Qué es el consumo colaborativo
El consumo colaborativo apuesta por una distribución más eficiente de los bienes y servicios, aunque su puesta en práctica ha tenido consecuencias diferentes.

Zaragoza-
Bienvenidos a 2030. No tengo nada, no tengo privacidad y mi vida nunca ha sido mejor. Con este provocativo título, la parlamentaria y exministra de Medio Ambiente danesa Ida Auken publicó en 2016 un artículo en el que animaba a reflexionar hacia dónde iba el mundo según su punto de vista. Una utopía -o distopía, ya que su intención no era posicionarse- en la que la propiedad privada no desaparecía por decreto, sino por pura obsolescencia. Una línea de pensamiento claramente influenciada por el consumo colaborativo que, entonces, comenzaba a imponerse frente a las formas del capitalismo tradicional.
En su texto, que fue publicado por el Foro Económico Mundial, la política progresista relata cómo un cambio de paradigma económico haría que prácticamente todo pasara a concebirse como un servicio. “Todo lo que antes se consideraba un producto ahora se ha convertido en un servicio. Tenemos acceso al transporte, al alojamiento, a la comida y a todas las cosas que necesitamos en nuestra vida diaria. Una por una, todas estas cosas se volvieron gratuitas, así que al final dejó de tener sentido para nosotros poseer muchas cosas”, relata.
Aunque llevado al extremo, en el fondo no deja de ser aquello que se propuso en su momento como consumo colaborativo. Es decir, una economía en la que el acceso pesa más que la propiedad y en la que los bienes circulan entre usuarios en lugar de quedarse en manos de un único propietario.
Qué es el consumo colaborativo
Podemos definir al consumo colaborativo como un modelo socioeconómico basado en el acceso, intercambio, préstamo, alquiler o uso compartido de bienes y servicios entre individuos o grupos, el cual es facilitado por plataformas digitales. O dicho de otra manera, una forma de consumir en la que las personas comparten bienes y servicios para aprovechar mejor los recursos ya existentes. La lógica es la siguiente: en lugar de que cada individuo posea todos los bienes que utiliza, estos fluctúan entre diferentes usuarios cuando realmente los necesitan.
La primera vez que se acuñó el término consumo colaborativo fue en 2007, aunque comenzó a popularizarse a raíz de la publicación en 2010 del libro What's mine is yours: the rise of collaborative consumption -que puede traducirse como: Lo que es mío es tuyo: el ascenso del consumo colaborativo-, escrito por Rachel Botsman. El cuándo es relevante porque denota dos aspectos fundamentales asociadas a esta teoría. La primera es que nace al abrigo de la crisis económica de 2008, en la que el modelo capitalista quedó en jaque tal y cómo se concebía hasta la fecha.
La segunda característica clave es que el consumo colaborativo posee una dimensión tecnológica muy marcada. Al fin y al cabo, su ejecución hubiese sido imposible sin el desarrollo de smartphones, aplicaciones móviles o los sistemas de pago digitales.
Las cuatro claves del consumo colaborativo
De esta manera, el consumo colaborativo se fundamenta sobre cuatro patas. La primera de ellas, y ya mencionada, es un cambio de paradigma por el que los servicios sustituyen a la propiedad. No significa necesariamente dejar de comprar cosas, sino priorizar el acceso frente a la posesión permanente. Es decir, el poder usarlo, sin importar tanto el poder poseerlo. Algo que eclosionó posteriormente en las llamadas economías de suscripción, encabezadas por gigantes como Netflix o Spotify.
Por su parte, el intercambio debe realizarse entre iguales. Es lo que se llama un intercambio peer-to-peer, también escrito p2p. Es más, se puede dar el caso en que una misma persona sea oferente y demandante según el caso.
Con una particularidad que ejerce de tercera pata: el contacto se suele producir gracias a las nuevas tecnologías. Esto es, plataformas creadas para poner en contacto a las personas y cuyo valor reside en la cantidad de usuarios activos que poseen.
Finalmente, la cuarta pata del consumo colaborativo es aprovechar los recursos infrautilizados para que otras personas puedan sacarle rendimiento. Esta es, sin duda, la característica que más denota su creación en tiempo de crisis, cuando muchas personas no tenían acceso a servicios o herramientas y debían coordinarse con otras personas para poder seguir utilizándolas.
Ejemplos de consumo colaborativo
Los ejemplos de consumo colaborativo son muchos y variados, aunque, sin duda alguna, los más exitosos fueron Airbnb y Uber, actualmente completamente integrados en nuestro día a día. Ambas empresas son, en el fondo, plataformas en las que los usuarios ofertan y adquieren servicios, en este caso transporte o alojamiento. Sobre el papel, ambas compañías son simples intermediarios en un intercambio entre iguales. Es decir, no poseen ni las viviendas ni los vehículos, sino que actúa como infraestructura digital que conecta a quienes ofrecen el servicio con quienes lo demandan. Aunque la deriva práctica pone varios matices a esto último.
Banderas de la economía circular como Vinted o Wallapop, en las que se produce una compraventa de objetos usados, también entran dentro de la lógica del consumo colaborativo. En estos casos el objetivo no es tanto compartir un recurso temporalmente como extender la vida útil de productos que de otro modo quedarían olvidados. Sin embargo, el componente p2p, la doble función comprador/vendedor de sus usuarios o el cariz tecnológico hace que se puedan considerar parte del mismo movimiento.
La paradoja del consumo colaborativo
Sin embargo, la teoría y la práctica han resultado muy distintas y el mundo a 2026 es muy diferente al imaginado por Auken para 2030. Si el consumo colaborativo prometía que las personas pudieran compartir bienes infrautilizados directamente entre ellas gracias a internet, generando una economía horizontal y eficiente, el resultado ha sido algo completamente diferente.
Las plataformas digitales se convirtieron en intermediarios necesarios, lo que les otorgó un poder insuperable en forma de reglas, datos o comisiones. Por norma general, debido al efecto de red, esto es, cuantos más usuarios tiene una plataforma, más útil resulta para los nuevos usuarios, las empresas que llegaron primero se hicieron con el monopolio del mercado. Una circunstancia que ha generado un ecosistema que si bien en algunos casos ha desplazado a las industrias predecesoras, por ejemplo Airbnb ha superado en algunos casos a la industria hotelera en alojamientos vacacionales, no ha democratizado la economía precisamente.
Más bien al contrario, los viejos intermediarios han sido sustituidos por unas nuevas plataformas digitales capaces de operar a escala global y con una capacidad de control muy superior gracias a los algoritmos y el control de los datos. El resultado final es una paradoja: un modelo diseñado para eliminar la figura de intermediación ha terminado consolidando a algunos de los actores más dominantes de la economía digital.


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