Publicado: 23.02.2014 08:00 |Actualizado: 23.02.2014 08:00

Ednodio Quintero y las ceremonias del realismo imaginado

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El conocimiento de lo real es una luz que siempre proyecta alguna sombra

Bachelard

Es en los sueños donde se ilumina nuestro lado oscuro, ahí cabe lo absurdo, lo deseable y perpetuo, quizá por eso a veces ya no queremos salir; en ese  espacio, si acaso la experiencia onírica comprendiera un espacio, surgen amenazas, mecanismos de fuga y  defensa cuando caemos en la noche a un río caudaloso y el regreso brusco impide el ahogo mortal.

Los cuentos de Ednodio Quintero provienen de esas inmanejables aguas turbias, aun cuando para él "los sueños son importantes pero no lo son todo", en cada propuesta suya, con una avasalladora fluidez conectan sus arterias imaginativas, en todas sus narraciones, queda claro que en todas: Ednodio sueña y, haciendo honor a su artística generosidad, nos permite el asomo a su mundo de focos narrativos y mechas ardientes que se apaciguan para, otra vez, encenderse como una  resurrección continua. Responden a una estructura marcada de utópica singularidad.

En los sueños de Ednodio Quintero disparan las escopetas, un caballo amarillo galopa sin norte, habitan los malditos como Billy el zurdo, villanos, apátridas, dobles, traidores y amantes que camuflan una revelación tatuada  para la oscuridad de la noche; un cúmulo de lugares donde el delirio es constante, enigmas que Ednodio se llevará en papel a la tumba, historias maquilladas con sangre y fábulas violentadas que resquebrajan protocolos establecidos por los escritores de antes.

Estamos, sin un ápice de duda, frente a un escritor de ligas mayores que ultraja a sus personajes pero en la realidad, no parece dañar a nadie porque en la realidad: florece el amanecer de sus turbaciones, como si no fuera consciente de su talento.

Es un escritor que cuando toma la palabra, lo hace en nombre de los desposeídos, de los solitarios que sufrieron derrotas, de los que, sin darse cuenta, perecieron una tarde hermosa; las palabras le brotan con urgencia, de caos en caos, porque el orden para él solo parece bienvenido en el momento de cerrar los ojos, en la noche silente y tenebrosa que le sirve en bandeja las tramas con las que otro escritor se volvería loco.

 

Salta a la vista con notoriedad que lo suyo son sueños y delirio. A las manos les deja el trabajo de campo. Desde la cuna ha entrenado para eludir  pesadillas,  o como él advierte: desde que habitaba el vientre de su madre. Y es que en broma o quién sabe si en verdad, se jacta  de haber aprendido a leer en esa oscuridad de placenta, a la que vuelve cuando cierra los ojos.   

A pesar de que ya había publicado los libros de cuentos, La muerte viaja a caballo (1974), Volveré con mis perros (1975), El agresor cotidiano (1978) y La línea de la vida (1988) y la novela La danza del Jaguar (1991), no se terminaba de creer la naturaleza de su oficio para construir las historias que le permiten seguir con vida. Ednodio Quintero vive en el intento: él sabe cómo es.

¿Y el resultado? Es mejor cuando se sabe mezclar a Alan Poe con Borges y Cortázar; cuando se invoca a Chejov, cuando se deja poseer por Maupassant.

Así como un día de pronto dejó de fumar, otro día,  se propuso dedicar  su vida a la escritura:  "oficio de perros", asegura Ednodio, parafraseando a Flaubert,  así se hizo escritor: pensando que era un oficio ingrato y duro, mordiendo como perro, leyéndolo todo lo que alcanzaban  las yemas de sus dedos, iluminado por  tres velas mientras estudiaba el bachillerato, entonces las vacaciones en la casa de sus tíos eran de campo pero muy oscuras, Ednodio, que no se amilanaba ante nada, cogía tres velas y, como quien busca el efecto de un milagro las encendía y se ponía a escribir.

De aquellos tiempos proviene El aprendiz, un cuento que nunca publicó, rellenaba cientos de folios ayudándose con la llama embrujada de esas velas, sin saber que años después, en homenaje a la novelista y ensayista Victoria de Stefano, (nacida en Italia pero que en 1946 se instaló en Venezuela) escribiría un ensayo sobre el arte de escribir que titularía: La llama de tres velas, claro guiño  a La llama de una vela del poeta Gaston  Bachelard, (Bar-sur-Aube, 27 de junio de 1884- París, 16 de octubre de 1962) todo eso luego lo proyectó en una novela sobre la deslocalización de los cuerpos, muy en línea cortazariana de La noche boca arriba: un cuento que Ednodio Quintero siempre quiso escribir.  

