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Espacio Una nueva miniluna de la Tierra puede ser un trozo de basura espacial de hace más de 50 años

Entrará en la órbita del planeta durante unos meses lo que parece ser el desecho de una misión fallida de la NASA de 1966.

cohete Nasa
Un cohete Atlas-Centaur preparado para su lanzamiento en cabo Cañaveral en 1964. (NASA)

MALEN RUIZ DE ELVIRA

Uno de estos días está previsto que la Tierra adquiera una nueva miniluna, que la orbitará durante unos meses antes de volver al espacio exterior. Aunque no es la primera vez que se ha observado este fenómeno, en este caso los expertos están casi seguros de que no se trata de una roca celeste sino de una etapa de un cohete, un elemento de basura espacial que escapó del campo gravitatorio terrestre y dio vueltas al Sol hasta ahora, cuando su trayectoria caótica le hace encontrarse nuevamente con el planeta del que salió en 1966.

Mientras esta hipótesis se confirma, el cuerpo celeste, que se detectó hace solo mes y medio, se ha clasificado como asteroide de clase Apolo con el nombre 2020 SO y no presenta riesgo alguno de colisión con la Tierra, según el Centro para el Estudio de Objetos Cercanos a la Tierra (CNEOS), de la NASA, que establece su tamaño entre los 5,8 y los 13 metros. Según su director, Paul Chodas, las características del objeto, especialmente su baja velocidad y su órbita, muy similar a la de la Tierra, indican que puede ser un Centauro, la segunda etapa de un cohete, concretamente el Atlas que lanzó la nave Surveyor 2 el 20 de septiembre de 1966. Esta nave no tripulada debería haberse posado sobre la Luna, pero la misión fracasó. Surveyor se estrelló en el satélite tres días después y la etapa desechada del cohete que la impulsó hasta allí sobrepasó la Luna y se perdió en el espacio. Ahora sería la primera vez que se vuelva a ver tras más de 50 años perdido.

Otro experto ha indicado que seguramente el objeto entrará en órbita de la Tierra por el punto de Lagrange 2 al final de este mes y la abandonará por el punto de Lagrange 1 alrededor de mayo próximo. Tendrá una órbita complicada y distante y una primera máxima aproximación a la Tierra el 1 de diciembre, aunque todos estos datos son provisionales todavía.

A medida que se acerque el supuesto cilindro metálico, señalan los astrónomos, se podrá verificar si la hipótesis del cohete es cierta, con observaciones de su reflectividad, tamaño y hasta su forma con telescopios. La reflectividad indicará si va recubierto de pintura, apuntalando su origen artificial, y los cambios en su trayectoria darán pistas sobre su densidad, que sería mucho menor que la de una roca celeste.

La arqueóloga espacial Alice Gorman, de Australia, explica en Sciencealert que una buena parte de la basura espacial está formada por etapas desechadas de cohetes y que es bastante fácil que se pierdan para los observadores. "Existen tantos factores en el espacio, como factores gravitatorios y otros que afectan al movimiento que a veces estos objetos resultan impredecibles. Es asombroso el número de ellos que se han perdido", comenta.

Lo que es seguro es que serán muchos los observatorios que quieran obtener datos sobre 2020 SO, para verificar su origen artificial y tratar de conocer cómo le ha afectado su estancia de medio siglo en el espacio exterior, aunque a efectos astronómicos dejaría de considerarse miniluna. Si resulta ser un asteroide, será toda una sorpresa, todavía más interesante.

La misión de Bennu

Mientras tanto, o paralelamente, la atención se centrará en otro asteroide que está mucho más lejos. Se trata de Bennu, al que llegó hace casi dos años la nave robótica Osiris-Rex. El 20 de octubre la sonda realizará el primer intento de posarse muy brevemente sobre el asteroide, de solo 500 metros de diámetro, y tomar muestras de su superficie. El objetivo es recoger al menos 60 gramos de material en una maniobra totalmente autónoma, dado que la gran distancia a la Tierra (334 millones de kilómetros ese día) impide el control en tiempo real. Si lo consigue, se preparará la muestra para su vuelta a la Tierra en 2023. Si no lo consigue puede realizar otros dos intentos en los próximos meses.

A través de las observaciones de Osiris-Rex desde que llegó a Bennu los astrónomos han identificado en su superficie unas rocas de aspecto muy diferente al resto que parecen proceder del asteroide Vesta. Su presencia atestigua la complicada historia de colisiones cataclísmicas de este tipo de pequeños asteroides.

Es la primera vez que la NASA intenta esta aventura, que ya realizaron con éxito dos misiones japonesas que han colaborado con la agencia estadounidense todos estos años para preparar la de Osiris-Rex. La última muestra japonesa llegará este fin de año a la Tierra.