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El manicomio de los horrores

Nelly Bly destapó las deficiencias de los psiquiátricos en el Nueva York de 1887 en un reportaje mítico

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Nadie sabía lo que ocurría en el manicomio de Blackwell hasta que la periodista Nelly Bly entró. Nadie se imaginaba que aquel lugar destinado a los locos de Nueva York, era un antro inmundo donde se maltrataba a los pacientes. Y, sobre todo, lo que a nadie se le pasaba por la cabeza es que los encerrados no eran dementes. Simplemente, no tenían un lugar a dónde ir y eran extranjeros.

El reportaje que escribió Bly en 1887 para el New York World el periódico amarillo de Joseph Pulitzer destapó el escándalo. Por entonces, la institución, fundada en 1839 con gran algarabía por ser el primer centro público para enfermos mentales de EEUU, ya estaba asediada por periodistas. De sus muros salían rumores de todo tipo, y muchos artículos de los diarios definían al manicomio como una 'cárcel de ladrones y prostitutas'.

Pero fue Bly la que dio con la verdad. Y lo hizo de una forma revolucionaria: haciéndose pasar por loca, engañando a los doctores y viviendo durante más de una semana en aquel lugar. Así fue como se gestó Diez días en un manicomio, un reportaje que se convirtió en uno de los hitos del periodismo de investigación y que ahora, más de 100 años después, acaba de ser publicado por primera vez en español por Ediciones Buck.

La historia, contada en primera persona, supura ingenuidad. No hay sensacionalismo a pesar de la publicación para la que lo redactó. Bly sólo tiene 23 años y no puede explicarse lo que ven sus ojos. Desde el principio, la periodista muestra su asombro, ya que sólo tiene que fingir desconocer su procedencia para que expertos doctores la tilden de loca.

Una vez dentro, recluida en la sala 6, comienza a narrar las historias de las 45 mujeres que se encuentran encerradas. Muchas son alemanas, irlandesas y francesas. Son las inmigrantes que acudían a Nueva York buscando un futuro mejor que el que tenían en Europa. Bly constata casos como el de una alemana que llega allí porque los médicos que la tratan no conocen su idioma. La mujer se desgañita en alemán, pero nadie hace nada por buscar a un intérprete que traduzca lo que dice. Otra mujer le confiesa su estupor: 'Todo en este país me era novedoso y antes de darme cuenta estaba encerrada por loca'.

Comida insana, palizas, ropas incómodas y escasas para el frío que hace en aquellas habitaciones. Cuartos cerrados con candados que impedirían escapar si se declarase un incendio. Enfermeras crueles que no transmiten ni calidez ni cariño. Duchas con agua helada. Bly describe aquellas escenas con frialdad. No hay juicios de valor. Los hechos son suficientemente esclarecedores.

'Estoy segura de que las personas que aquí se encuetran están tan cuerdas como yo', escribe Bly sobre sus compañeras. El final del reportaje es absolutamente angustioso. La periodista termina por descubrirse y confesar que es una reportera en plena faena. Nadie la cree. 'Cuanto más decía que estaba cuerda, más pensaban los doctores que estaba loca (...) Aquí es fácil entrar, pero muy difícil salir' , relata.

Tras su publicación en el diario, el reportaje cumplió y logró que las autoridades de la ciudad de Nueva York reformara toda la estructura de los centros para enfermos mentales.

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