Publicado: 14.12.2013 08:00 |Actualizado: 14.12.2013 08:00

"Rusia lleva su memoria histórica con menos histerismo que nosotros"

Madridista acérrimo y corresponsal en Moscú durante más de una década, radiografía la Rusia de Putin con ironía, cariño y mucha nostalgia en 'A Moscú sin Kaláshnikov'

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Generalmente, los escritores se atreven con los libros de memorias demasiado tarde o demasiado pronto, en cualquier caso nunca es un buen momento para arrepentirse. Mishima escribió Confesiones de una máscara muy joven, explicando la vergüenza que pasó al no haber tenido valor para suicidarse a tiempo. En lugar del suicidio ritual con una katana, Daniel Utrilla decidió echarse a la estepa sin kaláshnikov, que es una forma de autodestrucción tan válida como otra cualquiera. Sólo que mucho más original porque en aquel tiempo, en los años setenta, los rusos eran los malos de la película, de todas las películas. De modo que cuando les pidió a sus padres un diccionario de ruso, sus padres, precavidos, le regalaron uno de francés, no fuese a ser que el niño les saliera comunista. Desde su nacimiento, presidido por la caída del Soyuz 23, la casa Rusia estaba prefigurada en su destino y el pequeño Daniel no dejaba de tropezar con mensajes misteriosos venidos del otro lado del muro: el primero vino escrito en las líneas del balón de basket con que Chechu Biriukov encestaba canastas de tres puntos.

Lo demás fue coser y cantar, es decir, aprender a pensar al revés, aprender un idioma que se escribe con pintalabios en los espejos, aprender a llevar ropa de abrigo y a sobrevivir a los inviernos moscovitas, y entrenar el estómago y la mente para las arduas borracheras del vodka. A partir de entonces Daniel, atrincherado tras las lecturas de Tolstói y de Nabokov, dos de sus grandes pasiones literarias, ya estaba preparado para su larga y apabullante historia de amor en ese país que es mucho más que un país y que abarca dos continentes, varios siglos e innumerables formas de vida. De esta aventura que no ha hecho más que empezar no sólo ha salido vivo y curtido, sino además con un primer libro calentito entre las manos, una ensaladilla rusa hecha con nieve, científicos locos, bulbos arquitectónicos, mujeres despampanantes, piezas de ajedrez, mendigos, espías, oligarcas, amigos y trocitos del Sputnik, todo ello empapado con mayonesa del Real Madrid. Con la excusa de Rusia, Daniel Utrilla nos cuenta la historia de su vida y viceversa. A Moscú sin kaláshnikov (Libros del KO) [lea la reseña de Público] es una joya de edición que incluye hasta un mapa cultural de la capital, una guía de viajes y de recuerdos imprescindibles para entender lo que palpita en ese país desde la caída del muro.

¿Rusia es tan fiera como la pintan?

Ese retrato de oso feroz inaugurado por los viñetistas británicos del XVIII, que representa a Rusia como un sanguinario oso pardo que echa espumarajos por la boca, resulta burdo, de trazo grueso (como el que subrayaba las ojeras del malo de Charlot). Me resulta tan caricaturesco como el que los soviéticos trazaron del capitalista gordo y con puro en su cartelismo de los años treinta.

En la prensa occidental, Rusia es el cuadrado negro de Malevich 

Desde hace más de un siglo se conserva esa imagen, fruto de una mirada con ojeriza que sigue vigente (como demostró el candidato republicano Mitt Romney en la última campaña electoral cuando dijo: "Rusia es nuestro principal enemigo"). Es una mirada ‘dostoyevskiana', que hace hincapié en las partes más oscuras de Rusia (dramas, violencia, corrupción, ramalazos del viejo sistema), obviando cualquier otra faceta de este complejo y poliédrico país. En la prensa occidental, Rusia es el cuadrado negro de Malevich.

Y no parece que las cosas hayan cambiado mucho, ¿no?

Toda la información internacional que hemos recibido en España durante décadas ha estado filtrada por las grandes agencias internacionales, la americana AP, y la británica Reuters, cuya cosmovisión (donde los rusos siempre pierden) han asumido como propia todos los periódicos, radios y televisiones nacionales sin excepción. Hemos vivido (vivimos aún de hecho) en una burbuja informativa (del cine ya ni hablo) donde no entra ninguna visión discordante a la de Washington. No digo que no sea buen periodismo el suyo, pero nos falta un contrapeso. Ahora la cosa está cambiando con Internet o la aparición de canales rusos como RT, que emite en inglés, árabe y español.

