Publicado: 05.11.2016 02:52 |Actualizado: 05.11.2016 22:14

El trágico destino de Marcela y Elisa, las únicas lesbianas casadas por la Iglesia: ¿suicidio o cáncer terminal?

El investigador Narciso de Gabriel plantea que la mujer que contrajo matrimonio vestida de hombre en 1901 se quitó la vida en el puerto de Veracruz, aunque su última pista la sitúa en 1940 en Buenos Aires, donde falleció víctima de una enfermedad. Un periódico francófono que interpretó la boda como “una nueva forma de feminismo”, rescatado un siglo después por un historiador argentino, sugiere que podría haber sido hermafrodita.

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Marcela y Elisa, en Oporto, adonde huyeron tras ser perseguidas por las autoridades españolas. / ARCHIVO NARCISO DE GABRIEL

Marcela y Elisa, en Oporto, adonde huyeron tras ser perseguidas en España. / FOTOS: ARCHIVO NARCISO DE GABRIEL

Marcela y Elisa fueron las primeras y únicas lesbianas españolas que se casaron por la Iglesia. Su historia de amor ha resistido más de un siglo, el tiempo que debió transcurrir para que otras mujeres pudieran sellar su relación con todas las de la ley. El decorado de este guion de película —basada en hechos reales— alternó las calles señoriales de A Coruña y las corredoiras polvorientas de la comarca de Soneira, donde pudieron amarse al amparo de la noche hasta que el engaño salió a la luz y se vieron forzadas a huir: Elisa se había disfrazado de hombre para, Dios mediante, decir “sí, quiero” ante el rector Cortiella. La espada de la Justicia y el garrote de los paisanos propició su fuga, primero a Oporto y luego a Buenos Aires, donde se les perdió la pista en 1904, tres años después de su boda. De Marcela nada más se supo. Elisa transitó su biografía de la mano de la tragedia, hasta componer un poema de amor, enfermedad y suicidio.

Puerto de Veracruz, 1909: una silueta se precipita al mar desde un barco fondeado en el muelle mexicano. La revista Nuevo Mundo, editada en Madrid, se hace eco de un supuesto artículo de la prensa mexicana que identifica a la suicida como Elisa Sánchez Loriga, la maestra gallega que no dudó en hacerse pasar por un hombre para poder llevar al altar a su amada. “Hice indagaciones en Madrid y en Alcalá de Henares, pero no aparece ninguna noticia al respecto”, explica Narciso de Gabriel, que relató su lucha por la igualdad en Elisa y Marcela. Más allá de los hombres (Libros del Silencio). El decano de la Facultad de Ciencias de la Educación de A Coruña, que brujuleó durante quince años en archivos y bibliotecas el destino de la pareja, al principio le concedió crédito, si bien luego comenzó a dudar de su veracidad. “Hablé con el Consulado de Veracruz y con el Ministerio de Exteriores, mas nadie me pudo confirmar que hubiese puesto fin a su vida. Aunque eso, claro, no quiere decir que no lo hubiese hecho”.

[Lee el reportaje sobre las únicas lesbianas casadas por la Iglesia]


En el caso de que no fuese cierta, ¿qué interés podría tener la prensa en publicar la noticia?, se pregunta De Gabriel, que siguió investigando las andanzas de Elisa hasta que se topó con otra pista durante una visita a Argentina. “Una señora me aseguró que su madre la había visto en Buenos Aires allá por 1940. Estaba muy enferma y atravesaba la fase terminal de un cáncer que le provocaría la muerte poco después”, asegura este experto en las vicisitudes de las amantes coruñesas. “Tampoco pude confirmar esta segunda versión a través de otras fuentes”, matiza el catedrático de Teoría e Historia de la Educación. “No resulta fácil hablar de ellas, porque sus trayectorias son prácticamente desconocidas, por lo que tenemos que interpretarlas a partir de su conducta y de su experiencia. Los únicos datos son las huellas que dejaron en la prensa, aunque se trata de informaciones condicionadas por el contexto de la época. No hay testimonios personales de las protagonistas, excepto una carta dirigida a dos periódicos portugueses en la que agradecen el apoyo recibido. Sus vidas están rodeadas por el misterio”, zanja De Gabriel.

