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Javier Gallego: “Quería crear una poesía del mundo en el que vivimos y el que vamos a sufrir”

El periodista presenta 'El Grito en el cielo', un libro cargado de poesía social y de denuncia sobre la caída del capitalismo y sus consecuencias en la sociedad.

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El periodista Javier Gallego presenta 'El Grito en el cielo', un libro cargado de poesía social y de denuncia sobre la caída del capitalismo y sus consecuencias en la sociedad. / Ana I. Bernal Triviño

@anaisbernal

MADRID.- La gran mayoría lo conoce como el locutor y periodista de Carne Cruda, su programa de radio que ha sobrevivido a múltiples adversidades. Pero Javier Gallego es, en el fondo, un artista. Que compone música y que escribe sobre lo que sufre muy dentro. En estos meses acumuló palabras de furia, amor e injusticia en su interior hasta que le desbordaron y se propuso gritarlas en un libro. El resultado es El Grito en el cielo (Arrebato Libros), un conjunto de poemas con su propio estilo descarnado, pero también con el eco de los versos de García Lorca, Walt Whitman o Celaya. Un viaje donde aporta su visión más dura y fría del mundo, hasta llegar al centro del poeta, el más particular e íntimo. Cuarenta y tres poemas donde Gallego pone la lupa sobre lo invisible y lo silencioso para que no sólo sea leído, sino también sentir el dolor del grito y no quede en el olvido.

¿'El grito en el cielo' es un rugido a la injusticia?

Es una protesta, una denuncia. Cuando uno pone el grito en el cielo es porque lo que existe en la tierra le disgusta, y lanza gritos al cielo para que sean escuchados. Y para que, como decía Celaya, se conviertan en actos en la tierra. Una amiga me recordó que ese concepto aparecía en su poema. En realidad, para este libro tenía una intención de hacer poesía como Celaya, Hernández, Raúl Zurita o Gelman, que trataron la política e historia en poesía.

Y El grito es el poema fundacional, el que da origen al libro. Con él pretendía recordar al Aullido de Allen Ginsberg. Antes publiqué un libro muy íntimo, de sentimientos y de amor, que fue Abolición de la pena de muerte. Ahora quería hacer poesía política y social, pero me costaba conseguir un tono, no ser panfletario, y no quería que estuviese pegado al periodismo más inmediato o diario.

No es el periodismo más inmediato, pero la primera parte del libro es una crónica del mundo, con palabras muy duras.

Sí, es una crónica. Me costó encontrar las palabras. Buscaba palabras duras, pero también palabras que permanecieran. No quería una poesía política muy del momento, actual, y que dentro de unos meses no tuviese sentido. Quería una poesía del mundo en el que vivimos en las últimas décadas, pero también el que vamos a sufrir en las décadas venideras. De El grito pude hacer casi unas treinta versiones porque no encontraba el resultado que quería.

¿Por perfeccionismo?

“Somos una sociedad directa al abismo, un cáncer para el propio planeta”

Sí. Yo leía el poema en alto y, cuando no me gustaba, lo cambiaba. Nunca lo terminaba, aunque fui avanzando en el resto del libro, porque escribo con cierta frecuencia. Para mí, la poesía es discontinua. Muchas veces depende del momento, necesito como tener unas condiciones… Pero, al igual que en el libro anterior, cuando encuentro un tema y empiezo a encontrar el tono, ya empiezo a concentrarme y a meterme en él. Yo tenía poemas de mi vida personal, pero la poesía social no la conseguía plasmar. Y con este poema empecé a encontrar lo que buscaba, pero también leyendo mucho a otros, como Zurita, Gelman o recuperando lecturas de la literatura social españolas como Hernández, Celaya o Blas de Otero.

Los poemas siguientes son dedicados a la ciudad de Detroit y su casi desaparición. ¿Walt Whitman o García Lorca han servido de inspiración en esta parte?

