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Muere Iván Zulueta. El final del arrebato

El director de 'Arrebato', padre del cine español moderno, falleció ayer en San Sebastián a los 66 años de edad

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En una película lo encerró todo... Y no dijo más. Se tituló Arrebato, se estrenó el 9 de junio de 1980 en el cine Azul de Madrid y casi nadie la vio. Duró dos semanas en cartel y desapareció, la película y su director. Iván Zulueta (San Sebastián, 1943) no volvió a rodar más películas. Treinta años después de crear aquella gran cima del cine español, Zulueta moría en la mañana de ayer en San Sebastián a los 66 años de edad.

Como él mismo dijo, llegó al final demasiado pronto. Y el final fue Arrebato, 'una película donde se metió entero. Ahí están todas sus obsesiones, todos sus miedos, todas sus fascinaciones Es él, una autobiografía que no parece una autobiografía', dijo ayer a Público Carlos Astiárraga, ayudante de dirección, su mano derecha en el tormentoso rodaje de una película que no se valoró en su justa medida hasta que cambiamos de siglo, porque probablemente fue el primer filme del siglo XXI.

No firmó su primera película porque no tenía el título de la Escuela de Cine

Vivió el cine desde niño. Su padre fue directivo del Festival de San Sebastián, pero él se inició en otra disciplina: estudió diseño gráfico en los sesenta en la universidad de Berkley (California). Allí entró en contacto con las corrientes artísticas psicodélicas, que tanta influencia tendrían más tarde en sus películas y, sobre todo, en sus filmes en Super 8 y sus trabajos con Polaroid.

Precisamente fue una exposición de estas fotografías en 2005 en La Casa Encendida de Madrid la que lo devolvió a la luz pública. Hasta en estas pequeñas obras se revelaba la forma obsesiva y transgresora con la que afrontaba el arte. Para aquella exposición, seleccionó más de 1.000 polaroids de las 10.000 que almacenaba en su casa de San Sebastián, donde vivió retirado desde los años ochenta. 'Él contaba que, cuando le regalaron la máquina, lo primero que hizo fue leerse el manual de instrucciones de principio a fin. A continuación, se dedicó a hacer todo lo que el manual recomendaba no hacer', contaba ayer José Guirao, director de La Casa Encendida.

Zulueta regresó de California en 1964 e ingresó en la Escuela Oficial de Cinematografía, donde José Luis Borau se convirtió en su maestro. Según Carlos Astiárraga, 'nunca terminó la escuela. Y como no tenía el título, su primera película, Un, dos, tres, al escondite inglés, la tuvo que firmar como director el propio Borau, aunque la dirigió Iván'. La película (la única que filmó, además de Arrebato) se estrenó en 1970 y ya mostraba a un cineasta extremadamente personal que conectaba con el cine más moderno que se hacía en Europa en la época (como por ejemplo Blow up, de Antonioni).

'El equipo técnico intentó boicotear Arrebato', recuerda Carlos Astiárraga

Tras una década de cortos experimentales y colaboraciones con otros directores (ayudó a Almodóvar en sus primeros trabajos), en 1979 afronta el rodaje de Arrebato. En principio, iba a ser un cortometraje, pero poco a poco Zulueta se convenció de que había que convertirlo en un largometraje. Sin embargo, la historia era demasiado enrevesada como para encontrar una productora que estuviera interesada. Finalmente fue Carlos Astiárraga, su ayudante de dirección, el que convenció a su hermano Nicolás, un arquitecto leonés, para que financiara el proyecto.

Fue un rodaje artesanal (utilizaban casas de amigos, entre ellas una finca de Jaime Chávarri), muy barato (72.000 euros 12 millones de las antiguas pesetas, cuando el presupuesto de una película por entonces rondaba los 300.000 euros) y especialmente accidentado. Miguel Ángel Bermejo, primer director de producción, dimitió y se largó a las primeras de cambio.

