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Rafa Nadal: Una lección para tocar el cielo

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Nadal pasó unos meses a principio de año diciendo a todo aquel que le quiso escuchar que volvería a ser el mismo, que su carrera, lejos de estar acabada, tenía aún por delante las escenas más brillantes. Se rebelaba cuando le miraban con condescendencia pensando que era un juguete roto con 23 años. Se negaba a aceptar que sus rodillas le obligarían a conformarse con mucho menos de lo que su ambiciosa cabeza marcaba como objetivos irrenunciables.

El tiempo le ha dado la razón. Un año después de las lesiones y la frustración, nadie duda de que su magisterio quedará para la historia. Su año 2010 no sólo cumplió con los mejores augurios, sino que los superó con suficiencia hasta unas cotas en las que no se le esperaba.

Nadal, más que un tenista, es hoy un icono. Y más que un deportista de su tiempo, es una leyenda. Todos los elogios se agotaron para glosar una temporada que entra por derecho propio en la historia del tenis. Con los números en la mano, ganó tres Grand Slams en 2010 –Roland Garros, Wimbledon y el Abierto de Estados Unidos– , algo que sólo habían hecho Federer, Wilander, Connors y Laver en el tenis moderno.

Para concretar algo más es necesario decir que lo logró en tres superficies diferentes, algo que hasta el momento nunca había sucedido. También se impuso en cuatro citas más –Montecarlo, Roma, Madrid y Tokio–, demostrando que para él la victoria es una obligación siempre, no sólo en los cuatro torneos de más historia. Es, lógicamente y con mucha contundencia, un estable y sólido número 1.

Quizá la épica este año quedó un poco de lado. Federer, su archienemigo en la pista, no apareció en sus finales de Grand Slam y la rivalidad quedó para partidos de menos enjundia. Nadal no sólo ganó los torneos más grandes, lo hizo con una autoridad absoluta, sin dejar que ningún rival se le suba a las barbas. Este año no hubo sufrimiento porque la diferencia con el resto del mundo fue mayor que nunca.

En términos de carrera completó el círculo de todos los grandes torneos. Así, posee los cuatro Grand Slams –Australia lo ganó en 2009, su año negro–, el oro olímpico y la Copa Davis. Sólo Agassi tiene una copia de cada uno de esos trofeos.

Para llegar a la cima tuvo que atravesar la adversidad y por eso disfrutó todo lo obtenido con más intensidad. En 2008, cuando Nadal había convertido la victoria en costumbre, el balear pedía a los medios que se diesen cuenta de la importancia real de lo que estaba realizando, que porque fuese habitual no dejaba de tener un trabajo detrás. En 2010, esas dudas externas han volado. Haber convivido de cerca con el fracaso les sirvió a algunos para valorar en su justa medida los triunfos.

2009, un año de pesadilla, tiene hoy más sentido. Ha sido un doctorado para un deportista que necesitaba aún de algunas lecciones. Hoy Nadal es más completo, es mejor tenista y, sobre todo, sabe dosificarse. Ya no tiene que quedar bien con todo el mundo, ahora le da más importancia a sus piernas y menos a los contratos. No necesita acudir a todas las citas a las que le llaman. El tiempo le ha otorgado una lección: para sobrevivir y tener una carrera larga necesita un mayor cuidado.

Pensando en el físico también ha aprendido a jugar a otro tenis con el que antes no se sentía cómodo. Su victoria en Nueva York, el momento más alto de una temporada de ensueño, se cimentó desde el servicio, una herramienta que nunca conjugó bien con su tenis de fuerza y físico.

Dicen los que más le conocen que el tiempo no ha cambiado a Nadal. Aseguran que sigue siendo humilde y que tiene los pies en el suelo, que para el no existen las veleidades de estrella. Su tenis y su personalidad, luchadora hasta la extenuación en la pista y elegante fuera de ella, le han convertido en un deportista querido por casi todos. Su año 2010 es casi perfecto y la historia del tenis, incluso del deporte, le marca como uno de sus hijos predilectos. Todo eso, que no es poco, se queda corto con un dato más: sólo tiene 24 años.