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El lado salvaje de Moratín

'El hombre que comía diez espárragos' reúne los cuadernos de viaje del escritor, que en su prosa rompe con las costumbres moralizantes de su teatro

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Cuando llegó, Leandro Fernández de Moratín se encontró a Inglaterra borracha. Y decidió quedarse. Corría el año 1792 y el poeta y dramaturgo español viajaba por Europa huyendo de una España de mente estrecha, retrógrada y pacata. 'La gente piensa que me ilustro, pero cómo bebo cerveza', escribía en Londres lo que no podía escribir, y mucho menos publicar, en su patria. Parte de esos cuadernos de viaje se recuperan ahora en El hombre que comía diez espárragos (El Olivo Azul), relatos donde el autor de El sí de las niñas se despoja del costumbrismo moralizante de su teatro para destaparse como un narrador moderno adelantado a su tiempo.

Moratín guardó con celo los escritos de su tránsito por el Viejo Continente entre 1792 y 1797. Estos seguían escandalizando a los editores cuando se publicaron a mediados de siglo XIX, acribillados por la censura, en un volumen de su Obra póstuma. 'Los manuscritos originales están llenos de tachones e incluso tienen papeles pegados encima para esconder tacos, críticas a la Iglesia y episodios de prostitución. Ahora los sacamos a relucir en su verdadera dimensión', explica Alberto Santamaría, editor de la obra.

El hombre que comía diez espárragos descubre otro Moratín, el Moratín invisible, un escritor mordaz e irónico que se divierte escribiendo sobre lo que le pasa y se ríe de las rectas costumbres, las mismas que por otro lado fundamentan sus obras más populares. '¡Cómo bebo cerveza! ¡Cómo hablo inglés! ¡Qué carreras doy por Hay Market y Covent Garden! ¡Cómo me solicitan ad turbia! Y, sobre todo, ¡cómo oigo misa!', le escribe en una carta a su amigo Juan Antonio Melón al iniciar su primer viaje a Inglaterra.

El Moratín oficial, correcto, adusto y moralizante calla, y de repente aparece un Moratín inesperado, jovial y travieso que se entretiene enumerando una lista de los 21 trastos, máquinas e instrumentos que se necesitan en Inglaterra para servir el té a dos invitados (entre otros: dos mesas, dos bandejas, cuatro platos, pinzas, parrillas, una chimenea...). 'Todo esto es necesario para servir dos tazas de té con leche. ¡Cuántas manos trabajan para que el cortesano sorba un poco de agua caliente!', escribe.

En otro capítulo se maravilla del gran tamaño de los pies de las inglesas, hecho que relaciona con la libertad y holgura con la que se crían, en contraste con la 'educación atada y monjuna' de las españolas: 'No teniendo en su niñez aprisionados los miembros, ni angustiado el ánimo, se hacen altas, fornidas y bien dispuestas, y el pie, en su crecimiento, participa, como las demás partes del cuerpo, de los privilegios de esta libertad'.

El libro también es una guía de viajes de la época bastante sui generis. 'Las guías de entonces eran muy objetivas y aquí él está hablando desde su yo, cuenta anécdotas personales. Y él está fuera de la cultura tradicional', explica Alberto Santamaría.

El Moratín que todos conocemos también aparece, realizando, por ejemplo, un pormenorizado catálogo de la sociedad de Nápoles. Sus disquisiciones sobre el teatro italiano también son rigurosas y apasionadas, pero cuando menos lo esperas, se transforma en el otro Moratín: 'Después de haber hablado de tan profundas materias, voy ahora a tratar de putas y alcahuetes'.