Hay una influencia de Whitman y de Federico muy clara. Hay tres poemas de Detroit, y el lenguaje es muy de Poeta en Nueva York. Por entonces, García Lorca escribió los primeros poemas que hablaban del capitalismo y de su paisaje, de una manera descarnada y clara, con una descripción durísima. Y yo hablo de Detroit como capital del postcapitalismo y la caída del sistema. Es el Chernóbil del imperio del capital… La destrucción de la bolsa de Nueva York se produce en Detroit.

La deslocalización de la producción se produce en Detroit. Es una ciudad desierta y destruida. Allí puedes caminar por edificios y rascacielos con ventanas rotas, teatros vacíos, locales, avenidas sin coches… se fue un 30% de la población. Detroit representó toda la alegría capitalista. Su corazón más palpitante y el de la industria automovilística. Y en los años 60 va unido a un movimiento musical, el MoTown, de una música negra excitante, alegre. Por eso menciono en el poema a las Vandellas, como un fantasma de aquella felicidad.

Después de Detroit, aparecen los versos dedicados a los refugiados, junto a la historia de un cuchillo de plástico en manos de una niña siria. En uno de los versos, reflexiona: “Han dejado de contar”. ¿Asumiremos esta falta de reacción?

El plan trazado ha sido muy efectivo: enflaqueces a la población occidental, a la clase trabajadora, hasta el punto de que ellos son refugiados dentro de nuestras fronteras, con gente en los comedores sociales, que busca comida en la basura, con índices de pobreza infantil y pobreza crecientes… Con un tercer mundo dentro del primer mundo.

Esas personas vulnerables no tienen recursos para rebelarse frente a lo que sufren otras personas también vulnerables, sino que además asimilan una propaganda que les dice: “Vengo a quitarte lo poco que te queda”. Nosotros asumimos disparar hacia abajo, en lugar de disparar al de arriba. Por eso yo creo que, en parte, se produce esta inactividad y falta de reacción tan galopante. Las generaciones venideras nos lo podrán echar en cara.

Pero hay generaciones que crecen con esta indiferencia…

Entonces van a formar parte de la misma tropa de sombras. Y las sombras no tienen capacidad de levantarse porque no tienen ni cuerpo.

¿Vamos hacia un mundo con más discriminación?

Es verdad que, a veces, entre las clases más precarias hay una solidaridad enorme, porque se crean redes de apoyo. Pero si le quitas a la población lo básico y sólo se centra en su supervivencia, la inseguridad crea miedo y rechazo al otro, a lo que viene de fuera.

El discurso del miedo que cala en parte de la clase obrera es otro de los motivos de sus poemas. En 'Los obreros no vuelan' nos define como muñecos de trapo.

Sí, hemos acabo convertidos en tristes muñecos de trapo cayendo desde las azoteas agitando los bracitos. Ese es uno de los poemas más irónicos del libro. Parte de la idea de que está escrito por un empresario que reflexiona y dice… para qué sirve un obrero si ni siquiera vuela cuando salta de una azotea para suicidarse.

'Un país patas arriba', 'Un país boca abajo', 'Un país de rodillas'… son los títulos de los poemas para reflexionar sobre España. ¿Somos un país maltratado?

“El amor es otro grito en la tierra que nos permite afrontar la realidad”

Sí, una parte del país no se da cuenta que, a veces, como las personas maltratadas, son víctimas y secuestrados que tienen el síndrome de Estocolmo. Ha existido una reacción en este país, social y esperanzadora, pero no ha sido suficiente. Aún hay una parte importante de población española cautiva. Yo creo que eso de “cautivo y desarmado el ejército rojo” se debería de cambiar por “cautivo y desarmado el ejército español”, que a veces no asume que está siendo pisoteado. Y lo digo en el poema. Estamos acostumbrados a sacar santos a cuestas, agacharnos a limpiar los zapatos al caudillo, a coger la mano al obispo para besarle el anillo… Y cuando nos levantamos, pedimos perdón o permiso.

Hay dos poemas sobre los desahucios. Un tema que provocó suicidios y que parece quedar en el olvido.

