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Refugiado Genio Inventor Un 'Einstein' ucraniano en Vallecas

Con apenas 6 años Mykola ya inventó mecanismos complejos como un montacargas. Ahora, desde su balcón en Vallecas, este refugiado construye e inventa contrarreloj para poder quedarse en España después de que la Oficina de Asilo le comunicase hace un par de meses que su solicitud de protección internacional ha sido rechazada.

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Mykola en su barrio, Vallekas / MARÍA jOSÉ CARMONA

Este 'inventor' ucraniano llegó hace dos años a Madrid en busca de refugio. Hoy, desde el balcón de su casa, trata de revolucionar el futuro del automóvil.

¿Sabes que Einstein también fue refugiado? Mykola sonríe de lado y niega con la cabeza. Es difícil saber si esta observación le resulta interesante o, por el contrario, una simple tontería. Su expresión traslúcida, proyectada a través de unos grandes ojos claros y hundidos, ofrece poca información.

Consciente de ello, el ucraniano se limita a responder con ese gesto mudo. Ya lo había advertido antes, no le gusta hablar. Puede que sea por timidez o por pura indiferencia. Solo él lo sabe. En todo caso, la pregunta no está hecha al azar.

Mykola y Einstein tienen dos cosas en común. Ambos huyeron del país en que nacieron por miedo a ser perseguidos. Ambos -salvando las distancias- quisieron cambiar la vida de los demás a través de sus inventos y descubrimientos.

Eso sí, Mykola, al contrario del físico alemán, decidió saltarse toda la parte teórica. Él es autodidacta, una especie de inventor de lo precario. Corta, ensambla y perfora materiales cogidos directamente de la basura. Todo desde el minúsculo espacio que ocupa el balcón de su casa, en el barrio madrileño de Vallecas. Rodeado de cables, herramientas y piezas de viejos ordenadores, Mykola trabaja ahora en su último descubrimiento. Un depósito para el coche con el que pretende generar hidrógeno a bordo. Dice que puede reducir en un 60% la emisión de gases contaminantes, que permite ahorrar un 30% de combustible y que, además, limpia el motor. Nuestro Einstein pronuncia todas estas cifras con la suficiencia de un maestro veterano, a pesar de no tener ninguna formación de ingeniería ni mecánica.

“Me gusta mucho pensar e inventar. Cada vez que hay un problema pienso hasta encontrar la solución. Solo hay que probar, probar, probar”, asegura Mykola en un español aún demasiado torpe. “Ahora tengo mucho tiempo para pensar”.

Con “ahora” se refiere a los dos últimos años que lleva viviendo en España junto a su mujer, Eugenia, y sus hijos Nikol y Adrían, de dos y tres años. Si Einstein huyó de Alemania por su origen judío, a él le tocó salir de Ucrania por saber demasiado.

Mykola y su mujer, Eugenia / MARÍA JOSÉ CARMONA

La huida

El año anterior a su marcha, el inventor autodidacta tuvo otro empleo. Fue chófer de un importante diputado del parlamento ucraniano. Durante ocho meses fue su “ayudante principal”, precisa Mykola después de pedir expresamente que no se mencione el nombre de su ex jefe.

Como conductor, estaba a su servicio las 24 horas para llevar al político a todo tipo de encuentros. Mykola conducía, escuchaba, sabía todos los detalles de una agenda plagada, muchas veces, de citas clandestinas. “Ni siquiera me dejaba llevar móvil para que no nos pudieran localizar por gps”.

Era un buen trabajo. Ganaba unos 800 euros libres de impuestos –es frecuente, según Mykola, que los chóferes de los miembros del parlamento trabajen sin contrato-. Sin embargo, las cosas se torcieron a partir del 21 de noviembre de 2013. Esa noche la Plaza de la Independencia de Kiev, hasta entonces desconocida para la mayoría de los europeos, pasó a ocupar titulares de medio mundo a raíz de una multitudinaria protesta de estudiantes contra el entonces presidente prorruso, Viktor Yanukovich.

Lo ocurrido allí pasaría a ser conocido popularmente como "Las revueltas del Maidan", acabaría por derrocar al Gobierno y supondría el inicio de una progresiva ruptura del país. Prorrusos de un lado, proeuropeos de otro. Desde entonces, esta guerra no declarada ha dejado unos 9.700 muertos -2.000 de ellos civiles-. La mayoría se cuentan en las regiones del este donde a diario se suceden combates entre fuerzas gubernamentales y grupos separatistas respaldados por Rusia.

