Publicado: 21.08.2015 20:57 |Actualizado: 22.08.2015 08:00

"No vamos a acabar con Dilma,
vamos a hacerla sangrar"

El presidente de la Cámara de Brasil, Eduardo Cunha, y el del Senado, Renan Calheiros, se han convertido en el mayor obstáculo de Rousseff para gobernar. La petista no ha podido evitar que la agenda más retrógrada desde la dictadura se impusiera en su Ejecutivo

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La presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, vista a través del objetivo de una cámara. - REUTERS

La presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, vista a través del objetivo de una cámara. - REUTERS

SAO PAULO.- Ambos pertenecen al PMDB (Partido Democrático de Brasil), partido heredero de la dictadura formado por una mayoría de caciques vinculados al agronegocio. La sigla se define de centro pero mantener sus negocios y ayudar a enriquecer a sus socios encajaría mejor en su filosofía política. Desde la redemocratización del país han servido como aliados en todos los gobiernos, acercándose a quien manda y sobre todo permitiendo mandar.

Eduardo Cunha y Renan Calheiros no podían ser más distintos en sus formas y probablemente en algunas de sus creencias. Pero sus habilidades políticas para salir ilesos de las decenas de escándalos de corrupción que llenan sus currículos es junto a sus ansias de poder, lo que les convierten en auténticos pemedebistas.

Eduardo Cunha supo aprovecharse del contexto de crisis económica y del escándalo de corrupción de Petrobras para poner a la presidenta contra las cuerdas

Desde que fue elegido en enero presidente de la Cámara, Eduardo Cunha pasó a ser el mayor obstáculo de la presidenta a la hora de gobernar. Este diputado carioca, el tercero más votado en Rio de Janeiro, supo aprovecharse del contexto de crisis económica y del escándalo de corrupción de Petrobras para poner a la presidenta contra las cuerdas.

Evangélico devoto de la Asamblea de Dios, una de las iglesias pentecostales más poderosas del país, Cunha ha dedicado sus primeros seis meses como jefe de la Cámara a cumplir la amenaza que hizo el pasado mes de diciembre el senador del PSDB (Partido Socialdemócrata Brasileño) Aloysio Nunes: “No vamos a acabar con Dilma, vamos a hacerla sangrar”.

Su par en el Senado, Renan Calheiros, mucho más discreto y menos virulento, ha tenido mucho más juego de cintura, por momentos acercándose a la presidenta y por momentos dándole la espalda. A mediados de julio cuando Cunha declaró su guerra abierta contra el Gobierno, haciendo factible la posibilidad del impeachment, su compañero Calheiros dejó que la presidenta tocara fondo, para después salvarla a cambio de convertirse en el nuevo “jefe”. Sigamos la cronología.



“House of Cunha” y su conquista de la Cámara

Dicen en Brasilia que cuando entra en la Cámara parece un cardenal. Escurridizo y altivo, Eduardo Cunha es considerado un político de bastidores que no se debe tener como enemigo. Después de ser diputado del estado de Rio en 2001 por el PPB, consiguió su primer mandato en la Cámara de Brasilia en 2002. A partir de 2003, ya como miembro del PMDB, este economista y dueño de algunas radios cariocas ocupó puestos en la Casa del Legislativo en tres mandatos distintos.

Renan Calheiros escucha un discurso de Eduardo Cunha. - REUTERS

Según el periodista, Klécio Santos, “las armas políticas del diputado son el chantaje y los votos en el Congreso”. Esas “habilidades” son las que usó el pasado mes de enero cuando fue elegido presidente de la Cámara saltándose algunos pactos y prometiendo muchos favores. A pesar de que su partido fuera el principal aliado del PT en el Gobierno, se presentó a las elecciones como un verdadero opositor de Rousseff y acabó con el principal acuerdo entre ambas siglas de turnarse la presidencia de la Cámara.

Este año le tocaba presidir el turno al PT pero Cunha rompió el pacto y usó todos sus recursos para conseguir la mayoría que le dio la victoria. Entre ellos, la promesa de aumentar el presupuesto de los diputados para sus gastos de vivienda, viajes y una paga extra para que sus esposas se desplazaran a ver a sus familias. En plena lucha del Gobierno Dilma por llevar a cabo un ajuste fiscal y contener el gasto social, el gesto de aumentar las dietas de sus colegas fue una de sus primeras provocaciones.

Sus principales aliados en el Congreso son la bancada evangélica, la del agronegocio y la de la bala, a la que pertenecen policías y militares. Conocidos popularmente como los BBB (Bancada del Buey de la Biblia y de la Bala) suman un 40% de los diputados de la Cámara. Comandados por Cunha tienen como misión sacar adelante los proyectos conservadores que quedaban en el olvido.

En pocos meses se han sacado a la luz muchos de esos “olvidados”. Primero fue la bajada de la mayoría de edad penal de 18 a 16 años, ya aprobada en la Cámara y pendiente en el Senado. Después vinieron otras pautas como la revisión del estatuto de desarme para facilitar la compra de armas a los particulares; la criminalización del aborto como crimen hediondo; la revisión del estatuto de familia para que pueda ser sólo concebida como una unión entre hombre y mujer, o la prohibición de que las parejas gays puedan adpotar hijos.

Escurridizo y altivo, el presidente de la Cámara es considerado un político de bastidores que no se debe tener como enemigo

En cuestiones económicas Cunha llevó a votación la ley de la terciarización laboral para permitir que las empresas pudieran tercierizar todos sus servicios, en un intento de acabar con la Patronal y con los derechos laborales de un solo tiro. Pasó la votación de la Cámara pero encontró el freno en Senado, que por ahora ha guardado la propuesta. Una de las promesas que les hizo a los ruralistas fue sacar adelante la Enmienda que responsabiliza al Congreso de la demarcación de las tierras indígenas. De este modo ese trabajo ya no pertenecería a los antropólogos de la Funai (Fundación Nacional del Indio) y sí a los interesados en hacer negocio.

