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Leer a Vargas Llosa con la conciencia del caco

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Lo mismo que un caco se cuela en casa ajena para arramblar con cuanto objeto de valor encuentra al paso, así entré yo por aquellos días cada vez más lejanos de mi juventud en la obra narrativa de Mario Vargas Llosa. Era una fortuna que sus novelas y también sus ensayos, que disfruté más tarde, estuvieran convenientemente editados en España, a menudo en ediciones populares, de precio asequible al incipiente escritor menesteroso.

Recuerdo haber entrado en La ciudad y los perros, en La casa verde, en Conversación en la Catedral, lápiz en mano, dispuesto a robar sabiduría narrativa. En largas noches consagradas a la lectura y al tabaco, anoté, con afán de aprender, toda clase de trucos técnicos, de virguerías en la construcción del edificio novelesco, habilidad en la que este avezado lector de Faulkner ha destacado como pocos.

Pasé tantas horas deleitosas con ciertas novelas de Mario Vargas Llosa que, el día que lo conocí personalmente, me sorprendió que no me reconociera. Quizá me reconoció de sobra, hasta el punto de identificarme con uno de tantos ladronzuelos de su portentosa sabiduría literaria.

No siempre topa uno con excelentes narradores que piensen con detenimiento y hondura el artefacto narrativo. Vargas Llosa es uno de ellos. Le debo, entre otras cosas, un inolvidable entusiasmo: el que me llevó a leer, espoleado por un breve ensayo suyo, el Tirant lo Blanc, otra de esas maravillas debidas a la mano paciente de un escritor. En cierto sentido, Vargas Llosa me evoca a Picasso. La vida ha sido dadivosa con él y con su arte. Yo me alegro.