Publicado: 13.07.2015 23:52 |Actualizado: 14.07.2015 07:00

El Chapo Guzmán: una fuga imperdonable

El Gobierno de Enrique Peña Nieto se enfrenta con esta fuga a su mayor crisis política y de corrupción, justo a la mitad de su mandato, y es posible que no se recupere.

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Retrato del narcotraficante Joaquín 'El Chapo' Guzmán. / ESTEBAN BIBA (EFE)

Retrato del narcotraficante Joaquín 'El Chapo' Guzmán. / ESTEBAN BIBA (EFE)

En 2009, una de las leyendas del periodismo en México, Julio Scherer, publicaba lo imposible tras entrar en los dos penales de máxima seguridad del país. Sólo él, con sus contactos del más alto nivel, pudo lograr el permiso para ingresar en las cárceles –hasta entonces impenetrables– a entrevistar a los criminales más peligrosos del país. Eso fue antes de que Joaquín Guzmán Loera, El Chapo, escapara en un carrito de lavandería. En esas prisiones, narraba el periodista, se aniquilaba la personalidad y hasta los hombres más duros se suavizaban. Por eso resulta impensable que alguien escapara de esos dos penales sin contar con la ayuda de la corrupción y la intimidación.

De acuerdo con un cálculo realizado por especialistas y publicado por el diario Reforma, para construir el túnel por el que escapó El Chapo se debieron extraer 3.250 toneladas de tierra y movilizarla en 379 viajes de camión. Dicho trabajo tomaría en promedio entre seis y siete meses de trabajo. Además, de acuerdo con un trabajo realizado en 2013 por la reportera Elieen Truax, un túnel de estas características costaba cuatro millones y medio de euros. Dicho túnel se empezó a construir a kilómetro y medio del penal del Altiplano, antes llamado de Almoloya, el primero de su tipo y orgullo del sistema penitenciario. Pasó por debajo del mismo y llegó hasta la zona de regaderas sin que nadie se diera cuenta.



Para lograr esta hazaña –como ya la titulan en redes sociales aquellos que enaltecen la cultura del narco– se necesita un alto grado de especialización, como son minería, mecánica de suelos y extracción del aire, entre otros, además de planos de mantos freáticos y, por supuesto, del penal. La gente de Joaquín Guzmán la tiene. En 1990, se descubrió el primer túnel entre México y Estados Unidos utilizado con fines criminales. Fue construido por el arquitecto Felipe de Jesús Corona Verbera, por encargo del Chapo Guzmán. El Arquitecto, como lo conocían en la organización criminal, hoy se encuentra preso en una cárcel de Tucson, Arizona, en los Estados Unidos. De los 151 túneles encontrados de 2001 a 2013, el promedio de todos ellos ronda los 30 metros de longitud. Mientras que el de la fuga mide kilometro y medio, esto es, 50 veces más.

Cuarenta y ocho horas después de la fuga, hay 31 personas detenidas en calidad de sospechosos; todas ellas trabajaban en la cárcel de máxima seguridad de El Altiplano. Sin embargo, no hay ninguna renuncia por parte de funcionarios de alto nivel. De hecho, el presidente de la República, Enrique Peña Nieto, se encuentra en visita de Estado en Francia acompañado por los titulares de 31 carteras, incluyendo al ministro del Interior, Miguel Ángel Osorio Chong, quien fue el único de los 400 miembros de la comitiva presidencial en París que voló de regreso a México para atender la crisis.

El Estado falló

El 22 de febrero de 2014 Joaquín Guzmán Loera volvió a ser detenido. El narcotraficante nacido en el insignificante pueblo de Badiguarato, en Sinaloa, ya era una leyenda, construida sobre todo por los medios de comunicación de Estados Unidos, como la revista Forbes, que sin datos contundentes y con cuentas fantasiosas lo nombraron uno de los hombres más ricos del planeta. Algo que contrasta con su declaración ante las autoridades, donde al ser cuestionado por su profesión u oficio dijo ser agricultor dedicado a la siembra de maíz, sorgo y cártamo.

Tres días después de la captura, el presidente de México dijo en una entrevista con la cadena Univisión (la más grande de habla hispana en EEUU) que sería imperdonable una segunda fuga de Joaquín Guzmán y que todos los días le insistía a Osorio Chong que quería bien vigilado al Chapo Guzmán. Sin duda, el pasado sábado se le olvidó recordárselo antes de que ambos subieran al avión presidencial que los llevaría a la Ciudad de la Luz. En su discurso del domingo, Peña Nieto aseguró que lo acontecido en el penal del Altiplano era una afrenta para el Estado. Así, la gira en la que pretendía mostrar a México como un país avanzado se va tornando vergonzosa, porque tendrá que justificarse y explicar por qué falló su Gobierno.

En los diarios locales han corrido ríos de tinta y se ha especulado incluso que se acabó un supuesto pacto con el narcotráfico; que el Gobierno liberó al Chapo para que pacifique México; o que fueron los cárteles unidos quienes lo sacaron para que comandara la lucha contra el Gobierno. Algo improbable, ya que las alianzas de cárteles nunca han durado y más de un jefe del crimen organizado debe estar preocupado por la guerra que se avecina, pues así como es imposible que el Chapo se fugara sin ayuda, es igual de difícil que fuese capturado sin traidores que lo entregaran.

Lejos de las conspiraciones y las historias de gánsteres, el Gobierno mexicano afronta una crisis política que podría poner fin a la Presidencia de Peña Nieto y acelerar la carrera rumbo a la sucesión presidencial del 2018 (en México no es posible adelantar elecciones), mientras que las fuerzas políticas se reacomodan, dándole más poder a la oposición.