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La inocencia de Andreotti

Acusado en 2004 de asociación mafiosa por delitos ya prescritos, el siete veces primer ministro italiano fallecido este lunes, supo rodearse de los poderes fuertes, Cosa Nostra incluida, para sobrevivir a todos y a todo

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'El proceso a Giulio Andreotti fue un gran farol porque nos ha enseñado que si se repite una mentira infinitamente se acaba transformando en verdad histórica algo que en realidad nunca pasó'. El escritor Giulio Cavalli, autor de La inocencia de Giulio, no podía encontrar mejor manera de resumir la vida del siete veces primer ministro de Italia fallecido este lunes a los 94 años de edad. Andreotti fue hallado en 2004 culpable de asociación mafiosa con Cosa Nostra 'hasta la primavera de 1980' y, por tanto, no fue absuelto como muchos de sus seguidores quisieron que quedara grabado en la memoria histórica italiana.

Le salvó la prescripción de los delitos, que no es lo mismo. Quien no la obtuvo fue el juez que dictó aquella sentencia, Gian Carlo Caselli, que misteriosamente acabó desposeído de su cargo como fiscal nacional antimafia. 'Fue víctima de una persecución judicial de la izquierda', dijo esta tarde de Andreotti Silvio Berlusconi, experto en anticomunismo, procesos judiciales y prescripciones. Desde el otro lado del espectro ideológico, sin embargo, se considera que Andreotti fue verdugo más que ajusticiado.

Nacido en Roma el 14 de enero de 1919, Andreotti no perdió un minuto de su vida para aliarse, representar y promocionar a los poderes fuertes, otra de esas cosas que la Italia de hoy, de los gobiernos tecnocráticos y las grandes coaliciones quiere obviar. Antes de que le asomaran los primeros pelos de la barba en ese cuerpo retorcido por una malformación en la espalda, logró colarse en una recepción del Papa Pio XI en el Vaticano a un grupo de peregrinos belgas. Desde entonces su relación con el Vaticano, los sucesores de Pedro y su economía, no tendría fin.

Con 20 años comenzó a militar en la Federación Universitaria Católica Italiana, movimiento del que salieron otros protagonistas de la política italiana del siglo XX como Aldo Moro o Francesco Cossiga y en 1942 se convirtió en su presidente. Justo un año antes había obtenido el título en derecho eclesiástico por la Universidad de Roma y forjó, en plena II Guerra Mundial y auge del fascismo en Italia una serie de alianzas con la Iglesia que bien le valieron el título no oficial de cardenal político.

Pio XII le recibía al menos cuatro veces al año y Giovani Battista Montini, que acabaría siendo Pablo VI en 1963, consiguió convencer al fundador de la Democracia Cristiana, Alcide de Gasperi, de que le convirtiera en su subsecretario en 1947. Andreotti para entonces era diputado por la región del Lazio y no dejaría de serlo hasta 1991.

De Gasperi moriría en 1954, antes de que Andreotti fuera nombrado ministro de Interior, puesto que no le duraría mucho ya que en seguida encontraría una nueva ubicación. De 1955 a 1958 fue ministro de Finanzas, de 1958 a 1959 ministro de Hacienda, de 1959 a 1966 ministro de Defensa, de 1966 a 1968 ministro de Industria y Comercio y en 1972 duraría nueve días como primer ministro en un Gobierno con la derecha condenado al fracaso pero que le permitiría mostrarse como un azote del comunismo y de los socialistas. Una carrera fulgurante que, sin embargo, ya estaba plagada de oscuros interrogantes.

Cuando Andreotti sale del Ministerio de Defensa explotó el escándalo del Sifar, el Servicio de Información de las Fuerzas Armadas, del que salieron nada menos que 150.000 informes secretos sobre políticos, intelectuales de izquierdas, sindicalistas y otros personajes de la vida pública que tenían que haber sido destruidos y que como por arte de magia aparecieron en los archivos  de la logia masónica P-2, de la que se dijo que Andreotti era el líder.

Andreotti ocupó de nuevo la presidencia del Gobierno en 1976 sustituyendo a Aldo Moro y en el 78 firmaría su sentencia de muerte al negarse a tratar con las Brigadas Rojas que lo habían secuestrado. Entre 1983 y 1989 sería ministro de Exteriores con Bettino Craxi, padre político de Berlusconi, como primer ministro. 'Es una serpiente que acabará en una peletería' dijo de él el líder del Movimiento Socialista. Entre 1989 y 1991 la serpiente le sucedería en el cargo.  

La mala fortuna o la gracia divina, quién sabe, se volvería en contra de Craxi. En 1992, mientras Tangentopoli reducía a cenizas a la Democracia Cristiana y ponía punto y final a la I República, tuvo que mudarse a Túnez para librarse de las siete condenas que le habían caído por malversación de fondos, financiación irregular y corrupción. Por el contrario, 27 fueron las veces que se requirió al Parlamento su permiso para juzgar a Andreotti y 27 fueron las veces que el Congreso rechazó esas solicitudes.

De hecho, Belcebú, uno de sus muchos apodos, salió de rositas de Tangentopoli y acabó siendo nombrado senador vitalicio antes de que se fundara la II República. Sólo él habría sido capaz de explicar si tanta influencia y apoyo político se debía a sus relaciones con la mafia siciliana. Obviamente, nunca lo hizo. Pero a partir de 1992 algunos de sus nexos empiezan a salir a la luz y a brillar con fuerza. Ese año es asesinado Salvo Lima, hombre fuerte de Andreotti en Sicilia e hijo de un capo de Cosa Nostra. Su muerte fue un aviso para el líder democristiano por endurecer las leyes antimafia. También ese año su nombre empezó a aparecer en las investigaciones de la Policía al ser identificado por varios mafiosos arrepentidos.

Nada parecía poder acabar con Andreotti y nada, salvo la edad, acabó con él. En 1999 el arrepentido Balduccio di Maggio aseguró que en 1987 le vio besar a Totò Riina, capo dei capi por excelencia de la mafia siciliana. Todos le dieron por loco. Todos, menos Caselli, cuando en 2004, con aquella sentencia ya prescrita prendió fuego a su carrera en la magistratura. Se libró por poco, como en 2002, cuando fue condenado por el Tribunal de Apelación a 24 años de cárcel por haber ordenado el asesinato del periodista Mino Pecorelli, para acabar siendo absuelto un año más tarde por 'falta de pruebas'.

Paolo Sorrentino llevó a la gran pantalla al personaje en Il Divo. En un monólogo memorable el personaje de Andreotti pronunciaría una frase definitiva: 'Es necesario amar mucho a dios para entender lo necesario que es el mal para conseguir el bien. Esto dios lo sabe y también yo lo sé'.