Marcela y Elisa quisieron reconocer en público la ola de solidaridad desatada en Portugal cuando fueron detenidas. Mientras en España las autoridades judiciales y eclesiásticas las ponían en la picota, en el país vecino un movimiento solidario liderado por mujeres exigía su libertad. Cuando salieron de la cárcel, todavía pesaba sobre ellas una orden de extradición, por lo que decidieron poner rumbo a la quinta provincia. Elisa (que se había hecho llamar Mario en Galicia, Pepe en Portugal y, finalmente, María en Argentina) se casó con un danés que regentaba un pequeño negocio, Christian Jensen, con el que se fue a vivir al campo. Pero la llegada de su hermana Marcela, que llevaba a un bebé en brazos, y la negativa de su esposa a tener relaciones sexuales levantaron sus sospechas. Jensen investigó en la capital y descubrió que se trataba del matrimonio sin hombre, como las había rebautizado la prensa española, por lo que denunció a Elisa en el juzgado y pidió la anulación del enlace.



Hasta aquí, la historia conocida, que fue difundida con profusión por las revistas de principios de siglo, que se centraron más en la ausencia de un varón en la boda que en la presencia de dos mujeres ante el altar. La prensa argentina, que había reproducido algunos artículos publicados en España cuando contrajeron nupcias, pasó por alto la demanda de anulación de Jensen, a la que sólo le dedicaron espacio en sus páginas La Prensa, La Nación, El Correo Español y El País. Hasta que el 18 de julio de 1904, Le Courrier de la Plata, editado en francés, publicó Un mariage entre femmes. El reportaje aporta dos novedades: su enfoque, que plantea la unión como “una nueva forma de feminismo”, y un informe pericial que sugiere que Elisa podría ser hermafrodita, un extremo que los médicos españoles habían descartado.

El texto permaneció oculto hasta que el historiador argentino Hernán Díaz lo rescató durante sus investigaciones sobre la inmigración francesa, objeto de su tesis doctoral. Después de centrarse durante años en la colonia gallega, retrocedió al primer cuarto del pasado siglo para comparar ambas comunidades. De ahí su encuentro casual con Marcela y Elisa en el diario francófono de Buenos Aires. “La historia no sólo me pareció muy singular, sino que además trataba sobre inmigrantes coruñesas, un tema que ya había abordado, con lo cual me apuré a traducirla y se la envié a algunos amigos”, explica el también responsable de investigación del Museo de la Emigración Gallega. A este lado del Atlántico, Paco Pita, presidente de la Asociación Cultural Irmáns Suárez Picallo, recibe el escrito y pone en alerta a Narciso de Miguel, pues contenía novedades sobre la condición sexual de Elisa. “Me chocó el titular, Matrimonio entre mujeres, y el enfoque del caso, diferente al de los periódicos españoles”, explica Pita, que no dudó en encargarle un artículo al decano de la Facultad de Ciencias de la Educación para publicarlo, junto al original, en el último número de la revista Areal de Sada.

Jensen, además de sentir celos por la hermana, cree que su esposa podría negarse a consumar el matrimonio porque había “desposado un hombre”. Sin embargo, los peritos médicos Drago y Hernández concluyen que es una mujer, por lo que el juez se niega a anular la unión. Le Courrier de la Plata también absuelve a María/Mario/Elisa porque considera que la boda con Marcela Gracia Ibeas en España sólo pretendía cubrir su honor: “Así le dio un marido a la madre y un padre al niño”. De Gabriel expone dos teorías. La primera, más creíble: “Buscó expresamente el embarazo para posteriormente casarse, de modo que la niña, además de permitirles ser madres, daría credibilidad a la pareja”. La segunda, coincidente con la tesis de la cabecera porteña: “Tuvo una hija no deseada fruto de una relación con un joven de Dumbría, donde había ejercido como maestra rural; y, para evitarle los problemas derivados de ser una madre soltera, Elisa decidió casarse con ella”.

El fotógrafo José Sellier inmortalizó a Marcela y Elisa tras contraer matrimonio en A Coruña.

El fotógrafo José Sellier inmortalizó a Marcela y Elisa.

Lo del bebé es lo de menos, porque aquí lo importante es la lucha de dos personas por visibilizar su amor. No obstante, como no hay más información que la de la prensa de la época, no queda otra que caminar a tientas sobre sus vidas. Por ejemplo: ¿Elisa era lesbiana, transexual, hermafrodita o, sencillamente, se travistió para burlar al cura y cegar a quienes no veían con buenos ojos que dos chicas se amasen? Durante las exploraciones a las que se sometió a la fuerza en A Coruña, donde empezó a vestirse de hombre, los doctores aseguraron que no era tal. Su defensa ante el rector Cortiella contiene algún dato falso: “En mi niñez he vestido faldas; pero notando que me sentía más hombre que mujer, consulté en el extranjero, diciéndome un médico que era hermafrodita y que podía optar por el sexo masculino, por prevalecer éste en mí”. En realidad, Mario/Elisa no había estado en el extranjero, aunque se hubiese presentado como un joven que acababa de regresar de Inglaterra, una simple treta para poder casarse.

