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¡Qué incómodo es el banquillo!

Santiago Mainar estuvo mucho más incómodo durante la segunda sesión del juicio que durante la primera, cuando le tocó declarar ante el tribunal que lo juzga por el crimen de Fago

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El banquillo era igual el del lunes que el del martes. De madera clara, sin ningún tipo de cojín. Pero Santiago Mainar estuvo mucho más incómodo durante la segunda sesión del juicio que durante la primera, cuando le tocó declarar ante el tribunal que lo juzga por el crimen de Fago.

Si en la primera sesión se mantuvo erguido, casi sin moverse, incluso desafiante cuando contestaba las preguntas que le hacían las acusaciones y el fiscal, en la segunda parecía no encontrar su sitio en el banco corrido que compartía con los dos policías uniformados que le custodiaban. Siempre esposado, Mainar se removía. Una y otra vez. Parecía molestarle hasta el cuello de la camisa.

Motivo tenía, porque ayer varios testigos que declararon dejaron en muy mal lugar su declaración del primer día, aquella con la que quería proclamar su inocencia y su 'altruismo'. Primero fueron dos guardias civiles que asistieron a la confesión autoinculpatoria que hizo cuando fue detenido. Después, la mujer de la víctima, Celia Estalrich.

Mientras uno tras otro iban desmontando sus principales argumentos de defensa, Mainar miraba al suelo unas veces y otras, al tribunal. Nunca al que hablaba. Tampoco a la viuda de la víctima, con la que rehuyó cruzar la mirada.

Bastante parecía tener el guarda forestal con la que le estaba cayendo encima. Ni siquiera el lema en latín que ilustra una de las vidrieras de la sala donde celebra el juicio, y que recuerda al tribunal que en caso de duda, se debe absolver al reo, parecía tranquilizarle. Miraba al suelo y se removía en su sitio.

Algo muy alejado del 'narcisismo' que le suponen los psicólogos que, a petición de su defensa, le han analizado ya en la cárcel. Ayer Mainar estuvo incómodo en subanquillo. Ni el mejor de los cojines le hubiera impedido moverse una y otra vez.

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