Publicado: 03.12.2014 08:12 |Actualizado: 03.12.2014 08:12

El hojalatero que se resiste a oxidarse

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El ojo del transeúnte no advierte que la puerta es más ancha que la de los negocios colindantes, lo suficiente para que pudiesen salir del local relucientes zafras de un metro de diámetro. Aquellas vasijas, gordas como un Botero, capaces de alojar hasta 2.000 litros de aceite, se engendraban en las entrañas del local, que despachó durante generaciones churreras, cántaros, ordeñaderos y cualquier objeto antediluviano que diese de sí la hojalata. "El último lo fabricó un señor de 96 años, que bajaba al taller y tanto hacía un crucigrama como una aceitera", recuerda José María Rivas (Madrid, 1947), criado entre láminas estañadas.

La Gran Hojalatería Imperial data de los tiempos en que el vino se medía por arrobas, la leche por azumbres y el aceite por cántaras. "La fundaron mis abuelos en 1898, fecha del documento más antiguo que hemos encontrado", explica Rivas, que comenzó a trabajar con dieciséis años y poco después se hizo cargo de la tienda, ubicada en un edificio que se salvó del insaciable incendio que en 1790 asoló un tercio de la Plaza Mayor. Para asfixiar las llamas, que se alimentaron durante tres días de los esqueletos de madera que apuntalaban los inmuebles, hubo que echar abajo alguna finca con el propósito de crear cortafuegos. Paradójicamente, a escasos metros, hoy se levanta un parque de bomberos del Ayuntamiento, aunque pronto dejará de prestar servicio a los vecinos del Madrid antiguo.

"El declive de la hojalata comenzó con las normas de envasado. Hubo oficiales que se pasaron al mundo del acero inoxidable y ahora quedan muy pocos fabricantes. También afectó la falta de uso en la cocina, porque durante una temporada se cocinó muy poco en casa, la irrupción del microondas y la aparición de materiales como el plástico y la silicona", se queja José María, quien conserva en lo alto de una estantería varias piezas de recuerdo elaboradas por artesanos de precisión milimétrica, pues los recipientes debían albergar la medida exacta. "En todo caso, esto se ha venido abajo con la crisis, porque no son artículos de primera necesidad", añade este hojalatero inoxidable, que debería haberse jubilado hace dos años.

"Resistiré aquí hasta que alguien se quede con el local. El problema es que antes tengo que vender toda la maquinaria del taller", comenta mientras señala la trampilla que conduce al sótano, donde antes de la Guerra Civil trabajaban dieciséis empleados. Aguanta, confiesa, porque los viejos vecinos del barrio, centrifugados a las ciudades dormitorio donde viven con sus hijos, siguen acudiendo a la tienda de toda la vida, cuyos escaparates lucen moldes de flores y de hilar huevos. "Artículos de escaso valor que se venden poco y a los que las grandes superficies no dedican un centímetro cuadrado de estantería", razona Rivas, acostumbrado a que le pidan el utensilio de cocina más insospechado. "El cliente, cuando se hace una idea de una cosa, piensa que debe existir, aunque no exista".

Entra una pareja y pregunta por un recogedor de migas de pan. José María deposita uno de acero inoxidable sobre un mostrador hostigado por los obuses del tiempo, pero el matrimonio se va con las manos vacías. "¿Has oído? El señor lo quiere eléctrico... Para eso que se compre una aspiradora pequeña", ironiza. "Por eso te decía antes que hay clientes que quieren esferas cuadradas", agrega Rivas, rodeado de objetos metálicos que refulgen por la luz que cae con pesadez de las lámparas fluorescentes. "Hoy no se fabrica absolutamente ningún accesorio de hojalata. Ya no hay oficiales ni nada de nada". En ese vacío, ahora colmado de menaje de cocina fabricado con nuevos materiales, antaño chapoteaban los niños en su pulcra cita con los barreños de chapa galvanizada, especie extinta de la que procede el hidromasaje.

"Sin embargo, la madera ha sobrevivido", concluye el dueño de la Gran Hojalatería, consciente de que a todo imperio le llega su San Martín. "Entró en la casa por un compromiso familiar y siempre ha tenido éxito. Actualmente hay cubiertos, aunque lo que más se vendía era la gazpachera y el mortero". Ya se sabe que en casa de hojalatero, cuchara de palo.