Sin embargo, el informe de la revisión llevada a cabo en Buenos Aires aporta “detalles técnicos que explicaban la constitución física de María Sánchez [Mario/Elisa]” y que “permiten comprender por qué el matrimonio que ella contrajo con Jensen nunca pudo ser consagrado”. El final del artículo del Courrier, tras justificar los avatares que la llevaron a luchar contra viento y marea para procurarle el bien a Marcela, abunda en los particulares genitales de Elisa: “Debemos esperar que el señor Jensen, frente al bello rasgo de generosidad de su mujer, sepa perdonarle su pequeño defecto físico. Tiene una edad donde eso no tiene gran importancia para él”. En concreto, sesenta y cuatro, veinticuatro años más que Elisa.

Mané Fernández, experto en transexualidad, aclara que hace más de un siglo “no se hablaba de intersexualidad, sino de hermafroditismo, que abarca una sola parte de la primera”. Los médicos no podían establecer quién era transexual con un examen físico, mientras que el hermafroditismo era más evidente. “Elisa, si fuese hermafrodita, pudo nacer con ambos genitales, si bien ninguno desarrollado, por lo que quizás era un hombre”, añade el portavoz de la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales. ¿Por qué fue inscrita entonces como mujer? “A lo mejor se le veía la vulva y la vagina, pero no el micropene. Si fuese así, fabricaron a un transexual, porque en realidad sería un hombre”. Fernández cree que el autor de la noticia está dando detalles “de que algo pasaba” cuando alude al “pequeño defecto físico”. O sea, “la posible existencia de un micropene”, concluye el experto en transexualidad de la FELGTB, quien subraya que Elisa “no tenía por qué estar disfrazándose de hombre, sino adaptando la vestimenta a su identidad”.

Si el sexo de María/Mario/Elisa sigue siendo un arcano, el artículo de Le Courrier de la Plata refleja que, más allá de la pacata España, una boda gay podía ser tratata con respeto en ultramar. El título del diario francófono, Matrimonio entre mujeres, contrasta con el de la revista española, Matrimonio sin hombre. Al comienzo del texto, el autor reconoce que para algunos “se trataba de una nueva forma de feminismo”. El léxico también es revelador: ahora son “heroínas”, cuando en su país habían protagonizado un “escándalo asquerosísimo”, por no extendernos en los insultos que les dedicaron. “Su historia de amor fue posible gracias a la progresiva consecución de algunas de las reivindicaciones propias del movimiento feminista, como el acceso de las mujeres al sistema educativo y a un trabajo remunerado”, escribe Narciso de Miguel en Areal. “La autonomía mental y material que uno y otro fornecen propiciaron sin duda la emergencia y la continuidad de relaciones afectivas y sexuales entre mujeres”.

Sin embargo, ellas no se conformaron con vivir juntas, sino que quisieron oficializar su amor, por lo que se vieron expuestas al escarnio público y a una vida a salto de mata. “Solas y sin apoyo, se tiraron al vacío. No les rondaba la muerte, pero sí el repudio absoluto y, en consecuencia, el exilio, lo que refleja su gran valentía”, afirma José Carlos Alonso, quien en su día reivindicó su figura al frente del colectivo Milhomes. Además del premio que lleva su nombre, el Ayuntamiento de A Coruña, gobernando por la plataforma En Marea, les va a conceder una calle en la ciudad, otra de las reivindicaciones históricas de Alonso. “Teníamos una deuda no sólo con dos mujeres, sino también con las primeras que lograron casarse”, explica Rocío Fraga, concejala de Igualdad y Diversidad. Un reconocimiento, pues, a las identidades sexuales un siglo después de que las autoridades y la prensa de entonces se quedasen en la superficie. “Aunque es la historia de dos mujeres, también es la historia de la transgresión de los roles de género”, apunta De Gabriel. “Ahora bien, para la sociedad de la época tuvieron más mérito los pantalones de Elisa que la relación sexual entre ellas”.

Elisa, fotografiada en la cárcel de Oporto, tras ser detenidas. / ARCHIVO NARCISO DE GABRIEL

Elisa, fotografiada en la cárcel de Oporto.

En aquel tiempo, en la prensa del corazón también abundaba la casquería, por mucho que alguna publicación llamase a la moderación. No tanto por respeto a Marcela y Elisa, como por el sufrimiento que acarrearía a sus familiares, “que nada han hecho por perder su reputación”, como señalaba la Revista Gallega. “Lo que es más censurable [es] tener por único fin [...] la venta de más ejemplares del periódico indiscreto resumiendo en un puñado de céntimos la tranquilidad de un hogar honrado”. El artículo, publicado en 1901 bajo el título El fomento del escándalo, pedía mano dura con la pareja: “Castiguen a los culpables, pero déjese en paz con su dolor a los que son del todo inocentes, aunque la culpa de los otros les haga padecer”.

