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Nuestro hombre en Estocolmo

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Mario Vargas Llosa pudo acudir a su cita con la historia a pesar de la huelga de controladores que paralizó el espacio aéreo español. Fue bastante divertido, parece, dado que el galardonado dijo que ese incidente le había dado 'emoción' al Nobel.

La vida de Mario Vargas Llosa está llena de este tipo de divertimentos: lo que para unos es una huelga ilegal, salvaje y dolorosa, y para otros una reivindicación de derechos de los trabajadores, para él no ha supuesto más que otra anécdota con la que echarse unas risas. El capitalismo liberal es así: nunca pasa nada grave, sólo emociones efervescentes de 24 horas.

En su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura, Vargas Llosa no ha tenido ocasión de anotar este conflicto, ni ningún otro conflicto relativo a las democracias liberales. A pesar de dedicar cuarto y mitad de su soflama pro-sistema a asuntos políticos, el novelista no ha levantado la pluma contra la crisis económica que millones de ciudadanos occidentales están padeciendo durante los últimos dos años.

Suponemos que esa crisis, esas largas colas de parados, esas casas arrebatadas por los bancos, esos sueldos miserables, le importan mucho menos a don Mario que motejar implacablemente a Venezuela y Bolivia como 'payasas', apuntillar a Cuba como gran cáncer del Caribe, y señalar a toda Latinoamérica el camino de la libertad y el bienestar, que no es otro que dejarse abrir las venas por las multinacionales para que su sangre socialista se derrame de forma irreversible.

Habla maravillas del sistema desde un incatalogable cinismo

Los premios estatales e internacionales se parecen cada vez más, como afirmó en su momento Santiago Sierra, a ese galardón oficinesco conocido como 'empleado del mes'.

Vargas Llosa ha demostrado serlo a la perfección. El sistema ha puesto un hombre en Estocolmo para que hable maravillas del sistema, desde un incatalogable cinismo que emplea consignas como 'no estar de acuerdo' o 'protestar contra las injusticias', estilemas propios de este autor que pueden traducirse como: 'No estar de acuerdo con los que no están de acuerdo' y 'protestar contra las injusticias de los que protestan contra las injusticias'.

Así las cosas, resulta enternecedor que Mario Vargas Llosa crea que la literatura puede cambiar la Historia, que una novela 'en desacuerdo' servirá para fraguar la gran mejora del mundo, cuando, según hemos podido ver en Estocolmo, la literatura sólo es reconocida cuando se propone como etiquetado de una sociedad en conserva.