El jefe de Mykola, de tendencia prorrusa, no tardó en darse cuenta de lo que se avecinaba. Solo unos meses después de las protestas en el Maidan, el hombre que el inventor no quiere mencionar desapareció. Desde junio de 2014 existe una orden de detención internacional contra él. Le acusan de colaborar con los separatistas, además de otros casos de corrupción relacionados con varias empresas a su nombre.

Tras la huida del político, las amenazas a su entorno se convirtieron en algo frecuente. Un día tres hombres se presentaron en casa de Mykola buscando información y le dieron una paliza. “Eran policías de paisano”, asegura él, midiendo cada palabra con la precisión de un usurero. Sin embargo, no fue entonces cuando decidió escapar. Fue poco tiempo después cuando otro grupo de hombres amenazó por la calle a su mujer, Eugenia, entonces embarazada de siete meses del pequeño Adrián.

Mykola trabajando en sus inventos / MARÍA JOSÉ CARMONA

El invento definitivo

“Tomamos la decisión muy rápido. España era la opción más cercana, el primer vuelo que encontramos nos trajo a Barcelona”, cuenta Eugenia. De allí se trasladaron a Madrid e iniciaron los trámites para pedir el asilo con el apoyo de la ONG Accem.

Tardaron meses en encontrar casa y aún más en conseguir empleo. Hoy Eugenia – con 32 años- se desdobla para dar clases de inglés en un par de academias y su trabajo como promotora de una marca de bebidas en el aeropuerto. Mientras, Mykola – de 36 años- persigue el invento definitivo en el balcón.

Asegura que es un talento innato. Con apenas seis años ideó la manera de construir un montacargas para ayudar a la familia a almacenar la comida durante el invierno.

En 2012 estuvo cerca de tocar la gloria. Inventó un sistema de luz trasera para el coche capaz de reducir el tiempo de aviso en caso de frenada. Incluso se lo presentó a BMW, pero la empresa lo rechazo, afirma Mykola, “porque la idea no estaba patentada”.

Ahora lleva seis meses enfrascado en la generación de hidrógeno para el motor. Va por su quinto prototipo. Todos hechos con material reciclado: una vieja bomba de agua, una caja para el filtro, varias placas de acero inoxidable. Después los prueba en su propio coche, un BMW de segunda mano con más de quince años.

El depósito de hidrógeno es su última esperanza. Sobre todo después de que la Oficina de Asilo les comunicase hace un par de meses que su solicitud de protección internacional ha sido rechazada. “No nos han explicado las razones. Tenemos que esperar a que nos den la notificación, pero nos han dicho que tenemos hasta finales de septiembre. Luego nos expulsarán”, confiesa Eugenia desconcertada.

Ucrania es hoy la tercera nacionalidad con mayor número de solicitudes de asilo después de Venezuela y Siria. En lo que llevamos de año se han presentado más de 2.500 peticiones. Sin embargo, como denunció en 2016 Amnistía Internacional, la administración retrasa de manera deliberada estas solicitudes a la espera de que mejore la situación en el país de origen. Lo llaman “criterio de prudencia”.

El pasado octubre, el Gobierno volvió a reactivar la tramitación de los expedientes de Ucrania, pero según la ONG Accem la mayoría está obteniendo una respuesta negativa. Estados Unidos acogió a Einstein, pero España no acoge a Mykola.

“No es seguro volver. Volver no”, rompe el silencio el inventor ucraniano. A duras penas y con la ayuda de la traducción de Eugenia asegura que sigue corriendo peligro, que volverán a buscarle, que tiene miedo, sobre todo por su familia. Es entonces cuando revela su plan, cuando al fin habla. “Quiero intercambiar proyectos para conseguir documentos”.

Lo que Mykola pretende explicar es que quiere donar sus ideas, sus inventos, a España a cambio de lograr el asilo. Demostrar que su contribución puede ser importante para nuestro país. “Si la sociedad sabe mi historia y conoce mis ideas será más fácil que España nos quiera”, insiste con la ingenuidad del recién llegado.

Expertos consultados del Instituto de Investigación del Automóvil (INSIA) creen que el generador de hidrógeno de Mykola podría ser válido pero, en todo caso, necesita planos, documentos que certifiquen su seguridad y mucho dinero –quizá un buen patrocinador- para financiar una investigación seria. Algo más sería que los experimentos en el balcón de la casa de Vallecas. Pero ni aun así – ni aun consiguiendo los documentos y los recursos- es seguro que el invento le sirva de salvoconducto para proteger a su familia. Ni aun así es cien por cien seguro que España definitivamente les quiera.

Haciendo un esfuerzo de delicadeza, tratan de explicárselo los trabajadores de Accem, la ONG a la que ahora le tocará pelear duro para recurrir su expulsión. Mientras tanto, Mykola calla, sonríe de lado, niega con la cabeza.