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Una mujer (y que no la maten)

Por ANA PARDO DE VERA

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Teresa Rodríguez, durante un acto de Podemos en Sevilla. - AFP

Tiempos de cambio sin cambio, de momento. Una mujer, líder de un partido político, cofundadora de la tercera fuerza política nacional y diputada autonómica, denuncia públicamente la agresión sexual de un empresario de 'los de toda la vida'; y me entienden: cercano al poder, influyente, hecho a sí mismo, que actúa en y con las instituciones como un cortijo; aquí bebo, aquí mando, aquí intento besar y lo que se tercie. Un empresario poderoso, del tipo de los que mandan, financian a los partidos a cambio de contratas públicas y quedan impunes. Uno de ésos.

Con todo, decir a la valiente Teresa Rodríguez que en Público habríamos acogido su exclusiva responsable de mejores modos que en El País; seguro, porque al final, en el periódico de Cebrián aceptan nutrirse de anuncios de prostitución (la trata de mujeres y tal) y es posible que la publicación de ese ataque injustificable no alcance el nivel puro de coherencia que exige un acto de tanta generosidad como el de Rodríguez, nadando como queda ahora entre anuncios de contactos, masajes, líneas eróticas, relax y similares. Ya saben, lo normal.

Al tiempo que Rodríguez denunciaba lo insoportable, muchos y muchas votantes de izquierda ─con perdón─ se reprochaban estos días lo insoportable ("Ya estamos"). En Lugo ─donde tengo el privilegio de pasar estas fiestas, frías como las perspectivas electorales de la izquierda─, se preguntaban en los bares que frecuento (cada vez menos) hasta cuándo, en tiempos de anhelo de justicia social, quienes piden una alternativa a la derecha imputada van a tener que conformarse con una oposición a la derecha imputada, más o menos dividida, más o menos desangrada. Pero oposición. Y punto.

Siempre ─no es la primera vez─ me pregunto en qué lugar estaría la perdedora izquierda (con perdón) con mujeres al frente, en primera y segunda línea, sin matices; allí donde se construye el liderazgo de un partido o de una forma de hacer política. Siempre me contesto lo mismo, y no lo he dicho yo: "Si una mujer entra a la política, cambia la mujer; si muchas mujeres entran a la política, cambian la política”.

Tampoco seré yo quien hoy entre en el apasionado debate sobre si el liderazgo femenino es diferente al masculino por una cuestión natural o circunstancial. No ahora, digo. Sé que hoy, cuando en los callejones viciados de la política española no se encuentran la salida ni el cambio, es el momento de plantearse con firmeza la necesidad de que nos tomemos en serio a nosotras y exijamos los liderazgos ─ni más ni menos─ como si fuéramos todas en un único sentido, que no deja de ser, en definitiva, el de nuestra vida y la de quienes nos rodean, hombres y mujeres.

Siempre, por supuesto, que no nos maten por ello. O incluso, entonces.

(*) Son 103 las víctimas por violencia machista de 2016, según Adavasymt. O más, como mínimo. Feliz 2017.