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Juan Marsé: "Estoy hasta el gorro de la burricie e ineficiencia de nuestros políticos"

De su boca no salen ni idealismos ni consensos, no es complaciente ni correcto, es directo y combativo, es el mejor novelista español del momento y su palabra está a la altura de las responsabilidades de un escritor

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Quiere hablar de literatura... y habla de literatura. Pero por el camino, la lengua vivaracha y afilada de Juan Marsé le pega un repaso de cuidado a la actualidad política de España. Las palabras del Premio Cervantes 2008 son relámpagos. Sus reflexiones, truenos. Se nota que estamos en época de tormentas y él está dispuesto a mojarse.

Pijoaparte es el personaje universal de su novela ‘Últimas tardes con Teresa' (un alter ego ocasional). Se le acusó a usted de mostrar rencor, a través de ese personaje, contra esa burguesía que durante la dictadura profesaba un idealismo alejado de la realidad. ¿La historia de la Transición le dio la razón? ¿O es posible cambiar las cosas mediante las ideas?

Nunca he creído en el poder de una novela para cambiar las cosas. Tampoco creo en la novela de ideas. Ignoro si lo ocurrido las últimas décadas en este país me ha dado la razón, pero desde el punto de vista literario eso es irrelevante. Creo que una novela es buena cuando contiene alguna forma de belleza, tanto si el devenir histórico te da la razón como si no. La verdad que sea capaz de transmitir una novela no tiene por qué equipararse con la verdad establecida en el mundo: su única verdad es la belleza que sea capaz de transmitir durante la lectura. De cierta obra de Somerset Maugham, un autor hoy casi olvidado, de prosa invisible, Borges decía: 'La novela no parece admirable, pero durante la lectura lo es'.

Aunque el contexto histórico de casi todas sus historias sea similar, ¿hay relación entre el transcurso de su vida y el contexto y significado de sus novelas o sólo busca una buena historia entretenida?

Difícil pregunta. Creo que siempre hay una relación -a veces no explícita- entre el contexto histórico y la ficción que uno inventa. Creo que es inevitable, por mucho que uno invente y por mucho que uno se proponga 'sólo una buena historia entretenida'. No tengo nada contra el entretenimiento, pero prefiero las novelas que se proponen trascender ese entretenimiento. Y, al margen de esta cuestión, me interesa aclarar que, contra lo que pueda pensarse -pues hoy está de moda la prosa testimonial- el novelista trabaja más con la imaginación que con la memoria. O, como dijo alguien, imaginación y memoria no son sino dos palabras distintas que usamos para referirnos a la misma cosa.

Usted ha reconocido en varias ocasiones que, desde un punto de vista literario, le interesa mucho más la España de la dictadura que la de la transición...

No es una elección premeditada ni un interés exclusivo. Sencillamente, en la memoria de mis vivencias y su entorno pesan más los 40 años de dictadura franquista que todo lo demás. Intento recuperar parcelas de la memoria que fueron usurpadas, falseadas y degradadas por la dictadura.

¿Qué opina de la transición a la democracia?

La transición se hizo mal, pero probablemente era un mal necesario. Se pactó no pedirle cuentas a la derecha heredera del franquismo por su criminal actuación durante 40 años, y, decisión atinada o no, lo cierto es que la convivencia democrática del país se resiente de ello todavía hoy. La quiebra moral es evidente. Analizar esa quiebra nos llevaría horas, y yo estoy de nuestros políticos y su ineficiencia y burricie hasta el gorro. La única verdad es que, a día de hoy, España todavía no se ha enfrentado a los crímenes de Franco por temor a la derecha, con el PP y la Iglesia católica a la cabeza.

Los héroes de sus personajes no suelen ser más que mitos que han perdido su idealismo y en muchas ocasiones se han convertido en delincuentes. ¿No cree que es posible llevar la coherencia ideológica hasta las últimas consecuencias?

Sí lo creo posible, claro está, pero me interesa más la pérdida de ideales, y los conflictos que eso pueda generar en la personalidad y en la convivencia, que no la coherencia de algunos personajes vivida hasta las últimas consecuencias. Muchos, tanto de un bando como de otro, desertaron de sus convicciones. Pero yo no juzgo a mis personajes, sólo constato unos hechos.

¿Cree que los escritores o los intelectuales tienen mayor responsabilidad en la sociedad en la que viven?

Me considero un novelista, no un intelectual. Hay muchas maneras de entretener al lector, incluso con una buena crónica o un análisis de la situación política del país. Pero no es mi caso. Yo soy un entusiasta de la literatura de ficción, lo cual no me exime, naturalmente, de mis responsabilidades para con la sociedad, la primera de las cuales tiene que ver con mi trabajo. El esmero es la única convicción moral del escritor.

¿Qué opina de la Ley de Memoria Histórica que aprobó el Congreso en 2007?

La derecha española es la que está interesada en el olvido, por razones obvias. El PP es todavía, le guste o no, depositario de las esencias franquistas, y no renuncia a ellas porque es consciente de una amplia base afiliada a esas esencias... Pero me está usted haciendo hablar de política, y yo pretendo hablar de literatura. Sólo una cosa: sin memoria, sea ésa histórica, colectiva o individual, el escritor no es nada.

¿Y de las polémicas decisiones que tomó en su día el juez Baltasar Garzón?

Singular personaje. Este juez es el forúnculo justiciero que le ha salido a una desvergonzada judicatura, panda de montoneros, gandules y meapilas. Al parecer, la instrucción del sumario no se ajusta a derecho, pero yo celebro el valor simbólico que pueda tener para los familiares de las víctimas de la dictadura. ¡Qué menos, después de tantos años de ignominia y humillaciones! Me cae bien este juez, con sus lanzadas al fantasma corrupto del caudillo. Es posible que salga en globo de todo esto, pero me cae bien.

Usted nunca ha dudado en considerar intransigentes las ideologías. ¿Lo son todas por igual? ¿Qué opina de los nacionalismos?

Los nacionalismos -incluido el español y en primer lugar- puede que expresen una ideología política, pero en realidad son un enigma sandunguero, una manía identitaria, un romanticismo badulaque, un sarpullido folclórico, un rebuzno en estadios de fútbol, una carroña sentimental que ni los cuervos más famélicos se comerían y primo hermano del patriotismo. ¡Pero hay que ver cuán apreciada es esta bazofia en los pesebres del pueblo!

Recuerdo un par de escenas de su novela ‘Un día volveré'. ¿Hay que mearse en los símbolos de vez en cuando?

¿Qué le induce a usted a pensar que lo que hacen los personajes de mis novelas es lo que debe hacerse? ¿No será que me identifica usted con ese chaval que mea sobre la cara de Franco estampillada en una esquina roñosa de los años cuarenta?