Publicado: 13.04.2013 08:00 |Actualizado: 17.12.2014 17:17

Un régimen a los pies del imperio

La España de Franco, que no quería perjudicar sus acuerdos con EEUU, pedía permiso al Gobierno estadounidense para enviar armas a países árabes a cambio de petróleo y acataba las decisiones de la Casa Blanca

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El dictador Francisco Franco.

Franco no dudó en convertirse en un siervo más de EEUU. En sus últimos años, el régimen franquista tenía una fijación (una de tantas): mantener con buena salud los acuerdos alcanzados con la administración estadounidense. Eso podría suponer algún que otro problema cuando se cruzaban los intereses de uno y otro. Y el conflicto llegó con la crisis del petróleo de 1973. Conflicto al menos para España.

El dictador se dio de bruces con su querida autarquía y no tardó en plegarse a recibir ayuda externa. La necesitaba, y más cuando se trataba de una de las dos potencias de la época. Obtener el favor de EEUU bien valía ofrecer lo que hiciera falta. Lo importante era que empezara a entrar dinero en España. Y no perderlo, por supuesto. Por eso, cuando surgió la necesidad de importar el tan preciado oro negro, las cabezas de los hombres de Franco se llenaron de fantasmas.

España prometió lo único que podía dar para poder conseguir el crudo: armas. Al régimen, seguramente, no le importó negociar con quien hiciera falta, pero eso sí, manteniendo la máxima de no enfadar a EEUU. El petróleo estaba, en su mayoría, en manos de países árabes, así que los negociadores españoles se anduvieron con pies de plomo para que sus pactos no intercedieran en los planes del imperio.

Los Cables de Kissinger recopilados por Wikileaks reflejan cómo el aparato franquista pidió permiso a EEUU para poder llevar a cabo las transacciones, cuando, tal y como hicieron constar los embajadores, no tenía por qué hacerlo. "Es la segunda ocasión en la que recientemente el Gobierno consulta a EEUU sobre una eventual venta de rifles cuando el acuerdo todavía está sin firmar. Creo que una respuesta rápida en este caso ayudaría a que EEUU demuestre a España que este tipo de consultas no supone un obstáculo para sellar las ventas a tiempo", comentó el embajador en Madrid, Horacio Rivero, en junio del 73.

España se ofreció a "servir a los intereses de EEUU en Oriente Medio"

El documento, dirigido al Departamento de Estado, recoge que el "Gobierno español quería saber si EEUU aprobaría la venta a Irak de 80 a 100 fusiles sin retroceso de 106 milímetros". Además, el interlocutor español, del Ministerio de Exteriores, detalló a Rivero el plan del régimen de entregar entre cuatro y cinco armas al mes "lo antes posible". La respuesta que llegó desde territorio estadounidense dejó chafados a los españoles: "Bajo ninguna circunstancia podemos autorizar la venta propuesta" ya que Irak se había convertido, "desde la década de los 60, en un país totalmente dependiente de la Unión Soviética".

En un posterior cable, Rivero informó de que España entendió y aceptó la negativa de EEUU. En él, el embajador dio cuenta de cómo el régimen intentó dar la réplica. Para ello, expuso que necesitaban ofrecer "beneficios tangibles a los amigos árabes" para consolidar sus relaciones con ellos, algo que no se podía hacer "sólo con la retórica". Después de volver a dar por bueno que el Gobierno estadounidense no estuviera por la labor de mandar armas a países como Irak y Barhein, argumentó que España "modestamente podría ser capaz de servir a los intereses de EEUU en Oriente Medio". Por eso, el representante español se atrevió a solicitar a Washington que reconsiderara su negativa anterior a la venta de diez aviones F-5 a Libia, la reserva africana más grande de petróleo, y permitiera el envío de 100 rifles a India. La respuesta llegó once días más tarde: no.Continuas negativas

En enero de 1974 España lo intentó de nuevo. El régimen volvió a pedir por boca de Rivero que EEUU aprobara una petición de Irak para comprar 200 rifles españoles. En este caso, el presidente iraquí apeló por carta directamente a Franco después de enviar un "regalo" muy especial: 35.000 toneladas de petróleo. La Casa Blanca contestó que, una vez más, no estaba dispuesta a dar su visto bueno al intercambio.

A lo largo del año, la cuestión de la exportación de esos 200 rifles se repitió en varias ocasiones. Las armas llegaron a convertirse en casi una obsesión para el régimen, que poco le falto para suplicar por la aprobación de EEUU. El ministro Pedro Cortina no se cansó de repetir que la venta era una petición expresa y personal del mandatario de Irak hacia el dictador español. El titular de Exteriores llegó a implorar a EEUU que considerara los problemas económicos del país y que valorara las buenas intenciones de España que, aunque no tuviera ninguna "obligación contractual", requería la opinión de Washington "para mantener el espíritu de cooperación" entre ambos Estados.

Ante la insistencia del régimen, el embajador Rivero decidió interceder

Ante la insistencia de Cortina, Rivero prometió que intercedería para pedir a su Ejecutivo que, por una vez y de forma excepcional, cambiara de parecer. El embajador demandó que se tuviera en cuenta el "pequeño número de armas" de la transacción y el impacto que supondría para España perder el negocio. Pero ni por esas. EEUU, aunque reconoció "la dependencia española del petróleo de Oriente Medio" en un cable de febrero del 74, se mantuvo en sus trece. La entonces administración Nixon estaba más preocupada por otras cuestiones y, entre ellas, la de no conceder ni un centímetro al bloque soviético.

A pesar de las continuas negativas, España siguió acatando las directrices de Washington. Desesperado, Cortina llegó a amenazar con que el régimen, dada "la injusta" postura estadounidense, podría reexaminar la política española sobre la adquisición de armas de EEUU. Ni el mismo Rivero le dio importancia: "Creo que es más una expresión de fastidio que una amenaza seria", comentó en un telegrama enviado el 30 de julio.

Visto que de Washington no iba a conseguir nada, Franco decidió finalmente hacer la venta a escondidas. No tuvo suerte. A Kissinger no se le escapaba ni una y le pilló con las manos en la masa cuando las armas ya estaban a bordo de un buque que había zarpado de Barcelona el 31 de agosto.

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