Publicado: 24.05.2014 10:35 |Actualizado: 24.05.2014 10:35

El domingo... ¡Paella!

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Según algunos sondeos, las elecciones al Parlamento Europeo de mañana pueden alcanzar hasta el 60% de abstención, lo que supone, debería suponer, un aldabonazo de alarma para los partidos políticos, pero no ocurrirá porque para ellos, en su enfermiza endogamia, lo que cuentan son puestos y no personas, escaños y no votos. Les da igual el 20%, que el 60%, 80% de abstención, porque al final el reparto se hará entre los votos depositados y en el pragmatismo en el que han caído, aunque sólo se depositaran un centenar de votos, ellos, tan felices, son capaces de repartirse los 54 escaños que se disputan. No harán ninguna lectura negativa sobre la desafección del electorado porque no les preocupa que el ciudadano dé la espalda a esta democracia, tan embalsamada como los propios partidos. Van a lo suyo y seguirán impertérritos con su negocio, su ordeño, el toma y daca, el trapicheo, el parasitismo, la corrupción...

Un dilema para el electorado, porque no votar lo deja todo igual y porque votar es entrar por el aro y aceptar un sistema enfermo y parasitario, en el que unos pocos situados, que pueden levantarse hasta 17.200 euros al mes, se dedican a representar comedias que no hacen reír a nadie. Además ya se sabe que sólo habrá sorpresas sobre quien devorará el despojo, porque en este bipartidismo asentando, PP y PSOE, serán una vez más los dos partidos que se disputen la gran pitanza de la presa. El electorado, aunque sea escaso, acabará revalidando con su voto la podredumbre que alimenta el sistema y votará lo mismo que detecta. Es decir, caerá en el "síndrome de IU de Extremadura", que critica, censura y se manifiesta contra el PP, mientras que lo sostiene con su apoyo sin fisuras, haga lo que haga, diga lo que diga y sea cual sea el resultado de sus políticas.

Se presentan 36 candidaturas a estas elecciones europeas pero, salvo sorpresas que serían muy saludables, apenas siete u ocho serán las que lleguen a la tierra de promisión. Es decir, más de lo mismo, porque parece que, como el burro, vamos atados a la noria, girando, girando, y sin saber salir del surco de nuestras propias huellas. Nos lamentamos y echamos espumarajos contra un sistema que se sirve pero no nos sirve, y en cada ocasión que se presenta lo apuntalamos con nuestro voto, con una resignación que tiene más de enfermiza que de cristiana. Si los partidos están enfermos, el electorado que los sostiene debe andar agónico. "¿Y si hubiera una guerra y no fuera nadie?" Pues se acabó la guerra.

Eso, el "síndrome de IU-Ex", se impone lo bipolar en los partidos y en un electorado desorientado, siguiendo como ratones locos al flautista de Hamelin. Dicen que sarna con gusto no pica. Mañana a votar resignados y... ¡cinco años para rascarse y maldecir los picores! Pues yo mañana tengo paella. Y p'a él.