Publicado: 10.09.2016 08:28 |Actualizado: 10.09.2016 08:28

La izquierda de Brasil se enfrenta
a la peor crisis de su historia y a
la persecución contra Lula

Con la salida de Dilma Rousseff del Gobierno, el Partido de los Trabajadores ha tocado fondo. El expresidente se esfuerza por rearticular su partido y reconquistar a la izquierda. Pero además tendrá que enfrentarse a la Justicia y luchar contra el deseo de parte de la oposición de llevarle a la cárcel antes de las elecciones de 2018.

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Lula da Silva sujeta una camiseta contraria a Temer durante un acto en la ciudad de Santo Andre. - REUTERS

Lula da Silva sujeta una camiseta contraria a Temer durante un acto en la ciudad de Santo Andre. - REUTERS

SAO PAULO.- El juicio político que sufrió el pasado 31 de agosto la ex presidenta Dilma Rousseff ha dejado al Partido de los Trabajadores (PT) en estado de “estrés post traumático”. Así lo define la socióloga Esther Solano cuando se le pregunta por la situación actual de la izquierda en Brasil: “No esperaban que el impeachment llegara a concretarse y tampoco que fuera un circo tan mezquino”, explica a Público la también profesora de la Universidad Federal de Sao Paulo.

Muy lejos queda el 10 de febrero de 1980. Aquel domingo el sindicalista Luiz Inácio Lula da Silva fundaba el mayor partido de izquierda de América Latina. El Partido de los Trabajadores (PT) nacía de las luchas sindicales en las periferias de Sao Paulo, del apoyo de un sector de intelectuales y profesores universitarios, y de la ayuda indiscutible de la Iglesia, concretamente de la Teología de la Liberación.



Después de liderar Brasil durante trece años,
el Partido de los Trabajadoresha salido del poder bajo polémicos instrumentos jurídicos, y no por los votos de las urnas

Treinta y seis años después, los sindicatos (cada vez más débiles) son una de las pocas fuerzas sociales que todavía apoyan al PT. Después de liderar el país durante trece años, este partido ha salido del poder bajo polémicos instrumentos jurídicos, y no por los votos de las urnas. Pero entre sus bases nadie duda que varios factores provocaron que el impeachment saliera adelante: por primera vez desde que el PT se puso al mando del país, no fue la sigla principal del Congreso, su líder estaba aislada tanto en el Ejecutivo como en su partido por haber dado un giro político a la derecha. El PT ya arrastraba una larga crisis que a partir de 2013 entró en fase aguda.

Para muchos el Partido de los Trabajadores hoy ha tocado fondo y Lula da Silva hace piruetas para defender su legado y su historia. Que no es poca. Bajo su Gobierno más de 36 millones de personas salieron de la pobreza gracias a la Bolsa Familia y ascendieron socialmente a la clase C (una especie de clase media). Desde 2003 hasta ahora el salario mínimo aumentó un 390%, se redujo el desempleo y con ello se multiplicó la capacidad de consumo de los brasileños. Miles de ellos viajaron en avión por primera vez, compraron coches nuevos y pudieron hacerse con una casa propia. Lula apostó por la educación universitaria, implantó un sistema de cuotas para jóvenes negros, creó universidades federales, escuelas técnicas, apostó por la vivienda popular (1,5 millones de casas), llevó electricidad a 15 millones de hogares. Casi 50 millones de brasileños tuvieron acceso a médicos rurales. Hasta finales de 2012 Dilma Rousseff mantuvo y amplió estas políticas, pero la crisis económica se le vino encima y sin dinero en caja la fórmula del gasto social y la redistribución de la renta comenzó a dejar de funcionar.

Antes y después de 2013

Hoy buena parte de esa clase C que salió de la pobreza de la mano de los petistas no reconoce sus logros. Muchos de ellos fueron los que salieron a la calle en 2013 a manifestarse contra el Gobierno Rousseff, con sus contradicciones y necesidades porque pedían la mejora de los servicios públicos y a la vez menos impuestos. De ahí surge una de las principales críticas que le hace la izquierda al lulismo: su excesiva preocupación por ascender de clase a través del consumo y su falta de interés por una mayor concienciación política y formación de ciudadanía.

Buena parte de la clase que salió de la pobreza de la mano de los petistas no reconoce sus logros. Muchos de ellos fueron los que salieron a manifestarse contra el Gobierno Rousseff

“Mucha gente de la periferias tiene un discurso donde niega que el PT sea quien ayudó a que tuvieran una casa o que sus hijos fueran a la universidad. Al ascender de clase quieren ser identificados como clase media, no como pobres. Por eso rechazan al PT porque lo identifican como el partido de la gente humilde, de la bolsa familia. Es un problema de identificación de clase muy importante que el PT no supo ver”, explica la socióloga Solano.

Para diversos politólogos las manifestaciones de 2013 fueron el origen de la crisis definitiva del Partido de los Trabajadores. Unas protestas que comenzaron contra la subida del billete de autobús en Sao Paulo y que se transformaron en una reivindicación de derechos sociales y en una crisis de representatividad amparada por los escándalos de corrupción que generaron desconfianza en todo lo político. “No me parece honesto responsabilizar a las manifestaciones de 2013 porque es culpar a la gente de salir a la calle. La crisis vino por la falta de respuesta del PT ante esas reivindicaciones y por la habilidad de nuevos grupos de derecha para captar la insatisfacción de los ciudadanos y jugar muy bien la bandera de la corrupción”, dice Solano.