A la joven democracia rusa le queda mucho camino por recorrer, sobre todo en la formación de una conciencia social (la gente no está acostumbrada a reclamar sus derechos tras decenios de totalitarismo), pero si todo fuera tan turbio, sombrío, tan desgarrador y tan terrible yo no viviría aquí. Cojo al vuelo un ejemplo: En El País del pasado 7 de diciembre, Juan Jesús Aznarez llama en un artículo varias veces a Putin "ex agente secreto" (el articulo se titula: Mi nombre es Putin, Vladimir Putin), lo que es un ejemplo muy ilustrativo de cómo la prensa cristaliza estereotipos a su antojo. Putin no fue agente ni mucho menos secreto: fue un funcionario del KGB en la Alemania Oriental. Nadie precisa. No dejemos que la realidad acabe con un estereotipo tan jugoso como la de un presidente ex espía. Todo vale. Por cierto, George Bush Padre también trabajó en la CIA y nadie lo llamaba el "ex agente secreto".

 Y en este libro ¿qué ha hecho usted al respecto?

Con este libro he querido dar una imagen diferente, menos maniquea, menos ceniza, descargada de estereotipos. En este sentido mi libro bebe de El Antropólogo inocente, de Nigel Barley, un libro que rompió los esquemas de la antropología británica tradicional (y de su ramalazo colonial), dejando a un lado los prejuicios y los criterios preconcebidos a la hora de analizar el comportamiento de los pueblos. Como Barley, he querido afrontar la realidad de Rusia sin acritud y con mirada asombrada, más a la expectativa, anteponiendo la chispa del humor ("chispeante" que diría Muchachaca Nui) que surge del choque cultural (y también de choque contra las placas de hielo), una fuente constante de humor; como el que emana de las infinitas supersticiones rusas (si una araña sube por el hilo se avecina una buena noticia y si desciende será mala), de los rigores del frío (que la nana suiza de Nabókov decía que penetra "hasta lo más profundo del cerebro") o del choque con la mentalidad de la mujer rusa (el riesgo de no ser considerado por ellas "un hombre auténtico" es elevado si no sabes arreglar un motor humeante con tus propias manos).

Llevo casi catorce años viviendo en Moscú y -como dice un personaje de Beigbeder- "curiosamente aquí nunca me he deprimido". En este sentido, Moscú no solo no es una ciudad tan fiera, sino que tiene algo de feria. En mi libro la comparo con el tiovivo descontrolado de la escena final de Extraños en un tren, casi saliéndose del eje, del eje de coordenadas de Occidente. A los foráneos su trepidación centrífuga nos atrae ("la atracción del caos" de la que habla el viajero Anselmo Santos), pero al mismo nos repele (nos expele) de forma centrípeta, lo que también nos atrae pese a que nos aleja (con un poquito de vodka se entiende mucho mejor esto que intento explicar).

¿Rusia es oriente u occidente?

Depende del criterio que utilicemos: si miramos su mapa, que abarca desde la frontera con Bielorrusia (donde se encuentra el corazón geográfico de Europa) hasta el Mar del Este (o Mar de Japón), es evidente que la mayor parte del territorio de Rusia se extiende por Eurasia. El águila bicéfala del escudo imperial ruso, con sus cabezas vueltas hacia los lados pretendía ilustrar precisamente este estrabismo geográfico, como los ojos de un de juez de línea en medio de un pase de cuarenta metros de Xabi Alonso a Cristiano Ronaldo. Históricamente Rusia fue Occidente para Asia Central durante la alfabetización y la conquista cultural e ideológica (tanto por los zares como por los soviets) de aquellos pueblos colindantes con China (para un descendiente de Gengis Khan Moscú es forzosamente sinónimo de occidente).

Por primera vez en 20 años Rusia va bien, pero parece que molesta 

Pero desde la perspectiva occidental, Rusia siempre ha sido percibida como oriental, como fuera de su órbita, lo que resulta paradójico dada la enorme influencia ejercida por Rusia sobre Europa en el frente artístico (Tolstói, Kandinsky), militar (Stalingrado), político (URSS), tecnológico (Gagarin), e incluso deportivo (la selección soviética de baloncesto con Tkachenko). También ganaron un año Eurovisión y todo.