La reforma política fue una de sus grandes conquistas. Mientras los movimientos sociales pedían el fin de la financiación privada de las campañas políticas, Cunha mandó a votación una reforma que legitimaba el poder privado de las empresas a la hora de donar en las campañas. El carioca perdió en la Cámara, pero no contento con el resultado en apenas 24 horas colocó de nuevo la misma pauta a votación. Esta vez, sorprendentemente varios diputados habían cambiado su voto. La “técnica” en 24 horas de repetir la misma votación para repentinamente conseguir una victoria le ha dado la fama de dictador. Hace meses que los medios llaman a la Cámara de los Diputados “House of Cunha”, haciendo un paralelismo con el personaje que interpreta Kevin Spacey en la serie House of Cards.

Corrupciones, amenazas y conspiraciones

A pesar de ser uno de los investigados por los escándalos de desvío de dinero de Petrobras, Cunha siempre ha actuado como si las acusaciones no fueran con él. Pero de igual modo se defendió atacando y para ello creó tres comisiones de investigación dentro de la Cámara que podrían dejar nervioso al PT y por tanto a Rousseff. De ese modo podía obtener informaciones útiles en el caso de que las necesitara. Y es que las medidas de presión, las conspiraciones y la amenaza constante del impeachent han sido los dardos que le lanzaba a diario a la presidenta.

Pero su guerra abierta contra el PT se declaró a mediados de julio cuando fue acusado formalmente de recibir cinco millones de reales (1,25 millones de euros) en propinas de la Operación Lava Jato. Su reacción fue nuevamente el ataque. Indignado salió en televisión para anunciar su ruptura definitiva con el Gobierno, acusando a Dilma de haber creado “esa farsa” para acabar con él. Al día siguiente el despacho de abogados del testigo que había declarado contra Cunha cerraba su oficina de San Pablo y la abogada principal del caso reconocía las presiones del jefe de la Cámara.

Eduardo Cunha  en un evento organizado por sindicalistas en Sao Paulo. - AFP

Eduardo Cunha en un evento organizado por sindicalistas en Sao Paulo. - AFP

Por primera vez se le vio debilitado, pero su venganza fue rápida. Su primera medida fue liderar una votación para revisar las cuentas económicas de Rousseff e intentar que el Tribunal de Cuentas de la Unión (TCU) pudiera acusarla de las famosas “pedaleadas fiscales”, del uso de préstamos bancarios para maquillar el presupuesto general, pareciendo más dinero del que realmente se tendría para gastar. Después de meses barajándose la posibilidad del impeachment, el error en estas cuentas parecía la única prueba con algo de peso para legalizar “un golpe a la paraguaya”.

El segundo ataque vino con la aprobación de una pauta-bomba en la que Cunha proponía aumentar el techo salarial de los abogados de la Unión de 16.000 a 26.000 reales mensuales, con un impacto en las arcas del estado de 2,4 billones, justo cuando la presidenta instaba al ajuste fiscal. Rousseff fue derrotada por 445 votos contra 17, traicionada por los aliados y por miembros de su propio partido. Cunha había conseguido dejarla aislada y sin capacidad de maniobra. Todo ello días antes de la manifestación del 16 de agosto que tenía como lei motiv la petición de un impeachment. Dilma tocaba fondo y el Senado que en los momentos más difíciles solía protegerla, la dejaba caer.

El Senado entra en juego

En toda esta trama de conspiraciones, la semana pasada se dio la vuelta al tablero, y Cunha que parecía haber derrotado a Dilma y salirse con la suya, es hoy quien se encuentra aislado. Sus maniobras empezaron a incomodar a las grandes empresas del país. Las agencias de riesgo interancionales Moody's y Standard&Poors amenazaron con bajar la nota de Brasil si se mantenía este clima de inestabilidad política y si no se llevaban a cabo las medidas de ajuste fiscal.

Calheiros ha sabido colocar sus pautas sin provocaciones ni amenazas. Incluso ha conseguido quedar como el salvador de una crisis forzada por sus compañeros

La semana pasada las federaciones de la industria de San Pablo y Rio de Janeiro hicieron un llamamiento a la calma y pidieron que los “políticos dejaran a un lado sus intereses particulares para ayudar al país”. El presidente de Bradesco, uno de los mayores bancos del Brasil, pidió unión y convergencia. Hasta el grupo de comunicación Globo, enemigo histórico del PT, publicó un editorial contra el impeachment.

El presidente del Senado, Renan Calheiros, que había visto cómo Dilma se hundía, esperó el momento exacto para tenderle la mano en aras de la ansiada gobernabilidad. El Senado se comprometía a dejar de hablar de impeachment a cambio de que Rousseff aceptara un serie de propuestas ideadas por el propio Calheiros y presentadas bajo el nombre de “Agenda Brasil”. Dilma aceptó sin condiciones y ante los medios aseguró “estar en total sintonía” con las medidas propuestas.

El presidente del Senado con el jeitinho brasileiro que le faltó a Cunha, supo colocar sus pautas sin provocaciones, ni amenazas. Incluso ha conseguido quedar como el salvador de una crisis política forzada por su compañero de partido. Al final las propuestas del senador no difieren tanto de las del diputado. Terciarización laboral, privatización de la Sanidad, aumento de la edad de la jubilación, uso de las tierras indígenas para actividades productivas, facilitar licencias para construir en zonas costeras, áreas protegidas y ciudades históricas, son sólo un aperitivo. Dos caras de la misma moneda y una presidenta de Gobierno que insiste en contentar a todos, menos a sus votantes.