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Las gafas de Sábato

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Leí Informe sobre ciegos para impresionar a una chica que era digna de verse y adoraba a Kafka. En ese tiempo éramos de Cortázar o de Borges, como en un Boca-Ríver de la Literatura. La chica, como suele ocurrir, pasó. Pero Sábato siguió ahí, con sus inmensos libros, como si viviera en un costado de la Argentina, él que sabía detectar el ojo del huracán humano con esas gruesas gafas que siempre se te antojaban tres tallas más grandes que su cara. Su Abaddón el exterminador vaticinó, en cierto modo, la dictadura que venía en camino y también que nunca volveríamos a ser los mismos.

Acaso por su formación científica, era capaz de analizar las pasiones hasta el fondo. Él, que en los laboratorios Curie de París asistió a la ruptura del átomo de uranio, fue el más preocupado por comprender los mecanismos que descomponen el alma de una sociedad a partir de su partícula elemental: el individuo. Desde el año 74 no volvió a publicar una sola novela, como si hubiera hallado ya en el género todo lo que podía hallar, o temiera llegar a saber demasiado. Y la vida, como en una novela de Sábato, lo enfrentó años después a la más monstruosa de las historias que contar, la de las atrocidades cometidas por Videla y sus herederos en el poder militar.

Sus trágicas lentes enmarcaban la profunda tristeza de sus ojos

Su trabajo al frente de la Comisión Nacional para la Desaparición de Personas (CONADEP), lo obligó a leer miles de testimonios del horror, a ver las caras de las víctimas y las máscaras arrogantes de los verdugos, a escuchar críticas de todo un sector del país urgido por olvidar, no ya lo ocurrido, sino su propia pasividad ante los hechos. Y Sábato lo veía todo con esas gruesas gafas tres tallas más grandes que su cara, en las que uno creía que residía su poder para analizar sin estallar, como un científico que debe conocer al germen más letal tal vez para buscar un antídoto, pero especialmente para explicarse su existencia.

No es extraño ni premonitorio que a finales de los ochenta comenzara a perder la vista, y resulta coherente que se dedicara con mayor ahínco a su otra pasión, la pintura. Tenía que seguir narrando, por otros medios, el infierno tan temido que, él ya lo sabía, no son los otros como afirmaba Sartre, sino nosotros.

Ahora comprendo que las gafas de Ernesto Sábato no eran mágicas, sino trágicas, porque enmarcaban la profunda tristeza de sus ojos. La mirada del hombre que sabía demasiado.

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