El gran error de Bruselas (cuando se impacienta y amonesta a Moscú porque no asume su esquema de derechos y le exige reformas democráticas de la noche a la mañana) es querer ver totalmente a Rusia como parte de Occidente por la sencilla razón de que son blancos y se parecen a nosotros. Rusia no puede convertirse en diez años en una democracia a la suiza. Rusia sigue su camino, por primera vez en 20 años Rusia va bien, pero parece que molesta. Probablemente, Rusia se acercará más a nuestros esquemas (o no) cuando lleguen al poder líderes que no fueron educados en el aislamiento político e ideológico que impuso la URSS a sus gentes.

Aparte de la nostalgia y del metro de Moscú, ¿qué queda en Rusia del comunismo?

El comunismo vive en los corazones de quienes lo construyeron. Los ancianos y veteranos que salen a la calle cada 7 de noviembre con su trapería roja deshilachada componen una imagen marchita de lo único vivo que queda de la revolución.

Rusia sabe sobrellevar su memoria histórica con mucho menos histerismo que nosotros. Las estatuas de Lenin resisten en pie diseminadas por el tablero de la geografía rusa con naturalidad, a veces mezcladas con otras de zares recolocadas recientemente. Su guerra civil fue peor que la nuestra (léase Doctor Zhivago) pero, tal vez porque los exiliados nunca volvieron o porque la URSS hizo tabla rasa, hoy los rusos han aprendido a convivir con su pasado rojo sin histerismos, mientras que por la actitud de sus elites y de sus habitantes, Rusia es hoy probablemente el país más alejado del comunismo.

Pero como mi amor por Rusia es eminentemente estético, recomiendo al buscador de huellas comunistas en Moscú que se fije en las balaustradas de los puentes, en los bajorrelieves de algunas fachadas que conservan estrellas de cinco puntas, hoces y martillos entre hatillos de trigo, o en los plafones del metro (a veces me sorprendo fotografiando con mi móvil diseños dispares y extraños de hoces algunas estilizadas, otras de curvas más marcadas como las de la novia de Ronaldo en un anuncio lencería).

¿No da la impresión de que cada dirigente ruso contiene al anterior, como en un juego de matrioskhas?

En Rusia existe la creencia, contrastada empíricamente, de que en el Kremlin se van alternando los líderes calvos con líderes con pelo: Nicolás II (pelo), Lenin (calvo bajo la gorra), Stalin (pelo acerado), Jrushchov (calvo y sin pelos en la lengua), Brézhnev (pelo y cejas pobladas), Andrópov (sobre la calvicie de Andrópov no existe historiografía suficiente, así que sugiero darlo por calvorota, ya que si no, nada de esto que estoy diciendo tendría sentido), Chernenko (pelo), Gorbachov (calvo), Yeltsin (pelo y canas al aire), Putin (ni un pelo de tonto). Llegados a este punto (a este Putin), siempre me ha llamado la atención su flequillo esquivo, casi translúcido: no se sabe dónde empieza ni donde acaba, tampoco se sabe con certeza cuando empezó a replegarse, si es que alguna vez lo hizo. Es un pelo espía, que se camufla, y que lucha contra la alopeCIA.

Dicho esto, y temiendo no haber respondido a su pregunta, añadiré que Putin se sale de la matrioshka, marcando una notable diferencia con su inmediato antecesor. De hecho Putin ha forjado su enorme popularidad precisamente porque supo revertir los vicios de su antecesor (y no solo me refiero a la afición por el alcohol), sino a la crisis endémica, el desgobierno y sobre todo la pérdida de peso internacional (del 'Rusia traga' durante el bombardeo de Yugoslavia del 99 hemos pasado al 'Rusia es grata' a los ojos del mundo tras su reciente mediación en Siria que, por primera vez desde la caída de la URSS, ha contenido los instintos bélicos de EEUU).

A lo largo del libro usted va dando con unas cuantas buenas metáforas para explicar la realidad rusa. Por ejemplo, ¿la URSS era un Tetris?

