Publicado: 13.07.2014 08:00 |Actualizado: 13.07.2014 08:00

El orgullo de ser argentino

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Hoy no jugará Maradona, pero es como si jugase Maradona, el hombre que mitificó como nadie el orgullo argentino. Lo llenó de lágrimas, de rabia y hasta de insultos, como en la final del Olímpico de Roma en la final del 90, cuando el público italiano ofendía el himno de su país. Pero eso es lo que hace que 24 años después Maradona esté presente y que una selección, que reconoce su inferioridad, no acepte entregarse.

Porque entonces no tendría sentido que Argentina haya viajado hasta Río de Janeiro; que crea en Messi como cree; que no le haya escrito ni una sola crítica a pesar de su insuficiente papel en la semifinal y que quiera creer que en un día como el de hoy la felicidad no tiene límite. Un sueño recurrente en un país en el que la selección ha llegado hasta el 13 de julio como le pidió el gobierno de la abogada Cristina Kirchner. Al menos, así se ha desviado, de alguna manera, el malhumor social y económico en un país en el que al ciudadano medio le cuesta tanto llegar a fin de mes.

Argentina, pese a todo, es un caso extraño. Otras veces, en las que no lo logró, mereció más que hoy estar en la final. Pero este país es un caso digno de estudio, un animal competitivo, que se explica por encima de los futbolistas que tiene. Su jefe ahora es Mascherano, un tipo al que le hierve la sangre, que desafía con la voz lo que le limita con la pelota. Sin una idea previa, se ha convertido en el héroe de un equipo que se parece a él más que a nadie.

Argentina no ha vencido ni un solo partido con claridad. Ha utilizado para hacerlo los angustiosos últimos minutos. Ha recurrido, por supuesto, a una tanda de penalti sin la que ya casi no se puede ganar un Mundial. Pero Argentina es, sobre todo, eso, un grupo de gladiadores en el que el entrenador Alejandro Sabella acepta que él es lo de menos. Trabaja por la victoria, no por su prestigio. Se reivindica como un hombre simple, que no se pone de ejemplo a él, sino a sus muchachos, que le han ayudado a lograr lo que ningún otro técnico (Basile, Pasarella, Pekerman, Maradona...) pudo lograr en 24 años. "La esperanza sigue intacta desde el minuto uno cuando avisamos que nos íbamos a matar por esta camiseta".

En realidad, es lo que caracteriza a Argentina. No juega; se deja la vida. No es el talento; es el corazón de una nación. Afiliada a sus estadísticas (ha recibido dos goles en seis partidos), no se imagina un perdedor fácil. Tiene viejos y poderosos defensas y un portero con buena suerte (Sergio Romero, suplente en el Mónaco) al que no se esperaba en este campeonato. La categoría de sus mediocampistas no llega a la de Redondo, Verón o Riquelme, gente que en otros campeonatos se eliminó muy pronto.

Pero Argentina ha encontrado la química: disfruta de sus gladiadores, no le hacen falta sus futbolistas. En ese sentido es un equipo inteligente que no se ofusca con Messi. Su misterio no le pone de mal genio, aunque haya motivos. Desde que dio el pase de gol a Di María en octavos, anda en paradero desconocido. Sin embargo, nadie se lo reprocha, porque Argentina todavía se imagina a Leo como el héroe de este campeonato. Aún le queda la final para volver a parecerse al futbolista que fue, a esa diferencia perpetua que fue. Ajeno a su rendimiento, el destino le ha ofrecido esta posibilidad como si quisiera igualarlo para siempre con Maradona. Pero para eso tiene que ganar esta noche. No le queda otra.



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