Hubo suicidios con los desahucios y mucho sufrimiento a oscuras, como menciono en esos poemas. Los desahucios fueron el gran drama, porque echar de una casa es tu refugio. Lo básico que debes tener es comida y casa. Si estás en la calle, no tienes nada, porque la dignidad se te va por el desagüe. Pasas a no ser una persona, y dejas de ser un ciudadano a ser un sin techo.

Aquí hubo una movilización social de un grupo, pero no del resto de la sociedad, ante algo tan flagrante. Y la PAH ha cambiado la mentalidad del país. Antes, cuando pasaba un desahucio era que habías hecho algo malo. Y no estaba sólo el hecho de las hipotecas, de adjudicarse, sino también las condiciones, las cláusulas abusivas reconocidas por tribunales… era una estafa global. Y no hubo ni una respuesta gubernamental suficiente ante esa emergencia. Se subsanó porque las familias acogían a los suyos en otras viviendas y había otras organizaciones, como la PAH, que hizo mucha pedagogía. Gracias a eso no se vino el país abajo, pero sí faltó más apoyo social.

¿El poema 'Nosotros' es un reflejo de lo que fuimos y lo que somos, como sociedad?

Sí. Y también lo que nos prometieron, lo que nos creímos y lo que hemos acabado siendo. También hablo de las promesas que nos hicieron a una generación joven e ilusionada, pero también digo que nos acomodamos a ese sueño y no estábamos preparados para la pesadilla y este fracaso. No estábamos preparados para movilizarnos cuando ese sueño acabara y hemos tardado en reaccionar. Algunos aún no lo ha hecho todavía.

Quería hacer un poema generacional porque esta crisis afecta a varias generaciones, que serán perdidas. Las personas que se van de nuestro país, donde se ha invertido en su formación, para que ahora vendan su capital humano y talento a países extranjeros, que no han pagado un duro por darles esa formación… Estamos haciendo el peor negocio de la historia, aparte de cargarnos a una generación entera que habita en el corazón de los desiertos.

En el libro hay mucha política, pero también amor.

El libro tiene cinco partes. La primera y la última son el exterior, el mundo en el que vivimos todos, la vida colectiva social y pública. Y luego está mi parte interior, el día a día. Porque siempre, a pesar de todo este infierno que nos rodea y que nos parece insoportable, lo que nos salva es el amor: la gente que te cuida, que te rodea, que hace cosas por ti, por las que tú haces cosas y te movilizas, que no te hiere… Y eso es lo que hace que esta vida sea soportable. Y, de hecho, en muchos momentos hace que sea maravillosa de vivir. El amor es un grito en la tierra que nos permite afrontar la realidad, la desazón diaria.

Pero también hay desamor, muy duro, en el bloque 'Al infierno conmigo' o en el poema 'Pretérito anterior'.

Es un homenaje al poema que cito de Idea Vilariño, Ya no será. Ella habla de todas las cosas que no serán y yo también de las cosas que hacíamos como pareja. Yo aporto las cosas en común, de lo que teníamos, ese pretérito. Y cuando termina, en su poema, ella añade una frase muy potente que cito: “Ya no te veré morir”. Y yo aporto otra perspectiva y añado: 

“Sólo quizá
cuando vayamos a morir
nos recordemos
el uno al otro
una última vez”

El libro lo cierra 'Un maravilloso final', pero el contenido del poema no es tan maravilloso. Habla de guerras, kamikazes, petróleo, la obesidad… ¿Es un espejo de lo que somos y vamos a ser?

Hay una relación de espejo entre el primer y último poema. En el primero hablo de lo que oigo, el ruido que impide incluso escucharnos a nosotros mismos. Y en este último, describo lo que veo. Eso está también en la canción A Hard Rain's A-Gonna Fall, de Bob Dylan. Yo quería hacer ese juego de espejo, de mirar la realidad que tenemos. Y es un espejo delante de nosotros, que somos una sociedad directa al abismo, un cáncer para el propio planeta y nosotros mismos, que crecemos de una manera desordenada e insostenible.

