Publicado: 03.11.2015 00:49 |Actualizado: 05.11.2015 12:33

Así es el campo de refugiados para sirios en Lesbos: falta comida pero por cinco euros se carga el móvil

Cientos de tiendas dan cobijo a 3.000 personas que huyen de la guerra. Juanjo Ruiz, un informático de Badalona que trabaja allí como voluntario, explica las precarias condiciones en Kara Tepe, uno de los dos campos de refugiados habilitados en la isla griega.

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Un menor sirio, tras la valla del campo de refugiados de Kara Tepe, en Lesbos, Grecia.- SANTI DONAIRE/ NERVIO FOTO

Un menor sirio, tras la valla del campo de refugiados de Kara Tepe, en Lesbos, Grecia.- SANTI DONAIRE/ NERVIO FOTO

LESBOS (GRECIA).- Dos campamentos prácticamente improvisados acogen a los cientos de personas que cada día llegan a la isla griega de Lesbos. Unos de ellos, el de Kara Tepe, da alojamiento ─si puede llamarse así a decenas de tiendas de campaña repartidas entre olivos─ únicamente a refugiados procedentes de Siria. El otro, Moria, es la primera parada en Europa de los refugiados con otra nacionalidad.

Kara Tepe se encuentra a las afuera de Mitilene, capital de Lesbos. Es el hogar temporal de unas 3.000 personas, aunque ha llegado a albergar hasta 8.000. Sólo el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) intenta hacerles menos duro su traumático viaje huyendo de la guerra. Pero no siempre se consigue. Faltan medios, financiación y también voluntad política.



Debido a la precariedad en la que se encuentran, tan solo pueden ofrecer una comida diaria gracias a las ONGs Oxfam y Save the Children, pero no siempre llega para todos. “A veces nos quedamos muy justos” confiesa Juanjo Ruiz, un informático de 27 años, natural de Badalona, que ha pasado sus últimos 16 días trabajando como voluntario allí. Las imágenes de los cadáveres flotando a la deriva o ya inmóviles en la playa fue la razón que le empujó hasta Lesbos, aunque no le resultó fácil. “Quise venir por mi cuenta, con cualquier ONG, pero me ponían un montón de pegas”, asegura. Estaba dispuesto a pagar de su bolsillo el vuelo, la comida y el alojamiento. “Sólo dejadme venir y decidme qué tengo que hacer”, les pidió. Pero ni siquiera prestar ayuda es fácil, y la respuesta que encontró fueron más problemas burocráticos.

Juanjo Ruiz, voluntario español, descarga cajas con raciones de arroz para los refugiados del campamento de Kara Tepe, en Lesbos, Turquía. -SANTI DONAIRE/ NERVIO FOTO

Juanjo Ruiz, voluntario español, descarga cajas con raciones de arroz para los refugiados del campamento de Kara Tepe, en Lesbos, Turquía. -SANTI DONAIRE/ NERVIO FOTO

Fue a raíz del grupo de Facebook Volunteer Coordination Team, que ha día de hoy cuenta con más de 4.000 miembros, cuando ACNUR permitió a un grupo de voluntarios acceder al campamento. Aunque la mayoría de ellos no tiene experiencia alguna.

Ante la escasez de alimentos, varios puestos de comida rápida y bebidas hacen su agosto particular a las puertas del campamento, donde no faltan conocidas compañías telefónicas con un stand en el que, por cinco euros, los refugiados pueden cargar el móvil o comprar una tarjeta. La precariedad que viven se pone de manifiesto en forma de dos largas colas: una para hombres y otra para mujeres. Significa que ha llegado la furgoneta con la única comida del día: unas pequeñas raciones de arroz que Juanjo descarga con cara de cansancio entre las prisas y los apretones de los sirios.