También en el campo descubrió que podía escribir cuentos de tres líneas y escribió cerca de 100, "casi todos muy malos", el humilde juicio es suyo, estos cuentos, en 1974 los recogió en un libro que detesta y cuando puede lo compra para destruirlo.

Que la editorial Candaya haya sido creada para publicar como primer título de toda su colección la novela: Mariana y los Comanches, (2004) de Ednodio Quintero, es  argumento suficiente para entender con qué calibre hay que medir a este autor venezolano, pero también para asimilar el grado de entrega con el que  Paco Robles y Olga Martínez, se lanzan a la caza creyente de lo que debería traspasar  fronteras. "Si es para publicar a Ednodio Quintero, vale la pena que funden la editorial", alentó en su momento el escritor mexicano Juan Villoro y reconozcamos el mérito: Villoro no se equivocó.

Han transcurrido diez años desde esa primera publicación y desde entonces lo sueños de Candaya y de Ednodio no han hecho más que plasmarse como revelaciones en el libro de cuentos Combates, publicado en 2009 y que recoge toda la producción  de Quintero entre (1995-2000), así también Ceremonias publicado recientemente en octubre de 2013 y que reúne los trabajos fechados entre (1974-1994) ambos libros comprenden una recopilación de sus mejores cuentos, algunos escritos hace 44 años, algunos son sueños, otros, pesadillas que se transforman en sueños y sueños que derivan en revelaciones que parecen profecías.

En dicha recopilación hay voces maestras que acompañan el instante delirado, ese rincón donde las ánimas se movilizan y agreden  con  libertad. Las manos de Ednodio tienen mucho que decir al respecto, los dedos con los que aprieta esos gatillos hablan solos, sus músculos se fortalecen  cuando  entienden que la palabra rigurosa y la búsqueda de la belleza, exigen valor y se regocijan cuando la prueba da resultado positivo.

Ednodio Quintero nació en Las Mesitas, Trujillo en 1947 (lugar de los Andes venezolanos) y cuando era pequeño y a su habitación asomaba la luz del día, se negaba a salir de la cuna que le construyó su abuelo con cedro de la montaña.  Prefería ese rectángulo acolchado, su mundo de sábanas coloridas,  un mundo de tramas urdidas con la ayuda emplumada de pájaros y muñecos de trapo, ese mundo lo salvó de la locura, cuando se dio cuenta que las almas también se pueden inventar.  

Cabe señalar que entre el periodo que comprende 1974 a 2013 Ednodio Quintero ha escrito ocho libros de cuentos, ocho novelas, dos libros de ensayos, dos guiones cinematográficos, y que por toda su trayectoria ha sido merecedor de numerosos premios y distinciones, además de haber sido traducido a varios idiomas.

Se ve pues, con evidencia, que no ha cesado su tarea narrativa pero cierto es que un día, allá por el año 2000, ¡qué lejos nos queda ya!, tras haber descubierto todas las técnicas y estrategias, perdió la emoción; aburrido del género decidió dejar de escribir cuentos. Tanto en el libro Ceremonias como en Combates, varios de estos alcanzan la soldadura perfecta, quizá porque así como dice él "La escritura es una fórmula, parte del deseo". Pero vaya lástima, ya no va a escribir más cuentos.

Sin embargo, a veces tengo la impresión de que los escribe en secreto, o quizá tal vez prefiera vivirlos en sueños, imaginarlos, escribirlos mentalmente sin ayudarse del  papel, lo que desde luego es un mérito.

Asistamos pues a las Ceremonias meritorias de este autor que se ha jugado el pellejo por la escritura. Soñar, según parece, tiene su precio, aunque los mediocres aseguren que no cuesta nada. Hacer que los sueños se movilicen a menudo no es posible, Para Ednodio Quintero "los sueños son importantes pero no lo son todo", lo dice al principio de este ensayo y lo repite aquí, una y dos veces: "los sueños son importantes pero no lo son todo", tal vez porque ahora duerme con los ojos abiertos, "siguiendo un rastro invisible que desaparecerá con la noche en las arenas movedizas del sueño". Y mientras espera la ceremonia real: "Escapo como un caballo en llamas y emprendo una carrera vertiginosa rumbo a los parajes insospechados donde me aguarda mi destino".