Publicado: 25.05.2014 00:07 |Actualizado: 25.05.2014 00:07

Florentino hace de Tarzán

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Jamás vimos así a Florentino Pérez en un palco de autoridades. Jamás lo imaginamos tan parecido a Sandro Pertini en el Mundial de España 82. Es más, no sabíamos ni que existiese ese hombre dentro de Florentino. Pero apareció en ese minuto 93, 94, 95, quién sabe, en el que el Madrid sólo esperaba el pitido final para certificar su derrota. Pero llegó ese cabezazo de Sergio Ramos que convirtió a Florentino en un hincha. Mientras que Rajoy ni se levantó de la silla, el presidente no se conformó con alzar los puños arriba. Ni protocolo ni nada. Un salto apasionado, dedicado a sí mismo y a sus ambiciones. Una imagen que, por encima de un hombre, representó a dos vidas. Por un lado, la del Real Madrid y la diosa fortuna, su insaciable leyenda de partidos ganados en los minutos finales o en los descuentos. Por otro lado, al Atlético, derrotado in extremis, como en el 74, incapaz de entender que esta final necesitase una prolongación de 5 minutos. La manera más cruel de perder, la más odiosa, la que deja héroes por encima de perdedores. Pero ni siquiera eso compensa en un Atlético, que fue campeón de Europa durante 54 minutos, que lo tuvo ahí y que ahora mismo se conforma con las palabras de Juanfran a su gente: "Tranquilos, que volveremos algún día".

El partido fue el que necesitaba contar el Atlético a Luis Aragonés, el que hacía sonreír a Enrique Cerezo, sentado junto a la reina en el palco. El partido sacó un gol de la cabeza de Godin que tanto facilitó Casillas. El partido corrió demasiado deprisa para el Madrid, que en los últimos 20 minutos aproximó el balón al área de Courtois. El riesgo fue tan alto para el Atlético que se expuso a lo que sucedió en el minuto 94 cuando ese partido, que esperaba que Gabi alzase la Champions para el Atlético, cambió de dueños. Fue entonces cuando llegó el vanidoso salto de Florentino, lanzado a la junta, como si fuese Johny Weissmüller en Tarzán. Luego, en el segundo gol, el que ya era irreversible en la prórroga, Xabi Alonso hizo la competencia a su presidente al saltarse las vallas, trajeado, encorbatado y zapateado. Pero necesitaba correr. Tenía que correr como si fuese Guardiola en Stamford Brigde a celebrarlo con su gente, con su banquillo, el banquillo de un Real Madrid que , a las 23:36 de la noche, veía como Casillas, por fin, alzaba la Décima al cielo, doce años después.

Para entonces, ya daba igual que Florentino hubiese recuperado el protocolo perdido y por el que tantas veces ha abogado con eso del señorío, de la excelencia y de tantas cosas. Pero es verdad que hay emociones que pueden con todo y que, si no hacemos caso de emociones como éstas, no estaríamos vivos. Y, al igual que Luis Aragonés ha podido llorar desde el cielo tanto como lloró en Bruselas en el 74, el Madrid triunfó como sólo se imagina en una película. Un argumento único, con un valor añadido, casi innecesario, que fue la prorroga. Entonces el Atlético, sin balón, sólo apeló a la psicología de Simeone, a sus brazos, a su repetitivo llamamiento a la hinchada. Pero entonces el Atlético carecía de unidades no para ganar, sino para aguantar. Godín tenía que hacer de defensa, medio y delantero. Juanfran, víctima de la cojera, facilitó la vida a Marcelo en la jugada del segundo gol... Y luego vino el tercero y, si acaso, el cuarto, la ira de Simeone, su expulsión, su Waterloo, casi inexplicable. Todo absurdamente parecido a esa final del 74, a esa extraña pesadilla.

A partir de ahí ya no hay mucho más que contar. Al fondo quedó un partido discreto, en el que la crueldad del Atlético empezó consigo mismo. Primero, por alinear a Diego Costa y perder un cambio a los nueve minutos. Y después por no tirar casi ninguna vez más que la del gol de Godín a la portería de Casillas. Así se puede sobrevivir en una final de Copa de Europa, pero no mucho más. Así realmente uno se expone a que del partido no acabe nunca, a que 5 minutos de descuento signifiquen una tortura y a que Florentino Pérez, un personaje público tan recatado, recuerde como un descosido en el palco que, en el fondo, el fútbol es un juego. No pasa nada. Forma parte de la maravillosa herencia del fallecido Sandro Pertini en la final del Mundial 82. Y, de paso, nos recuerda que Tarzán sigue vivo.