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Con la muerte no basta

Es su última oportunidad para volver a tener poder en el quiosco

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Quince años después de su muerte, sigue más vivo que nunca porque nunca quisieron matarle. Que sí, que terminó derrotado, hecho puré entre los escombros después de una tunda de 22 páginas contra el rival más bruto de todos: juicio final y sin kryptonita. Pero ya había muerto antes de esa pelea. Le habían machacado las ventas. Por entonces, Superman era simplemente un superhéroe al que todos querían, pero nadie leía. Así que se juntaron todos los guionistas durante varios días y decidieron cargárselo… para resucitarlo cuando fuera necesario. La muerte es rentable.

El capitalismo tiene esas fases y ahí está la clave que resuelve la cuestión ¿por qué se mueren los superhéroes? ¿Cómo es posible que celebremos 70 años de su aparición este abril si ha muerto hace más de una década? Porque necesitan volver a nacer y levantar el producto. El negocio es mucho más poderoso que Lex Luthor y el último hijo de Krypton nada puede contra el balance de cuentas de DC. “Los superhéroes dependen exclusivamente del negocio, son propiedades corporativas, no del autor. Quino mató a Mafalda, pero nadie puede matar a Superman, si no es la corporación. Además, me parece bien que mueran y resuciten, así acaban con el monopolio del Vaticano”, dice Ángel de la Calle, autor de una de la saga de cómic Tina Modotti (Sins Entido), con toda la ironía que puede cargar en sus pensamientos. Y como tiene de sobra, remata: “Superman no muere ni folla, sólo puede volar. Los superhéroes son la cara amable del capitalismo”.   

Pero hay más soluciones al por qué de la muerte de los todopoderosos. Los modelos de lo deseable han cambiado del todo. El tipo individualista que él se lo guisa, él se lo come ha tocado fondo. Los superpoderes no son algo milagroso, sino algo que se construye a través de pactos sociales y de acuerdos en los avances tecnológicos y la innovación. “Antes, esos poderes extraordinarios eran asociales y ahora sabemos que necesitamos de los demás para alcanzarlos”, vamos que las cosas no se hacen en soledad, que con amigos sí. Eso opina Andrés Jaque, uno de nuestros arquitectos más reconocidos por plantear la sostenibilidad en una profesión que no se lo planteaba.

Menos malla y más trabajar

Así que la muerte del superhéroe es la muerte de la modernidad ilustrada y de la admiración desmesurada por la individualidad perfecta. El héroe, tal y como lo entendíamos hasta el momento, prescindía de límites. Los tenía, pero se los ahorraba. Siempre salía del paso, aunque olvidaba que nada estaba asegurado y que el fracaso siempre llega. “Hoy hay que generar pactos para resolver problemas. Asumimos que la realidad es conflictiva y que nunca nada será perfecto”, explica Jaque para quien el “pensamiento ecológico” ha traído la necesidad de potenciar las garantías sociales, el establecimiento de los Derechos Humanos Fundamentales y la ampliación de esos derechos a no humanos y a generaciones futuras.

Tranquilos que no nos quedamos sin promesas de seguridad y protección. Los superhéroes no desaparecen, sólo cambian de máscara. Tipos como el Che Guevara, que se hicieron al fuego lento pero inmortal del icono popular. No, ya nadie cree en Superman, pero sí tenemos a otros porque se les sigue necesitando. “Pasamos por una fase claramente apocalíptica, pero no hay que olvidar que todas las civilizaciones han ficcionado sobre su propio apocalipsis”. Eso opina el escritor Agustín Fernández Mallo, que sigue en racha con su novela Nocilla Experience, y que ve en Obama al nuevo héroe.

Quizás nos atraiga el hecho de verles derrumbarse, de hincar la rodilla. Nos entusiasma la posibilidad de que la fragilidad de los superhéroes aparezca en cualquier momento, con todos esos vicios que no pueden superar y en los que caen irremediablemente. Tropiezan como nosotros, sufren como nosotros y el mundo ideal ya no interesa. “Hay un descrédito general de la ficción como género en todas las disciplinas culturales. Queremos una realidad más real, incluso, que la propia realidad. No queremos ver algo hermoso, sino algo profundamente cierto”, apunta Andrés Barba, autor de novelas, relatos, ensayos, poesía y teatro. Sin embargo, para la escritora Cristina Cerrada pasamos por un periodo idealista y no realista, porque después del 11 S se cerró los ojos a la realidad. Asegura que está tan saturada de malas experiencias, que se prefiere rehacerla con la ficción.  

Es el momento del rescate. Quince años son suficientes para un muerto. Ya va siendo hora de que Superman enganche a una nueva generación de lectores adolescentes. Este año veremos al de la capa regresar desde las cenizas y se traerá múltiples series nuevas para celebrar su 70 aniversario: una en la que irá a visitar a Krypton, otra en la que se recordará su boda con Lois Lane y un repaso al Luthor como presidente de los EEUU. Súper… ventas.    

Y mientras, aquí, cada vez con más ganas de antihéroe. De esos que no te salvan, pero en los que te reconoces. En la desdicha del antihéroe ves la tuya. “Ya no es tiempo de creer en superhéroes”. La poeta María Eloy-García escribe desde nuestra más tierna cotidianidad y lo único súper que le atrae es el supermercado, como mostró con todo el sarcasmo en su último libro Cuánto dura cuanto (DVD). Para ella hay una crisis de fe de los estereotipos tradicionales, que ya no sirven: “El antihéroe todavía funciona, porque nos gustan las personas que se buscan la vida. Los de Gran Hermano son los nuevos héroes”, ahí es nada. Ellos llegan de forma rápida donde todo el mundo quiere llegar: a la pasta fácil y la consideración social. No es de extrañar que ella apueste por Jimmy Corrigan, la apoteosis del ser insignificante bajo un universo que le queda gigante.