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El maestro de la línea clara

José Antonio Múñoz Rojas tuvo un estilo limpio y siempre misterioso, cercano a lo lúdico

CARLOS PARDO



Hasta hace muy poco uno podía imaginarse al nonagenario José Antonio Muñoz Rojas montando a caballo en sus tierras de Antequera, con la misma energía juvenil que puso en cada uno de sus libros. Este bienhumorado mantuvo la brasa de la generación del 27 encendida durante la posguerra y disfrutó de una vida elegantemente ajena a los círculos literarios. Cuando estaba a punto de cumplir 90 años, el esfuerzo de la editorial Pre-Textos lo convirtió en la revelación de la poesía española de la segunda mitad del siglo.

Recuperaron joyas como Las cosas del campo (1953) o Las musarañas (1957), que reviven la infancia del poeta con una afinada prosa poética. Y publicaron nuevos libros como Objetos perdidos, con poemas entre la reflexión cotidiana y la humorada, que mereció el premio Nacional de Poesía de 1998, o Entre otros olvidos (2002).

Su estilo limpio y siempre misterioso, cercano a lo lúdico, lo hizo maestro de la línea clara preconizada en los años noventa por parte de la poesía española, pero Muñoz Rojas también publicó libros memorias que figuran entre su mejor obra, como Dejado ir y Amigos y maestros. Su poesía se sobrevivió a sí misma, por eso el casi centenario poeta no quería homenajes: el mundo había perdido el buen humor que Muñoz Rojas tuvo hasta el último día.

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