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Renée Fleming dice que el público está cansado de "lo italiano" y quiere nuevas cosas

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Empezó como cantante de jazz pero luego decidió aprender canto, un proceso que la alejó de los escenarios hasta los 30 años. Ahora, cuando ha cumplido 50, la soprano Renée Fleming es una diva que se las sabe todas y se permite afirmar que el público está harto "de lo italiano" y quiere nuevas cosas.

En un encuentro con periodistas con motivo de su recital en el Teatro Real, en el que ha interpretado, dirigida por Jesús López Cobos al frente de la Sinfónica de Madrid, arias de su nuevo disco, "Verismo" (Decca), y piezas de Strauss, Fleming responde con desparpajo a todas las cuestiones, excepto a la que indaga en su opinión sobre el que será el nuevo intendente del coliseo madrileño, el belga Gérard Mortier, con el que coincidió en París.

"No comment", responde, y con eso alimenta la leyenda de que no es precisamente afecto lo que les une.

Para rematarlo opina que, si bien es "absolutamente cierto" que la Ópera de Nueva York había prometido a Mortier "un dinero" para que se incorporara en 2009 y que la crisis económica lo cambió todo, teniendo en cuenta que la situación "era la misma en todas partes y que por su causa ya se habían hecho cambios bestiales en el teatro", debería haberse quedado allí y no aceptar la oferta del Teatro Real.

"Otro se habría adaptado y habría sacado adelante su proyecto de la forma que fuese", subraya, aunque precisa que para Madrid "puede ser muy interesante y positivo" ver las obras y producciones "realmente diferentes" que traerá Mortier.

Con 51 roles en la cuenta, Fleming está convencida de que el público "se ha cansado de 'lo italiano' y que busca nuevas cosas" por eso, entre otras razones, dice, ha terminado "definitivamente" con la "Traviata" y con "Manon Lescaut" y ahora hará "Lohengrin" o "La viuda alegre".

Le gusta cantar en España, donde el público es "deliciosamente cálido y agradecido", pero no hay muchas probabilidades, por no decir ninguna, de que Fleming acepte cantar en el Real una ópera, porque una producción "lleva demasiado tiempo, un mes o mes y medio mínimo", y tiene dos hijas a las que quiere atender de cerca.

La carismática soprano, una de las más cotizadas del mundo e inspiradora de modistos, pasteleros y perfumistas, es feliz por el entusiasmo que despierta en el público -"de eso vivimos"-y ronronea de placer al recordar que el año pasado en Barcelona, donde hizo "Thais", la esperaban como si fuera una "rock star".

¿Se siente como los Jonas Brothers? "No, más bien como Madonna, y además tengo sus bíceps", ríe la norteamericana señalando sus torneados brazos.

La diferencia entre ella y otras grandes sopranos del momento, como Anna Netrebko, tiene no sólo que ver con su técnica y su voz, una singular mezcla de timbre, tono y color, sino con los meditados pasos que ha dado en estos últimos veinte años.

"El mejor ejemplo de planificación de una buena carrera es Plácido Domingo, que ha sabido ir adaptando su repertorio a su voz. Yo no creo que tenga que ir bajando mi voz para ser mezzo, es más bien una cuestión de lo que se canta", asevera.

Que se concentrara en tres de los personajes verdianos -Violetta, Desdemona y Amelia Grimaldi- la ha alejado de la tentación de escalar en cotas de heroísmo verdiano que podrían haber agostado su voz, con la que ella, asegura, es "muy crítica".

Por eso, revela, vive las grabaciones de sus discos "como un proceso dolorosísimo", tanto que después de revisarlos para su edición no vuelve a escucharlos.

"Lo importante con la voz es que, si te pasa algo malo, tengas a alguien que pueda ayudarte a solucionarlo, porque lo esencial es mantenerte y que la carrera dure tanto como se pueda", advierte Fleming, con contratos firmados hasta el 2016.

Aunque ella no quiere definirla, su voz se ha comparado muchas veces con el chocolate, la crema y el terciopelo. "Todo es una experiencia sensorial", recuerda una y otra vez la diva Renée, que anoche superó un nuevo reto al actuar con Lou Reed en Praga para conmemorar la Revolución.

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