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Brasil Río de Janeiro: de capital olímpica a ciudad de las balas perdidas

La ciudad que fue sede de los Juegos Olímpicos hace un año hoy se enfrenta a la mayor oleada de violencia de la última década. Las balas perdidas hieren a tres personas al día. Cada 24 horas dos civiles son asesinados por la Policía y cada 48 matan a un uniformado

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Agujeros de bala en la fachada de la casa donde Henrique de Oliveira, un niño de trece años, fue asesinado con un disparo de bala en una operación policial contra el narcotráfico en la favela de Complexo do Alemao, en Rio de Janeiro /AFP (FABIO TEIXEIRA)

Hace una semana murió Arthur Cosme de Melo, un bebé que había recibido un disparo cuando todavía estaba en la barriga de su madre. Al volver a casa se vio en medio de un tiroteo entre policías y narcos. La bala le atravesó el útero y la cesárea fue de urgencia. El niño alcanzó un mes de vida hasta que “unas complicaciones médicas” se la arrancaron.

El bebé Arthur se ha convertido en un símbolo de una ciudad en la que ya pocos se sienten a salvo. Tres personas al día reciben un disparo por bala perdida en Rio de Janeiro. Entre el 1 de enero y el 2 de julio de 2017 hubo 632 heridos. Mientras estén leyendo este artículo la cifra puede haber sumado hasta una centena más. El fuego cruzado, cotidiano en algunas de las favelas de la ciudad maravillosa, se ha extendido a los barrios nobles. Ni las postales de Ipanema y Copacabana se libran de las balas.

Una ciudad en la que la ciudadanía cada vez parece menos importante y la única salida que encuentran los gobernantes es la militarización

Los vecinos de los morros todavía son los que se llevan la peor parte. Cada mañana la prensa carioca enumera las víctimas del día anterior. Casos como el de Maria Helena Conceição Santos, (73) y Ana Cristina Conceição (42), madre e hija que murieron al mismo tiempo por el mismo disparo al salir del supermercado. O como Vanessa Vitória dos Santos, que a sus diez años cayó en el suelo de su casa por una bala que llegó desde no se sabe dónde.

Hace apenas un año los cariocas celebraban en el Maracaná la fiesta de luces que marcaba el inicio de los Juegos Olímpicos. Hordas de turistas con el mapa en la mano intentaban descifrar cómo llegar al Parque Olímpico. Camisetas, banderas y gorras verde amarelas ocupaban las avenidas. Apenas tres semanas duró el sueño, o el maquillaje. Hoy los cariocas tienen que lidiar una violencia y una pobreza más cruda de la habitual.

Niños lloran en el funeral de Vanessa dos Santos, niña de 10 años alcanzada por las balas en un tiroteo entre narcotraficantes y agentes de policía /REUTERS (Ricardo Moraes)

La crisis económica de un estado acorralado por los escándalos de corrupción –con dos ex gobernadores y el ex alcalde en prisión- ha dejado a buena parte de sus funcionarios sin recibir salarios. Las colas que se veían a las puertas de las arenas hoy las hacen jubilados y empleados públicos para recibir la cesta básica de comida. “Hace dos meses que estoy en números rojos, no me pagan el sueldo y llegan las cuentas de las tarjetas. No tengo ni para comer y esos políticos corruptos son millonarios”, nos dice Maria Aparecida Teixeira, limpiadora que lleva media hora esperando en el Colpol (Coligación de Policías Civiles) para que le entreguen el arroz y el frijol que ya no puede pagar.

Los niños han vuelto a mendigar en la calle, o ya no los esconden. Durante el primer semestre escolar los jóvenes cariocas apenas disfrutaron de siete días libres de tiros. Algunas escuelas públicas cerraron durante semanas por estar en el centro del campo de batalla que han elegido policías y narcos en una guerra no declarada.

Los militares que estaban para proteger a los turistas ahora ocupan toda la ciudad con tanques en las plazas y fusiles en cada esquina. El ministro de Justicia anunció la semana pasada la inversión de 25 millones de euros mensuales para mantener a las Fuerzas Armadas en la ciudad. La orden es frenar la violencia que en lo que va de año ha quitado la vida a más de 3.000 cariocas. El resultado está por verse: “Ya vimos que la ocupación militar que hubo en la favela de La Maré sólo generó más violencia y más muertes. Es una ingenuidad pensar que los militares van a resolver la situación”, dice la socióloga y ex directora general del sistema penitenciario de Rio de Janeiro, Julita Lemgrube.

Los marines brasileños toman posiciones en el centro de Rio de Janeiro /AFP (Mauro PIMENTEL)

Hospitales de guerra

Los civiles mueren más que nunca y los policías también. En los últimos cinco meses los muertos en acciones policiales han aumentado un 47% en relación al año pasado y hay un 38% más de policías heridos en servicio. Para ser más ilustrativos se puede decir que cada día mueren dos cariocas a manos de las fuerzas del estado, y que cada dos días matan a un uniformado, según datos del Instituto de Seguridad Pública de Rio de Janeiro.

Cada día mueren dos cariocas a manos de las fuerzas del estado, y cada dos días matan a un uniformado

En los primeros seis meses de 2017 los hospitales de todo el estado de Rio de Janeiro atendieron a 1.275 baleados, un número mayor que el total del año pasado cuando recibieron a 996 personas tiroteadas. Los ambulatorios de los barrios de la periferia se han convertido en improvisados hospitales de guerra. En la Bajada Fluminense –el suburbio más violento de la ciudad- llega un herido de bala cada 90 minutos.

Los médicos alertan sobre el aumento de heridos por balas de fusil y el daño letal que provocan: “Generan fracturas muy graves, con una gran capacidad de destrucción ósea. Por no hablar de las lesiones neurológicas y vasculares o la amputación de miembros debido a la fuerza con que el proyectil entra en el cuerpo”, explicaba el traumatólogo, Igor Pochmann en una entrevista en el Diario Globo.

Un hombre que ha sido apuñalado en la espalda descansa en la sala de emergencias de un hospital en Ciudade de Deus, Rio de Janeiro /AFP (MAURO PIMENTEL)

“Necesitamos más anestesistas, traumatólogos, material sanitario y medicamentos porque los pacientes ahora se quedan más tiempo ingresados tanto en las unidades de cuidados intensivos como en el área de recuperación”, le decía el doctor Marques Stello al diario Dia de Rio de Janeiro. Pero las necesidades sanitarias no parece que vayan a ser cumplidas. Este jueves el alcalde de la ciudad, Marcelo Crivella anunció un recorte de 150 millones de euros en la Secretaría de Salud para ajustar el presupuesto.

La pobreza y la violencia aumentan mientras los servicios públicos disminuyen. Las Unidades de Policía Pacificadora (UPP) que se crearon para establecer una nuevo tipo de seguridad en las favelas cariocas y dar seguridad para los Juegos Olímpicos, hoy son la imagen del fracaso de una ciudad en la que la ciudadanía cada vez parece menos importante y donde la única salida que encuentran los gobernantes es la militarización. “La situación que vive Rio de Janeiro todavía puede empeorar. Hemos vuelto a los años noventa sin darnos cuenta”, decía Lemgrube, en referencia a la década más violenta de la eterna ciudad maravillosa.