Yo diría que el Tetris lo que representa es el desmoronamiento de la URSS, su despiece. Fue un proceso paulatino, que empezó lento con desprendimientos puntuales ya en los 70, cuando se produce el estancamiento tecnológico del país, y que se acelera en los 80 con la perestroika y el ascenso demoledor (en todos los sentidos) de Boris Yeltsin. Sin embargo, además de símbolo del fin de la URSS (el videojuego se hizo famoso precisamente por aquellos años), yo al Tetris lo veo también como una especie de encefalograma constructivista del cerebro de los rusos, del alma rusa si se quiere, pues el ruso es una persona que afronta la vida (y toda las piezas que la componen) según le vienen, a veces sin un plan, sin demasiada premeditación. El ruso tiene más reflejos para esquivar el drama y afrontar las crisis y meteoritos debido a su turbulenta historia ("pero cuánto han sufrido los rusos", me decía mi madre cuando veíamos el Doctor Zhivago rodado en Soria (su tierra), lo que es una de las verdades incuestionables que se pueden decir sobre este país).

Una pregunta casi obligada: ¿Dostoievski o Tolstói?

Los rusos suelen bromear ante la eterna disyuntiva y a veces dicen: ‘Tolstoyevski', pero yo me quedo con Tolstói con los ojos cerrados; cerrados porque me deslumbra su ternura (Infancia me parece conmovedor hasta el escalofrío). Me quedo con Tolstói porque en todos sus personajes, hasta en los menos favorecidos, siempre hay una luz, un rayo de esperanza. En Dostoyevski no.

Me quedo con Tolstói porque en todos sus personajes siempre hay una luz, una esperanza

Cuentan que en una de sus clases de literatura en EEUU, Nabokov entró un día en clase y empezó a encender una luz detrás de otra a medida que avanzaba por el aula, y mientras las encendía iba diciendo: "ésta es Gógol", "ésta es Chéjov", "ésta es Turguénev"; y cuando llegó al final, descorrió las cortinas, una catarata de luz inundó toda la clase y dijo: "y éste es Tolstói". Al final todo es una cuestión de luces, o como dice Juan José Millás, de electrizar los párrafos, que deben de brillar cuando se le da al interruptor. Yo diría que incluso tienen que chisporrotear. A Nabokov no le gustaba Dostoyevski porque usaba la literatura para canalizar sus ideas, su misticismo religioso. Para Nabókov la escritura era un juego, un juego estético de espejos y de dobleces, de asociaciones y brillos lingüísticos. Yo comparto esta estética que entronca con Tolstói. Lo que pasa es que yo intento imitar a Nabokov, pero me sale Jardiel Poncela.

¿Putin tiene problemas con la prensa o la prensa con Putin?

Es la prensa occidental (léase prensa anglosajona) la que tiene un problema con Rusia. Un día Putin aparecerá en la Plaza Roja dando de comer a las palomas y en Occidente lo acusaremos de atrofiar el ecosistema natural de las cosas y de cebar el símbolo de la paz con intenciones sacrificiales. Cambien a Putin por Ivanov, por Protopopov, o por el osito Misha, que seguiremos arreándole palos a Rusia con periódicos enrollados (nada ‘enrollados' quiero decir) como si nos fuera la vida en ello. Si bien la riqueza sigue estando mal distribuida, lo cierto es que por primera vez en 20 años las cosas van mejor en Rusia, y eso parece molestar a Occidente, que nunca ha dejado de mirar con cierto temor a Moscú.

De todas formas, me gustaría aclarar que en mi libro he rebajado lo más posible el contenido político, porque la coyuntura política es lo que antes vuelve caducifolios a los libros; razón por la que he preferido centrarme en los símbolos de la Rusia eterna, como Gagarin, la nieve, los trenes, el vodka, Rasputín, la Segunda Guerra Mundial, la momia de Lenin temas que abordo a través de las historias y de los personajes que entrevisté durante mis 11 años de corresponsal a lo largo y ancho de la geografía rusa.

En Miel para los osos, de Anthony Burgess, un turista británico que visitaba Leningrado se llevaba un montón de ropa para intercambiar con los nativos. ¿Qué debería llevarme hoy día si quiero traficar en Rusia?

Aquí ya hay de todo, y lo supe con certeza el día que vi en un supermercado ruso de lujo churros fritos y empaquetados que sabían a churro de feria. No hay nada que venderles (salvo el sol de la costa Brava). Como nos descuidemos son capaces de vendernos ellos sus churros fríos.