También se informaba de madres que ocultaban los diarios a sus hijos. “Lo que nada puede justificar es el descenso voluntario del periodismo a esas cloacas de la degeneración”, señalaba El País. “Si bien es necesario hablar a veces del vicio, siempre para combatirlo, nunca es lícito traerlo a colación sólo para dar noticia de él; de cualquier modo, hay aberraciones y vergüenzas de tal género, tan bajos, tan repugnantes, que ni por un fin tan justo pueden publicarse, porque manchan la pluma, el papel y la mano que lo toca”, se explayaba el rotativo republicano en la pieza Las bodas sáficas. O las casadas de La Coruña. España, una vez más, en la vanguardia del puritanismo.

Tan sólo alguna voz crítica con el sistema, como la de Emilia Pardo Bazán, que se había vestido de hombre para poder estudiar en la Universidad. “¡Cuánto siento que sea tan escabrosa la inaudita novela que estos días se ha divulgado en la prensa!”, escribió en La Ilustración Artística la escritora coruñesa. El artículo Sobre ascuas, además de laudatorio, es la excepción que confirma la regla: “La destreza y resolución con que urdió la maraña para soltar la personalidad femenina y adquirir legalmente la condición viril revelan inteligencia nada común y son materia de asombro para el novelista que apenas acertaría a idear enredo semejante”. Lo hizo a posteriori Felipe Trigo, que publicó en 1903 la novela erótica Sed de amar, aunque no fue tan valiente como las protagonistas, a quienes en la ficción hizo regresar a Galicia como dos mujeres porque la realidad le resultaba demasiado desvergonzada para la época.

“Fue el best seller del momento”, explica José Carlos Alonso. “Refleja su realidad de una manera muy singular, pues hace figurar a Elisa como un hombre que seduce a una mujer”, añade el responsable del colectivo Milhomes, que tras su desaparición pasó el testigo a la asociación Alas. El activista gay lamenta que, pese a su condición de pioneras del feminismo y la lucha por los derechos de los homosexuales, no obtuviesen el reconocimiento social que se merecían. “Aunque eran unas burguesas, no tenían mucho dinero ni estatus. Al contrario que otras personas de la alta sociedad, que se pudieron permitir el lujo de vivir su relación con anchura porque tenían un palacio, ellas no tuvieron la posibilidad de capitalizar su figura. En fin, no gozaron de las circunstancias que les habrían permitido ser unas adalides”, concluye Alonso.

No fue el caso de las señoritas de Llangollen, dos aristócratas angloirlandesas que, víctimas de un inminente matrimonio forzoso, huyeron vestidas de hombre a Gales. Allí se establecieron en una cabaña, donde se amaron sin tapujos y se cultivaron en idiomas, literatura y geografía. Corría el año 1780 y, mientras se leían libros una a la otra, a veces sonaba la puerta. Era Shelley, Byron o Scott, que acudían a conocer a Lady Eleanor Butler y a la Honorable Sarah Ponsoby. No sólo terminaron siendo aceptadas tanto por sus familias como por los intelectuales, sino que se ganaron la admiración de la reina consorte Carlota de Mecklemburgo-Strelitz, quien persuadió al rey Jorge III para que les concediese una pensión.

Vivieron juntas cincuenta años, mientras las heroínas gallegas podrían contar con los dedos de sus manos el tiempo que fueron felices compartiendo el mismo techo. De la primera, nada se supo, aunque dejó una hija que, tal vez, pudo concebir una criatura que quizá se llame como su intrépida abuela: Elisa o, si lo prefieren, Mario o María. De la segunda sabemos lo que preferiríamos ignorar: un cuerpo hundiéndose en las aguas del puerto de Veracruz, una enferma de cáncer que encara sus últimos días en soledad. La guadaña oxidada de la muerte.

“Su fuerza inicial y su coraje posterior han traspasado la eternidad, tras soportar un exilio por motivos de género en busca de la tierra prometida más allá del horizonte del mar”, sentencia el escritor Manuel Rivas. “Es como si en ellas —o en ella y en él— se encarnase un acuerdo que atraviesa generaciones para mantener vivo el amor de una forma épica”. Marcela y Elisa: “Ellas son portavoces de otra Historia”. La que siguen gozando y sufriendo millones de mujeres convencidas de que amar jamás podrá ser un delito.