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Coño, 'brother'

El poeta García Montero y el músico Sabina estrenan su correspondencia mensual reflexionando sobre el valor del diálogo y la importancia de la fraternidad como uno de los pilares imprescindibles del republicanismo

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Otra vez me has sacado los colores. Pienso ahora, tarde y mal, que me equivoqué eligiendo armas para este duelo epistolar, eludiendo el verso porque ahí no había quien te echara un pulso. Pero es que, en prosa, ¡ay Chihuahua!, aparte de que estoy desentrenado y oxidado, me provocas tirándome, en guante de seda, la mano abierta de la fraternidad. Tremendo palabro tan en desuso. Por escrito, da un pudor semejante al de Rimbaud cuando le disparó a un amigo que decía ser feliz: ¿Cómo ha podido usted caer tan bajo? Y entonces, claro, me vienen a la cabeza nuestros fraternos mayores que se declaraban terca y abiertamente partidarios de la felicidad. Hablo de Ángel González, de Pepe Caballero, de García Hortelano y, claro que sí, de Jaime Gil, ese primo tan golfo y exquisito de la Espe. Pero el caso es que la felicidad, ja ja ja ja, o su mal uso, no es inocente en absoluto de su frívolo y obsceno manoseo. Menos contaminada está la bicha que aludes, sin la que para mí no hay felicidad posible. A la fraternidad me refiero, tercer estandarte de una revolución universal y gabacha que consagró a Monsieur Guillotin y le niega ahora, con más razón que un santo, a Céline su laurel póstumo. No deja de sorprenderme, sin embargo, que liquides tan a vuela pluma la libertad y la igualdad, imprescindibles patas del banco de la República, como si la izquierda sí hubiera acertado en ambas y tan nobles causas. Pero eso lo discutiremos otro día. Porque lo que ahora viene a cuento es lo manco que está el trébol sin la hoja de parra, a veces vergonzante, de la fraternidad.

Puede que, en la entrevista previa, no me expresara bien, pero tú sabes que, cuando hablé de discusiones enconadas, quise decir gozosamente enconadas. Porque siempre me ha parecido un lujo asiático debatir contigo sobre cuestiones en las que, no se dejen engañar, estamos tan de acuerdo como dices. Así que me temo que, este derby, nos saldrá más que amistoso, fraternal, como tú quieres, sin que yo te grite lo que le gritan a Mourinho en el Calderón, ni tú le pongas a Neptuno la camiseta blanca de Cristiano. La verdad, y me emociono aún cuando lo cuento, es que te debo demasiadas cosas que han enriquecido, y de qué manera, mi vida. ¿Cómo olvidar, por ejemplo, que empujado y guiado por tu mano amiga y generosa, empecé a publicar libros, el sueño de mi vida, y que tú hiciste posible vía, sobre todo, Chus Visor? Para mis cien sonetos escribiste un prólogo hermosísimo en el que me llamabas Baudelaire con guitarra madrileña (toma ya hipérbole) y el día de la presentación, en la Casa de América, liaste para que me saludara como poeta (fueron palabras suyas) al inolvidado y llorado maestro Ángel González. Con semejante lírica terapia más los veranos en Rota donde me instalé para teneros cerca, algunos bolos literarios y tantas noches de risas incurables alrededor de tu célebre tortilla, me sacaste además de una nube negra posmarichalazo que me tuvo postrado demasiados meses. Mitómano y provinciano, aquel niño de pueblo que fui yo, pensaba que nada más pisar la facultad de Letras de Granada, por no hablar ya de Londres o Madrid, lo más normal del mundo sería cruzarse por el foro y echarse un cigarrito con Platón o con Virgilio. Primera y grave decepción: el tardofranquismo no daba, ni mucho menos, para tales alegrías. Tuvo que esperar uno a cumplir los 50 para encontraros, para frecuentaros, para disfrutaros, para compartiros. Nos hemos desquitado, eso sí, sobre todo en lo que a la dichosa (nunca mejor dicho) fraternidad se refiere.

Este sábado cumple 14 tu hija Elisa. Hace días cumplió 21 mi Carmela. No sé si presumen de padres, me temo lo peor, pero me consta que están orgullosas de nuestra amistad y que saben que tienen dos familias y dos casas y montones de libros y canciones y rimas y la calle, que es más suya que nuestra, y la Bahía de Cádiz a sus pies. Y yo, que he sido tan alérgico a la infancia, me relamo de gusto cuando Elisa improvisa al piano o cuando sorprendo a Carmela rumiando un verso tuyo.

Demasiado a menudo nos quejamos, con razón casi siempre, de que falta vida, vida real en los periódicos; conque me sumo a esta aventura de papel, predigital como soy y (no hace falta decirlo), ágrafo furibundo en internáutica, con la ilusa esperanza de que, juntos, nuestros granitos de arena tibia, febriles, corazonados, impúdicos, rojazos, deslenguados, consigan transformar este blog mensual a cuatro manos en una playa hospitalaria donde sentarse, con un trago, a conversar. Claro que medirme contigo en este espacio Público que tanta falta hacía no va a ser fácil, porque soy perezoso y estoy mayor y carezco de tu rigor, tu disciplina y tu talento. Y, sobre todo, porque me horrorizaría aburrir al respetable.

No quiero dejar, no obstante, de añadir cómo me conmoviste en su momento cuando, dueño ya del trono que desde tan joven ocupas en nuestro parnaso, no dudaste un segundo (a contracorriente y sin convenirle un pelo a tu carrera) en declararte influido por algunas canciones de quien esto escribe, ayudando, de paso, a limpiar la palabra cantautor (con la que nunca me he sentido cómodo, lo sabes) de cierta roña maloliente que arrastraba.

Con la desmesurada esperanza de que me obligues, como tantas otras veces, a sacarme de dentro lo mejor y sabiendo que otro día, con menos pasteleo, hablaremos de otras guerras que no faltan, ahí va este abrazo.

Lee la carta de Luis García Montero