'El equipo artístico, con Eusebio Poncela, Cecilia Roth y Will More, se volcó con la película. Al equipo técnico le costó más. Nosotros estábamos bastante locos y éramos muy raros, así que intentaron boicotear el rodaje y nos forzaron a suspenderlo en varias ocasiones. Yo creo que se pensaban que estábamos de broma, que no estábamos rodando nada', dice el ayudante de dirección del cineasta vasco.

Zulueta tenía un carácter bastante anárquico, motivado por una adicción a la heroína que reflejó sin tapujos en Arrebato. El cineasta estaba abierto a las aportaciones de los actores, los únicos que parecían percatarse de que estaban rodando una película insólita. Por ejemplo: Cecilia Roth se inventó el genial baile de Betty Boo (una de las escenas más divertidas del filme), mientras que Eusebio Poncela le recomendó introducir una ráfaga de ametralladora en la escena final (Zulueta accedió a regañadientes).

Zulueta reflejó sin tapujos su adicción a la heroína en la película

Finalizado el rodaje, un perfeccionista Zulueta se tiró siete meses en la sala de montaje. 'Cogíamos su dos caballos y nos íbamos a Tecnison, un estudio en la carretera de San Sebastián de los Reyes. Montó la película fotograma a fotograma. Quitaba y ponía, quitaba y ponía... Acabó hartando al montador del estudio, que al final nos dejaba las llaves y nos dejaba allí horas y horas', recuerda Carlos Astiárraga.

Arrebato fracasó estrepitosamente en su llegada a los cines. 'Se estrenó en junio, una fecha muy mala. Iván quería que se vendiera a los cines Alphaville, pero el productor delegado, Augusto Martínez Torres, nos engañó y nunca llegó a ofrecérsela, lo que lastró el estreno', confesó Astiárraga.

Por entonces, Zulueta todavía tenía fuerzas. Bosquejó el guión de The end, un trabajo muy complejo que quería hacer con las sobrinas de Federico García Lorca, Laura e Isabel. Se trataba de un proyecto muy caro donde había espacio hasta para la ciencia ficción. Según Astiárraga, 'se lo presentó a Jaime Chávarri, pero a este le pareció demasiado anárquico. Ahí sí que se desmoralizó'. Y, como el protagonista de Arrebato, desapareció. Zulueta ya había hecho, a la segunda, la película que muchos directores persiguen toda una vida.

Begoña del Teso,  autora del catálogo ‘Iván Zulueta: imagen, enigma’

Era guapo. Era seductor. Creaba adicción. Era un vampiro. Siempre pretendió serlo. Como quiso haber estado en Ascot con My Fair Lady. O al lado de Francis Bacon cuando pintaba. Cuando el centro cultural Koldo Mitxelena Kulturunea, en colaboración con Donostia Kultura y Galería DV, recuperó toda su obra, la cinematográfica, la televisiva, la gráfica y las fastuosas polaroid que luego se exhibirían en La Casa Encendida de Madrid, juró que volvería para rodar un Drácula. No sucedió y siempre nos preguntaremos cómo habría quedado, teniendo en cuenta, simplemente, que para su cartel de Viridiana pintó una navaja saliendo de la cruz de Cristo.No volvió a filmar, ni su vampiro ha habitado rampante entre los chicos pálidos de Crepúsculo. Pero si el cine español ha conocido el vértigo extremo ha sido por Arrebato, que, sobre otras muchas cosas, es la historia de una adicción. Un cuento atroz de vampiros. El cine para Iván era adicción o, sencillamente, no era. La cámara fue su amante. Y una de sus drogas. No la única. No la más dulce. Sí la más infiel. No sé, creo que no, si el cine español cambió después de Arrebato, aunque sí que debió hacerlo, porque allí Iván demostró lo que ningún cineasta de raza negará jamás: el cine devora a sus siervos.  En un Madrid moderno e irreal, Arrebato anunció que por el cine se mata y se muere. Si pocos aceptaron el desafío, alguien algún día nos pedirá cuentas.