Burocracia en medio del caos

El caos es total en Kara Tepe. El único procedimiento ordenado es el de la Policía griega, que ha instalado una oficina en el campamento en la que realiza los registros de las personas que llegan diariamente, tal y como ordena Bruselas. Hay tantas personas en él que el tiempo de espera para cumplir el trámite puede durar hasta tres días. Aún así, es mucho más rápido que en el campamento de Moria, a un escaso kilómetro, donde la espera se puede prolongar hasta dos semanas.

"Muchos han perdido su documentación, pero les hacen los papeles igual. Los griegos quieren quitárselos de encima cuanto antes"

“Hay gente que ha perdido el pasaporte en el desembarco. A veces vienen sin nada porque lo han perdido todo. Otros dicen que son sirios, pero no es verdad. Aun así, como nadie puede demostrarlo, les hacen los papeles igualmente”, reconoce el informático.

El registro consiste en tomar datos, huellas y fotos, y es necesario si quieren salir de Grecia hacia su próxima parada: Macedonia. Una vez en otro país, el problema deja de ser griego y comienza un nuevo registro. “Si descubrieran que están mintiendo, los expulsarían del país inmediatamente, pero no tienen ninguna manera de demostrarlo. Además, lo que quieren los griegos es quitárselos de encima cuanto antes”, resume.

No obstante, el trabajo de los voluntarios era más complicado al principio. “No teníamos traductores árabes, y era bastante caótico. Lo que hizo entonces la ONU fue ofrecer a personas con buen nivel de inglés convertirse en traductores durante unos días. A cambio, la organización se hace cargo del billete de ferry hasta Atenas para él y para toda su familia”, explica el voluntario. “Viene gente con mucho nivel de estudios. Hay profesores de universidad, ingenieros, arquitectos… Tuvimos un traductor que era profesor de música, que tuvo que vender todos sus instrumentos para poder venir hasta aquí”, enumera.

Uno de los improvisados traductores es Alan Mohamed, un chaval de apenas 21 años que logró salir de Alepo hace unas semanas. Tras un viaje de varios días llegó a las costas turcas. Por mil euros, unos traficantes le acercaron al mar y le metieron en un pequeño bote a punta de pistola junto a 40 personas más. Antes de salir, robaron las joyas y otros objetos de valor a varios de sus compañeros de viaje, recuerda Alan. Tampoco se le olvida ─nunca podrá olvidarlo─ ver cómo se iba acercando a la costa griega mientras las olas movían la precaria embarcación, que iba cruzándose con varios cadáveres flotando a su paso. “Salir de Turquía fue muy difícil. Uno de los traficantes nos explicó en un momento cómo funcionaba el motor. Después de eso, nos apuntó con la pistola y nos obligó a zarpar”, rememora.

"Un traficante nos explicó en un momento cómo funcionaba el motor. Después, nos apuntó con la pistola y nos obligó a zarpar"

Alan lleva varios días siendo traductor. Le quedan dos más de servicio a sus compatriotas. Después cogerá el ferry hasta la península y estará un poco más cerca de Suiza, su objetivo final. Allí le esperan sus padres desde hace meses. Todos los días les llama para decirles que está bien y qué etapa del periplo atraviesa. Sin embargo, como muchos refugiados, Alan no sabe cuál es la situación en las fronteras europeas. Menos aún cuando cambia cada semana. “Eslovenia, Hungría… aún no sé cómo llegar, sólo seguiré caminando como hasta ahora”, afirma riendo. “Hace unos días estaba en Turquía, hoy en Grecia, y mañana quién sabe”.

En Suiza quiere terminar sus estudios de secundaria y, después, estudiar Medicina. “Trabajar ayudando a mi gente es lo que me ha hecho pensar en eso. Me gustaría seguir ayudando”, explica. A Juanjo también le gustaría, pero ayer, a las 9.00 horas, debería haber vuelto a fichar en su oficina de Catalunya. “Será difícil centrarse”, reconocía dos días antes del regreso. Sus compañeros de trabajo le dijeron que aprovechara sus días libres para descansar tomando el sol en la playa. Lo ha hecho a su manera. “El sol también me ha pegado bastante, aunque no haya sido sentado en una tumbona”, subraya.