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Y de primero, espaguetis

Recorrido por las coartadas del dopaje

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A Thomas Bach no le han impresionado las peripecias del solomillo de Irún. El presidente del Comité Olímpico Alemán declaraba el miércoles, tras conocer la absolución de Alberto Contador, que la 'excusa' del filete 'no es precisamente de las más originales'. No le faltaba razón: la historia del dopaje está jalonada de alegaciones rocambolescas, hasta kafkianas, para escapar de las sanciones.

Precisamente la ingestión de carne contaminada ha sido muy utilizada para justificar la aparición de sustancias prohibidas en la orina. En 1998, Petr Korda ganó el Abierto de Australia de tenis. Cinco meses después, el checo daba positivo en Wimbledon con el anabolizante nandrolona. 'Se debe a que ha comido ternera engordada con hormonas', argumentaron sus abogados. No sirvió de nada. El informe que lo sancionó con un año de suspensión establecía que tendría que haberse comido '40 terneras al día durante 20 años' para alcanzar aquellos niveles tan elevados en orina del anabolizante prohibido.

Korda no fue el único en culpabilizar a la ternera de un positivo. Lenny Paul, componente del equipo olímpico británico de bobsleigh, también atribuyó a la carne en este caso, picada su positivo por anabolizantes. 'Todo se debió a la salsa boloñesa de unos espaguetis que me comí', alegó Paul, que fue absuelto.

El deporte español ya contaba con antecedentes cárnicos en asuntos de dopaje. El nadador David Meca alegó que el origen de su elevada tasa de nandrolona estaba en un plato típico de Brasil el sarapatell, un guiso a base de carne, hígado, intestinos y riñones de cerdo, que el nadador había ingerido horas antes de competir. Pero no fue absuelto, como tampoco el discóbolo David Martínez, un atleta peculiar que llegó a protagonizar un reportaje televisivo con un cubo lleno de carne de cerdo a la que había inyectado nandrolona para demostrar que daba positivo su consumo.

En Barcelona-92, Dieter Baumann dio la sorpresa al derrotar a todos los africanos y ganar el oro de los 5.000 metros. Siete años después, el alemán era cazado con nandrolona en un control de dopaje. Baumann alegó que alguien había añadido la sustancia a su tubo de pasta dentífrica. Logró convencer a la Federación Alemana, pero la Federación Internacional (IAAF) lo sancionó con dos años.

Dennis Mitchell, uno de los grandes rivales de Carl Lewis, protagonizó un caso de dopaje con testosterona en 1998. El velocista de Florida no escatimó detalles en su declaración: 'La noche anterior al control me tomé cinco cervezas, tuve sexo cuatro veces y no dormí'. La Federación de EEUU, en una de las decisiones más kafkianas que se recuerdan, lo absolvió. Pero la IAAF le obsequió con dos años de sanción.

El español Dani Plaza, campeón olímpico de 20 kilómetros marcha en Barcelona-92, también se refugió en el sexo para defenderse de las acusaciones de dopaje con nandrolona. El marchador barcelonés argumentó que había practicado sexo oral de forma prolongada con su mujer, embarazada. Cumplió dos años de sanción, pero en 2006 el Tribunal Supremo le dio la razón.

Cuando comenzaron a detectarse las transfusiones de sangre, en 2004, el ciclista Tyler Hamilton fue uno de los primeros en quedar atrapados en las redes de los controles. Se defendió argumentando que los glóbulos rojos ajenos que aparecieron en su sangre procedían de un hermano gemelo suyo que nació sin vida. Tampoco le creyeron. Dos años.

El italiano Simoni, dos veces ganador del Giro, dio positivo con cocaína. La excusa que alegó fue muy celebrada en la prensa italiana: 'Todo se debió a un té que me preparó mi tía'. Al ciclista Frank Vandenbrouke le encontraron una sustancia prohibida en una redada policial. El belga se defendió diciendo que era un medicamento para su perro. La sustancia suena ahora familiar: era clembuterol.