Estamos viendo que ni siquiera en el primer mundo, donde se supone que se tiene de todo, la gente es feliz porque tiene un enorme vacío. Y el que no tiene nada, es que no tiene ni el aire prácticamente. Siento que vivimos en un mundo que parece que no tiene remedio, pero intento agarrarme a algo. Como decía Leonard Cohen, aunque no tengo esperanza de que nada cambie, actúo como si no lo supiera.

La escasa importancia de la cultura en España, ¿forma también parte de esa desorientación en la sociedad?

Creo que deberíamos valorar más nuestro patrimonio artístico y creativo, porque ese patrimonio es que el que estructura tu cabeza. Son como los muebles. Pero no es la decoración de tu casa, sino donde vives, donde te acuestas, donde te sientas, tus pilares… Y la cultura en España se ha menospreciado, atacado, humillado y tenemos una escasa valoración de nuestros artistas y creadores, de nuestros maestros y pedagogos. Hay una disgregación del mundo cultural que está en los huesos. Y creo que no es culpa suya, sino que sólo araña la pared para no caer al suelo.

En su caso, tanto en la poesía como en la música, se mueve en una cultura alternativa, una industria más pequeña.

Yo creo mucho en las pequeñas grandes iniciativas, autogestionadas y sostenibles, que crean redes en su entorno y que hacen cosas interesantes sin el apoyo de los grandes medios o industria. No es que la rechace. Tiene que haber grandes editoriales para que los libros lleguen más lejos. Y si yo tuviese la oportunidad, no lo descarto; pero por el tipo de música y poesía que hago estoy abocado a una cierta marginalidad o minoría, aunque no es mi vocación. Tampoco en la radio.

Cuantos más escuchen Carne Cruda, mejor. Yo no quiero que sea un coto cerrado ni selecto, sino electo. Pero dice Carlos Taibo que tenemos que pensar dentro del sistema, y no crear algo alternativo, sino un mundo paralelo, más a la medida del hombre.

¿Eso es lo peor que nos sucede?

“Aún hay una parte importante de población española cautiva”

Creo que ese es un problema fundamental. Vivimos en un mundo que no está hecho a la medida del hombre. Que el hombre, en su inteligencia, ha llegado a la estupidez de echarse el mundo encima y aplastarse por su propia creación absurda. Supuestamente es el animal más inteligente de la tierra y es el animal que es más capaz de autodestruirse. El resto de especies, que a veces desaparecen por el hombre, es capaz de adaptarse al entorno y sobrevivir. En cambio, nosotros, que somos capaces de hacer la mejor vida, nos damos la peor vida posible, como especie.

Con la perspectiva que proporciona el tiempo, ¿qué saca de positivo de sus despidos en RNE o la cadena Ser?

Me ayudó a aprender y crecer. Me obligó a buscar salidas que no conocía. Y me ha abierto los ojos en muchos sentidos, para entender que el periodismo de compromiso social e independiente requiere de mucho esfuerzo; pero es una satisfacción encontrar la libertad en sí mismo. Los grandes medios me dieron ese altavoz para llegar a la gente, pero hemos podido refundar en parte nuestra profesión precisamente con esos oyentes. Y tomamos nosotros la palabra o la toman ellos. La única forma de avanzar es hacerse dueño de la palabra.

De aquella etapa, ¿queda algo que duela?

Que te rechacen y te envíen al paro, y de malos modos, cuando estaba bien hecho. Yo decía que el programa funcionaba bien. Y me respondían que precisamente se quitaba por eso.

¿Por el mensaje?

Por un mensaje contrario a sus principios. Como producto era un programa que funcionaba, pero mi mensaje era incómodo. Me lo dijeron en la cadena SER: “Tú eres el anti-establishment y yo soy el establishment”. También fue durísimo hacer un trabajo en una emisora pública y que esa emisora ya no represente a todos, porque me molesta que cualquier gobierno use la radio pública para hacer propaganda... Aún así, me quedo más con la alegría que con el dolor. Ahora siento libertad. Ahora respiro mejor. Y me falta pulmón para tanto aire que me entra.