Publicado: 20.02.2011 08:00 |Actualizado: 20.02.2011 08:00

"El enigma del 23-F es que no hay enigma"

Entrevista a Javier Cercas, autor de anatomía de un instante

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Ha hecho del 23-F un best-seller, un thriller vibrante que disecciona casi cada segundo del golpe y desmenuza la placenta en la que creció la intentona. Eso es Anatomía de un instante (Mondadori, 2009), la última obra de Javier Cercas (Cáceres, 1962). Un libro a caballo entre la novela y el ensayo y que le hizo ganador del Premio Nacional de Narrativa de 2010. El eje es el juego de espejos, de simetrías y disimetrías, que une y enfrenta a Adolfo Suárez, Manuel Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo. Los únicos que quedaron quietos en sus escaños tras la irrupción de Tejero.

"El rey cometió errores, frivolidades, como los cometió todo el mundo"

¿Por qué el 23-F es un episo-dio medular en la historia de España, parangonable al asesinato de Kennedy?

Es el punto en el que convergen todos nuestros demonios y es una gran ficción colectiva. El 23-F había sido enterrado por un alud de leyendas, medias verdades, mentiras. Igual que con Kennedy. Había que hacer la operación contraria: ceñirse a los hechos. Y eso intenté hacer. Los historiadores apenas han trabajado sobre el tema: apenas hay documentos. Eso propició el mito. El gran documento es la grabación de 35 minutos del asalto.

Ha afirmado que con el 23-F arranca la democracia...

"El fracaso del golpe fue esencial para consolidar la democracia"

Sí. En 1981 creíamos que éramos demócratas, pero con esa imagen del hombre del tricornio y el bigotazo [Tejero] retornaron 200 años de historia atroz. Cuando Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo se juegan el tipo por la democracia, ahí, en ese instante, terminan la Transición, la guerra y la posguerra, y dos siglos de intervencionismo militar.

¿Cuál es el mito del 23-F?

Que hay una historia oculta. Y no, no hay grandes enigmas. El enigma del 23-F es que no hay enigma. Un gran mito atañe al rey. Una gran ficción que crearon los golpistas durante el juicio, porque les interesaba que se le viese como partícipe. Les exculpaba. No soy monárquico, pero esa tesis es un disparate. Si el rey monta el golpe, sale. Pero lo para. Dicho esto, su actitud antes del golpe no fue en absoluto ejemplar: cometió errores, frivolidades, irresponsabilidades. Como las cometió todo el mundo. Había una depresión colectiva, un caldo de cultivo propicio al golpe. La gente se sentía decepcionada por las malas circunstancias: crisis, acoso de ETA, sensación de desgobierno... La clase política se puso muy nerviosa por querer echar a Suárez. Erró. Y la sociedad tampoco estaba dispuesta a jugársela por la democracia. No hubo una respuesta popular. Ese hemiciclo vacío, con los diputados tirados al suelo, era una metáfora de lo que ocurría fuera.

¿Qué supuso la rebelión?

La gente percibió que la democracia merecía la pena. Lo mejor, por la alternancia, fue que llegó el PSOE al poder. El golpe facilitó totalmente ese triunfo, que en 1981 no era tan previsible, como tampoco se creía que el juicio a los golpistas pudiera celebrarse. En 1982 el clima cambió. El fracaso del golpe fue esencial para la consolidación de la democracia. Una vacuna.

¿No conllevó un recorte del Estado autonómico?

La idea de la LOAPA ya estaba antes, ya se había hablado de que el proceso autonómico se había desmadrado. Tras el 23-F, se aborda con más convicción.

Son héroes de la traición. Y ese es el corazón moral de la Transición y del libro. Traicionaron su pasado para construir un futuro para todos. Sin esa gran traición, la democracia habría sido imposible. Yo abogo por una ética de la traición, que a veces es más virtuosa que la lealtad. Los tres son fundamentales para el país, pero son personas, no santos ni demonios. Ese gesto no les sirvió para nada. Carrillo fue agonizando, Mellado desapareció de la política y Suárez sacó [con el CDS] dos escaños en 1982.