en la trastienda?

Esta obra la tenía en el cajón desde hace bastante tiempo, pero no me veía en el papel. Desde el día que llegó Gerardo Vera a la dirección del CDN quería hacer una obra con él, pero, por cuestiones de calendario, no había-mos coincidido. El pasado 15 de mayo me llamó y yo me sentí culpable por no haber hecho una obra con él en estos cuatro años. Por otro lado, el 27 de mayo se cumplía el aniversario de Brisville, así que como tenía La mece-dora, me decidí a hacerla. Ahora siento celos de los actores [risas].

'Ante la supeditación de los mercados, el dramaturgo propone decir 'no''

Usted propone textos que inducen a la reflexión, más que a la acción. ¿Es lo que necesita el espectador en estos momentos turbulentos?

Al espectador me gusta provocarle debate y reflexión. Y para mí son obras que no sólo me atraen, sino que me distraen. Me producen lo mismo que una buena novela. Y quiero que también le produzcan eso al espectador.

Esta obra, además, revela un cambio de paradigma cultural en el que vivimos ahora: la cultura no opta por provocar placer al lector o espectador, sino que, como cualquier producto, se mueve en términos comerciales.

Sí, hay un aborregamiento, y es porque la ley del mercado impera en todo. Cualquier cosa está ya supeditada a los mercados, a eso que no conocemos, pero que está ahí.

¿Y Brisville propone alguna forma de lucha contra esos misteriosos mercados?

Hace una crítica: que esa supeditación no se puede aceptar bajo ningún concepto. A través del humor, la ironía, el conocimiento del oficio y la ludicez plantea la pregunta de si se puede decir no. Y sí, claro que se puede.

Los precios son altos. Usted mismo los sufrió como director del Teatre Nacional de Catalunya.

No, no tanto, porque la independencia y la libertad no tienen precio.

Por cierto, esta obra ahonda en el mundo editorial. Ahora que estamos en plena época de cambio hacia el libro electrónico, ¿usted cómo se posiciona? ¿Tiene e-reader, compra en Amazon?

Yo soy del siglo pasado. Creo que los libros digitales son muy prácticos, porque puedes tener en el bolsillo hasta mil libros. Pero no me gusta, yo prefiero el papel. Ahora bien, si los libros electrónicos salvan los bosques...

A quienes quizá no salven es a las librerías físicas.

Claro, y es que un librero es una espe-cie de director espiritual. Te haces amigo de él, le cuentas cosas, te recomienda... Ese es el pequeño comercio que ya empezó a desaparecer con las grandes superficies. Y eso es, precisamente, un símbolo de nuestra sociedad.

Esta sociedad obcecada con la avaricia y el rendimiento económico también ha provocado grandes problemas en el mundo del teatro. Algunos festivales del año pasado no han pagado a las compañías.

Sí, y hay un gran problema con las giras. Muchas se han suprimido. Como productor independiente, yo también he tenido problemas. Un ayuntamiento me pagó hace un mes un bolo que hicimos hace 23 meses. Es decir, dos años sin cobrar. Esto es lo que está pasando. Pero claro, estamos en un momento en el que si la gente gana menos, si hay más paro, eso significa menos dinero para libros y teatro. Ahora bien, ahí tenemos los musicales, que están abarrotados y son carísimos. Debe ser que quieren ir los niños y cuando estos dan tanto la lata, los padres se quitan de comer para ir.

'Las obras de Brisville me hacen cuestionarme las cosas y pensar. Son como una buena novela'

O es la cultura del gran evento, el megaespectáculo.

Sí, pero esto son modas. Ahora esta-mos en lo que hay que ver y oír'. Otro símbolo de nuestro tiempo. Hay que verlo todo. Y eso es imposible. Por ejemplo, en París ahora hay 340 espectáculos cada día.

A eso se suma la cultura del recorte, que, precisamente, suele tocarle a los eventos culturales.

Sí, y realmente es mejor que se haga ahí que en la enseñanza y la sanidad. En cultura, los recortes son una cuestión de política y criterio. Es decir, si hay dinero, hay que ver a qué se destina y a qué no. Lo que pasa es que la cultura es referencia y criterio. Yo creo, sinceramente, que hay cosas que no se merecen ayudas. El problema está en cómo se decide eso. Por otra parte, se podrían estudiar nuevas maneras de hacer llegar el teatro, quizá con pequeños locales, con pequeños presupuestos...

Por cierto, ¿usted no se planteó presentarse a la dirección del Centro Dramático Nacional?

No, no. Por ahora es algo que no me tienta. Es verdad que en la época de Carmen Calvo [ministra de Cultura entre 2004 y 2007] me ofrecieron ser director de la Compañía Nacional del Teatro Clásico. Lo fue Eduardo Vasco, que lo hizo muy bien. Pero ya entonces no me apetecía volver.