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Netflix En ‘Everything Sucks!’ la adolescencia apesta tanto como en la realidad

Netflix estrena este viernes ‘Everything Sucks!’ (‘Todo es una mierda’), su nueva serie adolescente. Ambientada en los noventa en un instituto estadounidense, se centra en lo difícil de una etapa en la que todo se vive y se siente intensamente.

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Votos: 3

Escena de la serie 'Everuthing Sucks'.

Everything Sucks! tiene formato y título de comedia, pero no lo es. En la serie creada por Ben York Jones y Michael Mohan se dan una mezcla de géneros que oscila del drama adolescente al familiar y social salpicada de escenas simpáticas, que no cómicas, que hacen que entrar en su juego sea realmente complicado. Pese a los parecidos evidentes compartidos con otras ficciones adolescentes, esta nueva creación de la factoría Netflix contiene algunos aciertos, especialmente en cuanto a los temas tratados, reseñables más allá de su calidad como ficción televisiva. Eso, y su banda sonora de los noventa.

Lo más interesante de ¡Todo es una mierda!, como se traduciría el título al castellano, es que, efectivamente, aquí todo apesta y la nostalgia no es una invitada estrella aunque se deje notar en ocasiones. Mientras la infancia puede ser una época recordada con añoranza, sobre todo si se vivió en los ochenta, la adolescencia no lo suele ser tanto. Quizá sí para quienes fuesen los populares del instituto. No en el caso de los protagonistas de Everything Sucks!, que se centra en esos otros chavales que últimamente las series han puesto tan de moda. Aquí con parches en las mochilas, tipex de pincel, discman y el Wonderwall de Oasis como himno.

Quienes llevan la voz cantante en esta historia ambientada en la mitad de los noventa en un pueblo llamado Boring (aburrido) son los marginados, los raritos, lo que no militan ni en el equipo de fútbol del instituto ni en el cuerpo de animadoras. Es más, aquí unos y otros brillan por su ausencia. En lugar de ellos, quienes acaparan las tramas son los componentes del club de vídeo y los del grupo de teatro. Casualidades del guion, acaban rodando juntos una película de alienígenas que posibilita la exploración de las relaciones entre ambos. Porque esta no deja de ser una producción americana y lo de chavales rodando una película en el instituto es algo muy de ficción estadounidense.

Tópicos a un lado, la gran baza, y lo que supone el verdadero interés de adentrarse en esta historia a lo largo de sus irregulares diez capítulos, es conocer a su protagonista, Kate (Peyton Kennedy). Una chica huérfana de madre que atraviesa un complicado momento de autodescubrimiento de su sexualidad que la hace seguir ciertos pasos y darse contra muros que, por desgracia, es probable que no disten tanto de los actuales. Kate no sabe muy bien qué siente ni hacia quién, pero lo que tiene claro es que no quiere ser señalada por ello.

Lo explica muy bien cuando habla de sí misma como la friki sin madre, la hija del director que viste con la ropa que aún le compra su padre. No tiene amigas y lo último que necesita es que cuchicheen sobre ella por su condición sexual. Más aún cuando ni siquiera la propia Kate tiene claro cuál es. Por eso cuando Luke (Jahi Di'Allo Winston) se le declara y le pide que sean novios ella acepta, no sin dudarlo antes, viendo en él una tapadera momentánea que acalle rumores y le dé margen para aclararse. Ella necesita organizar sus sentimientos y él, enamorado por primera vez, cree que puede ayudarla.

Son los noventa, es su primer amor y no quiere ver la realidad. Que lo suyo no es posible por razones obvias. Porque aunque el tema central sea ese, el descubrimiento de la homosexualidad de la protagonista y su viaje interior hasta asimilarlo y sentirse cómoda consigo misma, en Everything Sucks! hay otros muchos temas que se tratan de una manera menos evidente pero igualmente interesantes aunque a veces se pase por ello de puntillas. Cómo los demás tratan la homosexualidad, en este caso Luke, es uno de ellos. Otro de los de mayor calado y puede que menos perceptibles a primera vista es la relación de dependencia extrema y de anulación personal que mantienen dos de los personajes secundarios. La ‘novia de’, bailando siempre al son que le marca su popular y atractivo novio. Una relación tóxica que nadie es capaz de ver en su entorno. Ni la principal afectada.

Al final de lo que trata el estreno semanal de Netflix es de una etapa de la vida en la que todo se vive intensamente y se magnifica. Seres humanos conociéndose así mismos, formándose como personas, dejando atrás la infancia e intentando convertirse en adultos sin serlo todavía. Con las hormonas revolucionadas y las cosas poco claras en una búsqueda desesperada por la aceptación y la pertenencia a un grupo. Los personajes están entre lo que son, lo que quieren ser y lo que realmente pueden ser. Superar todo eso es madurar, pero mientras se está viviendo les duele como si nunca se fuese a pasar.

De ahí que los protagonistas, especialmente los que canalizan su drama a través del grupo de teatro, sean tan exagerados en sus reacciones. La intensidad en ocasiones, como pasa durante la adolescencia, escapa fuera de su control. En la actuación, también. Por momentos da la sensación de ser una tragedia griega en lugar de una serie de adolescentes. Tanto es así que quienes realmente rebajan el tono y aportan algo de comicidad al asunto son los dos únicos personajes adultos que aparecen en toda la primera temporada, el padre de Kate, Ken (Patch Darragh) y la madre de Luke, Sherry (Claudine Mboligikpelani Nako) que se comportan como quinceañeros. Lo cual no deja de ser paradójico.

Escena de la serie 'Everuthing Sucks'.

A Everything Sucks! le pasa como a tantas otras series de Netflix, especialmente las que tienen adolescentes como protagonistas. No puede ser considerada sobresaliente, puede que ni siquiera notable, pero es cierto que toca temas de interés y con acierto con un lenguaje adecuado para el púbico al que va dirigida. Ocurría lo mismo con Por 13 razones. Si bien, en realidad, en el capítulo de comparaciones, existen más similitudes con Stranger Things. No tanto por la temática, que no tienen nada que ver, sino por el diseño de los personajes. Luke se parece demasiado a Lucas; Leroy a Steve; Tyler a Dustin; y Ken y Sherry a Hopper y Joyce. Cierto es que tampoco los personajes de los hermanos Duffer eran tremendamente originales. Con más carisma, sí, pero una amalgama de tantos otros vistos en el cine de los ochenta.

Stranger Things apelaba a la nostalgia de los que fueron niños en los ochenta, que son los mismos que fueron adolescentes en los noventa en los que se ambienta Everything Sucks!. La clave es que, mientras la niñez se recuerda con añoranza, ¿quién evoca con el mismo sentimiento que le rompiesen el corazón por primera vez, estar enfadado con el mundo, sentirse incomprendido constantemente, presionado por padres y profesores y en continuo estado de angustia por querer que el tiempo vaya más deprisa y llegar a ser adulto? Así es como se sienten continuamente los adolescentes de esta serie. Lo único que hay aquí de nostalgia son las canciones de Oasis y puede que haya quien eche también de menos los VHS, los videoclubs de Blockbuster y el discman.