Publicado: 12.07.2015 14:01 |Actualizado: 12.07.2015 23:30

Pedro Sánchez, entre el cielo y suelo

Este lunes se cumple un año desde que ganó las primarias a Eduardo Madina, y está a las puertas de unas elecciones que, aunque no las tiene fácil, le podrían llevar a La Moncloa

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El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez.

MADRID.- Ha perdido la carita aniñada de niño muy guapo, le están saliendo canas y ya tiene un rictus mucho más serio que cuando llegó, aunque de vez en cuando todavía se relaja y le sale su cautivadora sonrisa. A simple vista y a nivel externo, todo eso ha cambiado en Pedro Sánchez en el último año, desde que un 13 de julio de 2014 consiguió ganar las primarias al diputado vasco Eduardo Madina que, en un principio, partía como favorito. Y es que no ha tenido un año fácil.

Sánchez llegó a la Secretaría General del PSOE eufórico, montando una amplísima Ejecutiva para que todo el mundo estuviera contento, aunque apoyándose en tres personas fundamentalmente: César Luena, secretario de Organización; Verónica Fumaral, su jefa de prensa e imagen; y su jefe de Gabinete.

El líder del PSOE creyó que con la legitimidad que le daba haber sido elegido por los votos directos de los militantes tendría paz interna y manos libres para hacer las cosas según su criterio. Pero pronto llegó la realidad.



Sus primeras medidas fueron intentar hacer del PSOE el partido más transparente y más exigente con la corrupción de España. Así, se aprobó un durísimo Código Ético y el partido se inscribió en una prestigiosa organización internacional para medir su grado de transparencia. Además, todos los miembros de la Ejecutiva hicieron públicos sus bienes, sus hipotecas, sus declaraciones de la renta, etcétera.

La bandera de la limpieza gustó en el PSOE, hasta que se tuvo que aplicar. Así cuando llegó el escándalo de las tarjetas black y a César Luena no le tembló el pulso en echar del partido a todos los implicados, ya la cosa cambió. Hubo críticas internas, sobre todo, por la figura de Virgilio Zapatero, y empezaron las primeras tensiones.

Pero las cosas se pusieron más feas cuando Sánchez empezó un periplo por todas las televisiones y en todo tipo de programas. Llamó a Sálvame, estuvo en El hormiguero y no dudó en subirse con Calleja a un aerogenerador a 90 metros del suelo. En algunos dirigentes del PSOE no gustaba “tanta exposición y tanto circo”. Y fue la presienta andaluza, Susana Díaz, quien le hizo la crítica más directa: “No estoy de acuerdo con su política de comunicación”, dijo.

Las cosas se pusieron feas cuando Sánchez empezó un periplo por todas las televisiones y en todo tipo de programas

A nivel de discurso político pasó otro tanto de lo mismo. Sánchez mantuvo las banderas del PSOE y los mensajes surgidos de la Conferencia Política, donde él fue ponente. En el tema territorial, centrado en el federalismo; a nivel económico, en una salida justa de la crisis con medidas concretas como la reindustrialización de España; o en el aspecto social, por una clara apuesta por recuperar los pilares del Estado de Bienestar. Asimismo, seguía apostando por una reforma constitucional. Nada había que reprocharle.

Pero se sacó un conejo de la chistera y, además, lo sacó mal, cuando pidió la reforma del artículo 135 de la Constitución que, en la última legislatura, habían pactado PSOE y PP para reformar la Carta Magna y garantizar por ley el déficit del Estado. Aquello le dolió especialmente al ex presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, pero tampoco muchos entendieron por qué se había metido en aquel charco.

Surgieron más críticas internas, además, porque entre muchos dirigentes del partido empezó a cundir la idea de que no era un líder solvente. Sánchez tampoco había cometido grandes errores, más allá de que se equivoca algunas veces y que lee todos sus discursos. Pero también es cierto que dichos discursos del principio tampoco eran de gran calado, así como muchas declaraciones suyas, y también se le acusaba de vacuidad.