¿Se parecen mucho la Rusia que soñó con la que vive?

La Rusia soñada, que es la Rusia leída (la que llegó primero a Occidente encuadernada en forma de novela clásica rusa) coincide y se solapa con la Rusia real únicamente en dos lugares: en Yasnaia Poliana, la finca donde nació, vivió, creó, procreó y fue enterrado Tosltói, a donde me escapo con frecuencia; y la galería Tretiakov, la mayor pinacoteca de arte ruso, donde se acumulan óleos costumbristas del siglo XIX que encajan perfectamente con esa Rusia que todos llevamos dentro: nieve, iglesias de cúpulas de cebolla, osos, popes, campesinos, iconos, zares, princesas de narices respingonas, trineos.

Yo me meto en ella con la misma ansiedad con la que entro en la tienda oficial del Real Madrid, pues al final de mi búsqueda (este libro es una búsqueda de la raíces de mi obsesión por este país) llegué a la conclusión de que mi atracción por Rusia es eminentemente estética y arraiga en la infancia, en el Doctor Zhivago de Lean o los cuentos populares de Afanasiev. Ese forofismo por el Madrid que me en mis viajes por Rusia me ha llevado siempre a buscar ‘sport bares' en calles oscuras en busca de esos 11 hombres de blanco es una pulsión estética parecida a la que siento cuando veo una formación de soldados de gorro gris cuadrado y con abrigo en una estación de tren.

¿Qué queda hoy de Yasnaia Poliana?

Todo. Un tataranieto de Tolstói, Vladimir Ilich (no confundir con Lenin), se hizo cargo de la hacienda en los 90, cuando era presa del abandono (a la par que todo el país), y recuperó su espíritu decimonónico. Está todo en su sitio: la casa familiar (con el piano que Tolstói tocaba desazonándose ante el escalofrío aterrador que le causaba la emoción de la música), el palacete apaisado del abuelo Bolkonski (en el que se inspiró para crear el personaje del príncipe Andréi en Guerra y Paz), el laguito donde intentó suicidarse Sofía cuando se enteró que Tolstói había huido para no volver, las cuadras donde enjaezó su caballo la noche de su huida del paraíso, la mesa donde escribió Anna Karenina, el sofá de cuero donde nació en 1828 (y donde colocaba las páginas de Guerra y Paz recién nacidas de su puño y letra antes de que las revisara Sofía), el banquito de troncos desde donde el escritor contemplaba la quietud del bosque de pinos con la atención de quien ve un Madrid-Barça. Todo está ahí.

Si mi libro consiguiera animar a algún lector a adentrarse en la literatura de Tolstói me daré por satisfecho

Aunque todo eso no tendría sentido sin Nina Nikitina, la directora del museo, una escritora con aspecto de gitana del norte que me recibe en su despacho desordenado, donde los gatos, los libros, las tazas de café conviven en singular y acogedor caos con retratos borrosos de Tolstói. Lo sabe todo de la vida en común entre Sofía y Tolstói, y siempre nos sumimos en conversaciones sobre ellos, sin darnos cuenta de que al mismo tiempo nos estamos psicoanalizando. Ahí reside la magia de Tolstói, en que su vida y sus personajes (que eran expresión de su turbulenta y épica vida) son nuestra vida. Sus obras contienen toda la gama de sensaciones que puede experimentar un hombre a lo largo de su vida. Por eso Guerra y Paz es el mejor libro de autoayuda. Si mi libro consiguiera animar a algún lector a adentrarse en la literatura total de Tolstói me daré por satisfecho.

¿Le han dicho alguna vez que se le da un aire a Gógol?

Sí. El hecho de que se me abombe el pelo en las sienes cuando me crece, como dos volutas jónicas, acentúa el parecido. Un parecido que proclamó a voz en cuello en la embajada española de Moscú Javier Gurrruchaga allá por 2005, cuando me convenció (aun no sé cómo) para que presentara el primer y último concierto de la Orquesta Mondragón en Rusia vestido de Gógol (con pajarita y un maletín, que me daban más aspecto de médico de provincias). "Ladys and Gentlemen, llevo mucho tiempo buscando mi nariz. Aquí la tienen", creo que fue lo que dije. Gracias a Dios (a Steve Jobs), aún no se había inventado el iPhone.