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Cristiano luce en el infierno

El luso lidera la victoria en Marsella y el Madrid termina la liguilla como primero de grupo (1-3)

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Cristiano es el apostol del fútbol libre y en un partido transformado en una guerra de guerrillas como el que se dio en Marsella es incontrolable. En medio del caos, es el profeta de los indomables. En esas condiciones de anarquía importa lo que cada uno es capaz de hacer con el balón y el va sobrado de repertorio. Es un futbolista por encima de las tácticas. Sólo necesita el balón. Lo demás, da igual.

Cristiano es una patada contra las pizarras y la lógica de las escuelas de entrenadores. Cristiano le da la vuelta al fútbol. Para él no empieza en un equipo o en un orden establecido. Para él, el juego empieza y termina en él mismo. Si el resto le acompaña mejor, si no, él se las apaña para ejercer de siete, de nueve, de diez o de once.

Tan pronto clava una falta desde 30 metros a los cinco minutos de juego, como taconea para dejar a Marcelo frente al gol, como remata un córner al palo o pica la pelota por encima de un defensa. En eso es como Garrincha. Cristiano baila con la pelota con la misma facilidad con la que irrita a sus marcadores. Además, le va el fútbol volcánico que se desplegó en el Veledrome marsellés.

No habían pasado diez minutos y ya había dos jugadores con la cabeza vendada (Niang y Pepe). Una muestra inequívoca de que el partido se iba jugar duro por arriba y por abajo. A ras del césped, las briznas de hierba eran segadas por tacos que buscaban todo: el balón o los tobillos. Una plancha terrorífica de Brandao

En medio del caos, el portugués es el profeta de los indomables

Vivió el Madrid uno de esos tantos partidos que le han enterrado más de una vez en Europa. Un estadio que ruge y un contrario con cara de apisonadora. Una presión ambiental infernal en las gradas como agobiante en la hierba. Y no había quien la apagara.

Ni siquiera el madrugador gol de Cristiano. Un golpeo con esa curva traicionera que flambea a los porteros y que Mandanda se tragó por no dar ese pasito para impulsarse que dicen los manuales de portero.

El Marsella no se apagó. Jugaba con su marcador, con el de Zúrich y con los decibelios que le empujaban. Taiwo, por potencia, reventó a Ramos en una carrera por la banda y su centro, tras rematarlo Brandao y despejarlo Albiol lo remachó Lucho. El empate mantuvo ese fútbol de choque. Cada balón dividido era una sinfonía de músculos rebotando. Hubo mucho territorio marcado por los codos y los hombros.

Esa clase de advertencia de poderío, de dejar claro quién es el más fuerte. En ese sentido, el Madrid no se arrugó. Menos Cristiano, que prefiere a los defensas calientes y atropellados que a los que calculan cada paso que dan hacia adelante o hacia atrás.

CR9 es una patada contra las pizarras y las escuelas de entrenadores 

Cristiano siguió a los suyo en el segundo tiempo, a ese fútbol virguero que le gusta desplegar, aunque Diawara le rematara su cabeza en un salto. De su fútbol callejero nacieron las mejores contras del Madrid, aunque fue Albiol el que adelantó al Madrid en un córner. Tampoco ese tanto apagó al Marsella. Lucho falló un penalti tras una salida incontrolada de Casillas ante Niang. El que no perdonó fue Cristiano, ganador de otra batalla ante Mandanda. Se levantó antes que él de un mano a mano y marcó a placer. Entonces ya sí, apagó el infierno.