Por todo ello, presuntamente, se empezó a gestar una operación para que Susana Díaz se hiciera con las riendas del PSOE. Destacados dirigentes del PSOE se “enamoraron” de la dirigente andaluza y la vieron como el mirlo blanco para ganar las elecciones. Sólo era cuestión de preparar la operación. Sin embargo, ni públicamente ni internamente, ocurrió nunca nada. Díaz adelantó las elecciones andaluzas, lo que ya hacía imposible cualquier supuesta operación. Además, no faltaban voces en el PSOE de que era un auténtico disparate cambiar un líder elegido por la militancia hacía seis o siete meses, al que tampoco le iban mal ni las encuestas, ni su valoración.

Pidió la reforma del artículo 135 de la Constitución y muchos no entendieron por qué se había metido en aquel charco

A todo esto, Sánchez y Luena no se quedaban quietos e intentaban reforzarse ante la supuesta operación. Y, tal vez por ello, dieron un golpe encima de la mesa al formar una gestora en Madrid y destituir a Tomás Gómez. El líder del PSOE iba a actuar como tal e iba a presentar batalla si la había, porque se sentía plenamente legitimado para ello.

En las elecciones andaluzas se vieron las malas relaciones entre Sánchez y Díaz. El líder socialista hizo la campaña por su cuenta y apenas participó en dos actos con la presidenta andaluza. Díaz ganó las elecciones, pero Sánchez ganó el Debate del estado de la Nación a Mariano Rajoy, lo que sí le supuso un revulsivo a nivel interno entre quienes le apoyaban.

Y a esto llegaron las municipales y autonómicas. De nuevo, según algunas fuentes, era la prueba de fuego para Sánchez y, de nuevo, el líder socialista no se asustó. Cogió carretera y manta e hizo una campaña agotadora por todos los territorios. El PSOE perdió 700.000 votos, pero no se hundió como decían los más agoreros y, sobre todo, logró un gran poder institucional: siete comunidades autónomas, 3.000 ayuntamientos y casi 20 diputados y cabildos. Sánchez salvó otro supuesto mach-ball.

Y, a continuación, tal y como prometió, Sánchez convocó primarias y se presentó. No había riesgos de que tuviera rival. Los barones estaban satisfechos porque muchos habían vuelto a recuperar el poder, y el PSOE ya entendió que no hay tiempo para operaciones extrañas. Tuvo pleno respaldo en el Comité Federal.

Sánchez está acostumbrado a que le pongan fecha de caducidad aunque, hasta el momento, nunca se cumple

Esto le ha dado tranquilidad a Sánchez, que está ahora centrado en la preparación de la campaña. Dio un golpe de efecto en su proclamación, al hacerlo junto a una inmensa bandera de España. Ha creado un grupo de expertos para que le asesoren, otro grupo para ultimar la propuesta de reforma de la Constitución y están ya en los preparativos del programa. Sánchez se siente fuerte y está convencido de que llegará a La Moncloa.

Sus adversarios en el propio PSOE así también lo esperan, porque opinan que no volver al Gobierno sería un fracaso que, a buen seguro, le atribuirían a él. Quienes piensan así, afirman que Sánchez tiene sólo una bala: o es presidente del Gobierno o no seguirá de secretario general del PSOE en el 39º Congreso de febrero de 2016. O sea, entre el cielo y el suelo.

Sin embargo, Sánchez ni Ferraz están de acuerdo con ese escenario. Aunque no llegue a La Moncloa, pelearán porque siga liderando el partido, se consolide y tenga otra oportunidad. Creen que no puede ser que porque pierda la primera vez que se presente haya que buscar otro liderazgo, sólo un año y medio después. Pero Sánchez ya está acostumbrado a que le pongan fecha de caducidad aunque, hasta el momento, nunca se cumple. Y, además, está plenamente convencido de que será el futuro inquilino de La Moncloa.