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"La peor dictadura es que nos digan qué es gracioso"

Álex de la Iglesia estrena, 'Balada triste de trompeta', premiada en Venecia y centrada en la lucha de dos payasos enamorados

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Unas cuatro horas. Esa es la media que duerme cada noche Álex de la Iglesia (Bilbao, 1965) desde hace meses. Al estreno de su última película, Balada triste de trompeta, premiada en Venecia y centrada en la lucha a muerte de dos payasos enamorados de la misma mujer en la España tardofranquista, se le ha unido la preparación de la gala de los Goya en el Teatro Real y la preproducción de su siguiente película, La chispa de la vida, donde José Mota hará de publicista. El rodaje arranca en enero. 'Si paro, me hundo', dice.

'Hoy seguimos con una intransigencia y unas ansias de venganza terribles'

¿España sigue viviendo la pesadilla alucinógena que plantea la película?

Sí, de hecho no estoy hablando del pasado, sino del presente. Precisamente de cómo el pasado nos influye a nosotros, de cómo todavía hoy sigue habiendo una intransigencia, una herida y unas ansias de venganza terribles. Porque todos pertenecemos a una raza que vive con un pasado que gime, como dice la canción de Raphael que da título a la película. El mundo y este país parecen divididos en dos. Es absurdo y payasesco que sólo haya dos maneras de mirar el mundo. Me exaspera.

¿Hasta el punto de sentir ganas de salir con una recortada a la calle, como los personajes?

'La manera de tener a la gente atada es ser su padre'

Sí, pero yo hago películas. En la vida real soy un tipo sensato. Es lo bueno del arte.

¿La hipérbole y el exceso de la película los ha querido utilizar de manera subversiva?

Sinceramente, sí. Como espectador, necesito estímulos y desde hace mucho, salvando algunos casos que hacen que sea feliz, estoy acostumbrado a ver siempre lo mismo, a descubrir que hay un momento en que sé qué va a pasar. Sé que me van a vender una historia políticamente correcta en la que los personajes sienten cosas que todos deberíamos y que al final llega la reconciliación. Mi trabajo consiste en todo lo contrario: entretener, dar espectáculo y generar una sensación de ansiedad, donde el público no sepa qué va a pasar a continuación. Y soy muy exagerado, claro. Me gusta el cine mudo, el cine expresionista alemán, en que la gente abría mucho los ojos y se volvía loca de amor.

A eso me refiero con subversión, esa manera de sentir no está bien vista, no es productiva.

Efectivamente, creo que la máxima dictadura es una especie de sentimiento de lo que está bien y no lo está. Y que nos digan lo que es gracioso y lo que no. Hay una escena en la película que habla de eso.

Hablando de dictaduras, ¿por qué pinta un Franco benévolo?

No hay dictador que se considerase mala persona. Todos creían que estaban haciendo lo mejor para el pueblo. Esa visión de la dictadura con dientes y con garras es infantil. La realidad es más siniestra. La manera de tener a la gente atada es ser su padre. Lo terrible es que Franco era un hombre.

¿La película forma parte de la tradición del esperpento?

Sí, y de la pantomima. Me resulta atractivo porque vivimos con el esperpento enterrado en alguna parte. ¿Y qué pasa si nuestras caricaturas salen a la calle y se ponen frente a nosotros? ¿Y cuando lo deforme, lo terrible y lo siniestro nos piden paso?

¿Es su obra total? ¿Qué es eso de que es la tercera parte de su trilogía de la degradación de las alturas?

No sé si es mi obra total, pero hay mucho de mi cine anterior. Responde a un momento en mi vida en el que necesitaba hacerlo a lo grande y hacer una película pensando sólo en ella. En ese sentido, es una película muy personal, en la que al mismo tiempo también intenté huir de mí mismo, contarla de otra manera. Lo que pasa es que hay cosas que no puedo evitar. Por ejemplo, hay un momento en que necesito que los personajes se suban a las alturas y se digan la verdad. Ocurre en El día de la bestia, en La comunidad y aquí. Es un truco narrativo que me enloquece. Esa es la degradación de las alturas. Es ese canto desesperado de subir muy alto y gritar: ¡Dios, yo soy así! Y en el momento en que te liberas, caes.