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Ni abril de 1931 ni noviembre de 1989

En Irán hay un anhelo de cambio, de más libertad y menos rigor religioso

LUIS MATÍAS LÓPEZ

La derrota de la monarquía en las grandes ciudades precipitó su caída

¿Recuerda la situación en Irán a la que, en abril de 1931, obligó al abuelo del rey Juan Carlos a salir por pies tras conocerse los resultados de las elecciones municipales? Los datos desnudos no siempre cuentan la verdad.

En sentido estricto, los partidos monárquicos no fueron derrotados entonces. Gracias al férreo control caciquil en el campo obtuvieron más concejales que los republicanos en el conjunto del país. Sin embargo, su derrota en las grandes ciudades precipitó el cambio de régimen, al que pocos perdedores y ningún historiador que se precie niegan legitimidad, pero que fue el germen de la Guerra Civil.

En Irán, a falta de conocerse el volumen del fraude, los resultados oficiales apuntan a que el presidente Mahmud Ahmadineyad ha compensado en el Irán profundo, con creces, la ventaja que lleva el candidato opositor Mir Hosein Musaví en Teherán y otras grandes ciudades.

¿Vale más, como en la España de 1931, el voto de la capital que el de una aldea remota? Sólo si este último se escamoteó o no se emitió libremente. Demostrarlo se antoja imposible. La repetición de las elecciones es una utopía. ¿Cambio de régimen? Descartado.

¿Está en marcha una revolución como la que derribó en noviembre de 1989 el muro de Berlín? A las protestas callejeras de Teherán se les puede poner color (el verde), aunque tal vez sería más justo identificarla con un instrumento que intenta vencer a la censura (el teléfono móvil).

Pero su objetivo no es el mismo que en Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Ucrania o Georgia. Nadie en Teherán (y menos que nadie Musaví), pretende cambiar el sistema, dar un revolcón a la historia o destruir la república islámica como antes se expulsó al sha.

¿Qué está pasando? Se asiste a una lucha entre familias. La más dura, la de Ahmadineyad y su padrino, el todopoderoso ayatóla Alí Jamenei, líder supremo del país, no acepta el moderado cambio de rumbo que defiende Musaví, cuyo principal apoyo radica en el ex presidente Hachemi Rafsanyani, un pragmático que defiende un mejor entendimiento con Barack Obama (cuyos comentarios han sido muy prudentes para que no le acusen de instigar las protestas) y con fama de ser el hombre más corrupto del país.

Sin embargo, una disputa familiar no explica que cientos de miles de personas se echen a la calle, incluso jugándose la vida. En ellas late un auténtico anhelo de cambio, de más libertad y menos rigor religioso, de que la democracia no signifique que el poder real no emana del voto, sino de Alá o del puñado de ayatolás que dicen actuar en su nombre.

Tal vez no sean mayoría, pero forman una vanguardia, como las que suelen hacer triunfar las revoluciones.

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