Publicado: 08.08.2015 17:55 |Actualizado: 09.08.2015 07:30

Durango enseña al turismo las “huellas” del bombardeo fascista

Un recorrido con audioguías permite reconstruir lo ocurrido el 31 de marzo de 1937, cuando el municipio vizcaíno sufrió la lluvia de cuatro toneladas de explosivos. Hubo 336 muertos. Nadie pidió perdón.

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Imagen aérea tomada por la aviación aérea del bombardeo sobre Durango en la primavera de 1937.  Estas fotos están incluidas en el folleto que se entrega a los turistas.

Imagen aérea tomada por la aviación aérea del bombardeo sobre Durango en la primavera de 1937. Estas fotos están incluidas en el folleto que se entrega a los turistas.

La apacible calle Kurutziaga es hoy uno de los puntos más atractivos de Durango (Bizkaia). Ningún visitante debería perdérsela: allí se concentran varios edificios históricos de este municipio, situado a 25 minutos de Bilbao. Hace 78 años, las bombas lanzadas por la aviación fascista italiana convirtieron a Kurutziaga en un montón de escombro y muerte. Un acto impune, pero no olvidado: desde este verano, los turistas podrán realizar visitas guiadas para conocer de primera mano las huellas de aquel bombardeo, cuyos autores jamás fueron juzgados. Ni los materiales, ni los intelectuales.

“Hubo muertos en todas las familias”, resume a Público Jon Irazabal, historiador e integrante de Gerediaga Elkartea, una asociación que lleva varios años indagando en el pasado de este pueblo. Aquel 31 de marzo de 1937, el ataque de la Aviación Legionaria italiana –al servicio del franquismo- dejó 336 muertos. A pesar de su terrible magnitud, el bombardeo de Durango es bastante menos conocido que el ocurrido casi un mes después en Gernika, donde murieron 126 personas. Este último episodio fue inmortalizado por el pintor Pablo Picasso, convirtiéndose en un símbolo mundial contra las atrocidades de la guerra.



En ese contexto, la asociación Gerediaga y la Oficina de Turismo del ayuntamiento de Durango han diseñado un recorrido por los lugares afectados por el bombardeo. Mediante audioguías, los visitantes –y también los lugareños- podrán trasladarse a aquella dramática primavera de 1937, cuando el avance de las tropas franquistas sobre la Euskadi republicana era, al mismo tiempo, el avance de la muerte sobre la vida. La ruta que realizarán los visitantes será la misma que en su día hicieron los aviones italianos, aunque esta vez no habrá olor a pólvora ni cadáveres en plena calle.

“Es la primera vez que se realiza un proyecto de este tipo de cara al turismo”, destaca la gerente de Gerediaga, Esther Atorrasagasti. La oferta también está pensada para grupos de visitantes, e incluso podría realizarse con alumnos de escuelas. Además de las audioguías, los impulsores de esta inédita iniciativa –titulada “Aztarnak” (Huellas)- también han elaborado un folleto que describe lo sucedido en cada punto del recorrido. Los textos han sido elaborados por Jon Ander Ramos, miembro de Gerediaga y profesor de historia de la Universidad del País Vasco (UPV).

Los visitantes podrán trasladarse a la primavera de 1937, cuando el avance de las tropas franquistas sobre Euskadi era el avance de la muerte sobre la vida

“A las 7.00, los cinco bombarderos italianos del Savoia 81 despegan de Soria en dirección a Durango, iniciando el bombardeo a las 8.30. La alarma aérea había sonado momentos antes pero, para cuando la gente quiso reaccionar, los aviones habían iniciado el ataque a la villa. En tan sólo unos minutos arrojarían cuatro toneladas de explosivos sobre la población civil”, señala el folleto, disponible en la Oficina de Turismo.

La iglesia de Santa María es uno de los sitios más estremecedores y emblemáticos de la visita. Cuando los aviones fascistas empezaron a tirar sus bombas, en el pórtico de este templo se celebraba el habitual mercado. Dentro, unas cuantas personas participaban en la misa. Tanto unas como otras perecieron bajo los misiles que venían del cielo. “El Padre Santo era su última esperanza; y el Padre Santo, a quien veneraron siempre y en cuya tutela confiaron, nada dijo: el Padre Santo no tuvo una palabra de consuelo para tantos hijos atribulados, ni un reproche para tanto criminal (…)”, escribiría un par de meses después el sacerdote vasco José Miguel de Barandiarán. Su frase aparece al final del librillo que se entrega a los visitantes.

Silencio e impunidad

En efecto, las víctimas de este bombardeo contra la población civil permanecieron durante muchos años en el olvido. “Durante la dictadura, de este tema sólo se hablaba en familia y en privado. Incluso en democracia, cuando empezamos a investigar lo que había ocurrido, nos encontramos un silencio sepulcral. Mucha gente aún no se atrevía a hablar”, recuerda Irazabal. Tampoco hubo ningún gesto de perdón ni arrepentimiento por parte de los responsables de la masacre. “Aquí no ha habido ningún reconocimiento ni por las autoridades españolas ni por las italianas”, denuncia el historiador.

Tampoco lo hubo en el cercano municipio de Otxandio, cuyo bombardeo –producido el 22 de julio de 1936, con un saldo de 57 personas muertas, en su mayoría mujeres y niños- también figura en el folleto turístico de Durango. En abril de 1991, el responsable de aquel ataque, el aviador Ángel Salas Larrazábal, fue ascendido a Capitán General del Aire. El decreto, que hacía mención a sus “méritos personales excepcionales”, llevaba la firma del Rey Juan Carlos y del entonces presidente del gobierno español, Felipe González.