Seguidores de Dilma Rousseff durante la votación en el Senado donde se votó la destitución definitiva de la exmandataria. - AFP

Seguidores de Dilma Rousseff durante la votación en el Senado donde se votó la destitución definitiva de la exmandataria. - AFP

Si la clase C se rebelaba contra el petismo, la izquierda también perdía la confianza en un partido que hacía tiempo que había abandonado su programa. Banderas como la reforma política, la reforma fiscal, la de medios de comunicación (dominados por media docena de familias millonarias) además de la eterna promesa de la reforma agraria habían quedado en el olvido. Los movimientos sociales cada vez más desmovilizados e institucionalizados y una política de no confrontación como base de gobierno:

El juego de cintura y el pacto social entre ricos y pobres que dieron fama a Lula nunca funcionaron para Dilma Rousseff

“Por un lado está la forma de hacer política de Lula que es la de negociar y contentar a todos y no enfrentarse a las élites. Por otro, está el sistema político brasileño con un presidencialismo de coalición, una fragmentación de partidos enorme donde para conseguir la gobernabilidad es casi obligatorio abandonar el programa. Pero Lula podía haber luchado por una reforma política que cambiara las reglas del juego y nunca lo intentó”, explica la socióloga.

El juego de cintura y el pacto social entre ricos y pobres que dieron fama al sindicalista de San Bernardo, nunca funcionaron para Dilma Rousseff. Ella en sus primeros tres años de gobierno sí se enfrentó a las élites y después intentó ponerse de su lado con un giro drástico hacia políticas neoliberales. Nada evitó que la sacaran de en medio: “Ahora hemos visto que el PT nunca fue establishment, pero los viejos caciques del partido pensaron que lo eran. El PT fue poder durante muchos años pero nunca lo tuvo, el poder político siempre estuvo con las élites económicas del país, entre otras cosas porque Lula no se enfrentó a ellas”, afirma Solano.

Lula, contra las cuerdas

La crisis del partido que fundó se confunde con la crisis que pasa el propio Lula acusado de diversos escándalos de corrupción. Desde principios del año los medios de comunicación centraron su discurso en colocar al PT como “el partido de los corruptos” y a su eterno líder como su principal instigador. El ex presidente que en 2005 se libró de que lo asociaran directamente al escándalo del mensalão (de compra de votos entre los parlamentarios del Congreso), esta vez no se ha salvado de que lo involucren en el mayor escándalo de corrupción del país: los desvíos de dinero de la estatal Petrobras.

Un manifestante disfrazado de Lula pide el encarcelamiento del expresidente. - AFP

Las principales constructoras brasileñas dieron mordidas millonarias a políticos de todas las esferas partidarias a cambio de licitaciones de obras: el PMDB (actual gobierno), el PP y el PT fueron las siglas más beneficiadas. Dentro de este entramado, a principios de este año acusaron a Lula de ser propietario de un piso en la playa de Guarujá y una casa de campo que habrían sido reformadas por algunas de las constructoras involucradas en el escándalo. Según la acusación del Ministerio Publico esas reformas serían las “mordidas recibidas por Lula”. Ninguno de los dos inmuebles está a nombre del ex presidente, pero eso no ha sido motivo para frenar la investigación, ya que habría pruebas de que Lula y su familia habrían pasado mucho tiempo en ambos lugares.

La última acusación que sí puede hacer al exmandatario sentarse en el banquillo, es la de obstrucción a la justicia por intentar comprar el silencio del exdirector de Petrobras, Néstor Cerveró. Esa acusación se basa en la delación premiada del ex senador petista Delcídio Amaral, que también inculpa al actual presidente Michel Temer, al líder de la oposición Aécio Neves, o al presidente del Senado, Renan Calheiros. Pero el seguimiento minucioso tanto de los medios como de la justicia recae en Lula, en lo que él mismo define como “persecución selectiva”.

El temor de que Lula da Silva se presente de nuevo a las elecciones 2018 y, a pesar de todo, tenga posibilidades reales de ganarlas, preocupa a la oposición de Aécio Neves y al propio PMDB, ahora jefe del Gobierno. El escritor Fernando Morais declaraba en junio que tras la caída de Rousseff irían a por su antecesor: “Van a por Lula, y no estarán tranquilos hasta meterle en la cárcel”.

El temor de que Lula se presente a las elecciones 2018 y, a pesar de todo, tenga posibilidades de ganarl, preocupa a la oposición de Aécio Neves y al propio PMDB, ahora jefe del Gobierno

La preocupación por acabar con Lula también habla de la crisis de un partido donde lulismo y petismo se confunden, como si uno no pudiera sobrevivir sin el otro: “Si Lula se presenta de nuevo será una hábil estrategia política pero un retroceso para la izquierda”, dice Solano. El personalismo de la figura del sindicalista ha apagado la aparición del nuevos líderes y la renovación de la sigla. Por un lado Lula es la fuerza del partido y, por otro, su talón de Aquiles.

Esta semana fue el expresidente, que consciente de la fragilidad de la formación que representa, decidió reunirse con otros partidos de izquierda como el PDT (Partido Democrático de los Trabajadores) o el PCdoB (Partido Comunista de Brasil) para pensar en la estrategia de un frente de izquierdas al estilo del Frente Amplio uruguayo para 2018. “Si recuperan las banderas de la izquierda y luchan por ellas ese frente puede ser interesante. Pero hay que reformular la izquierda, no solo aliarse”, advierte Esther Solano.

Las reformas del Gobierno Temer, basadas en un duro ajuste fiscal, recortes de derechos laborales y privatizaciones, son según la socióloga “un buen contexto” para que los movimientos horizontales de mujeres, estudiantes o anti especulación, que han surgido en los últimos años, ocupen un mayor espacio y renueven a la desnortada izquierda brasileña.