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La química, "el ejército de salvación" de Dios

El ambiente cambia el cerebro por medio de los neurotransmisores

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En 1980, Michael McGuire, uno de los autores del libro God's Brain, era el director del laboratorio de primates no humanos en la escuela médica de la Universidad de UCLA, donde estudiaba a dos docenas de ejemplares de un mono llamado cercopiteco verde (Cercopithicus aethiops) y, casi al azar, hizo un descubrimiento sorprendente.

Entonces, cuando no había otra técnica de neuroimagen que los rayos X, la mejor forma de poder analizar el cerebro de un animal sin tener que sacrificarlo era estudiando los residuos de su actividad. El cerebro evacua su basura por medio del fluido cerebroespinal. Uno de los estudiantes de su laboratorio decidió extraer muestras de ácido 5-hidroxiindolacético (5-HIAA), un subproducto de la serotonina, de varios ejemplares.

Más serotonina

Para sorpresa de McGuire, el cerebro de los machos dominantes excretaba el doble de 5-HIAA que el de los subordinados, es decir, liberaban más serotonina. Convencidos de que era un error, repitieron las pruebas seis veces, con el mismo resultado. Además, retirando del grupo a un dominante para que ascendiera otro, comprobaron que el primero bajaba sus niveles, mientras que el nuevo jefe los aumentaba. Estaban ante un nuevo paradigma: la conducta social, en este caso el estatus, puede afectar a la química cerebral.

Es sólo es una pequeña parte de la guerra interna que vive el cerebro constantemente. Como explica el neurólogo Carlos Belmonte, catedrático de Fisiología Humana en la Universidad Miguel Hernández y premio nacional de Investigación de 2008, 'el estrés forma parte de nuestro contexto vital, una medida de estado de alerta para lidiar con nuestros peligros evolutivos'.

Y el estrés fatiga el cerebro liberando neurotransmisores, en especial adrenalina en el cuerpo. Al mismo tiempo, se activan las rutas neuronales que suprimen el dolor. Otro efecto que genera es la elevación de hormonas como la cortisona. A la corteza frontal, el centro de toma de decisiones del cerebro, llegan dosis extra de otros químicos como la dopamina y la norepinefrina. El resultado es el agotamiento físico del cerebro.

Para contrarrestar el riesgo de fatiga neuronal, los seres humanos, como los monos, segregan varios neurotransmisores. En especial, además de la dopamina, están la serotonina y la oxitocina, una hormona que es a la vez neurotransmisor.

Aunque por razones éticas y técnicas no se puede medir los niveles exactos de neurotransmisores en humanos, todo indica que, como en los monos de McGuire, existe una relación entre el estatus social y el nivel de serotonina. La norepinefrina también parece relacionada con los encuentros sociales positivos y la dopamina interviene en la anticipación del placer. La oxitocina sirve como neurotransmisor en zonas del cerebro relacionadas como la emoción y la conducta social.

Esta panoplia de químicos es, según los autores, 'el ejército de salvación' que la religión ofrece. Como escriben en el capítulo 9: 'No tenemos mejor explicación al origen de la religión que como un producto de un cerebro humano siempre activo'.

El proceso de secularización no ha acabado con la espiritualidad

'Hay religiosidad desde los neandeartales, al menos. En la Sima de los Huesos hay evidencias de hace 200.000 años', dice el director del Centro Nacional de Evolución Humana y codirector de las excavaciones en Atapuerca, José María Bermúdez de Castro. Desde entonces, evolucionó hacia la formalización. Y sólo en los últimos siglos, ha cedido terreno a la secularización.

Las pinturas rupestres y las piedras labradas son las primeras muestras en el camino de la formalización de la religión como un sistema de normas, ritos y creencias en un ser superior. Pero no es hasta hace sólo unos 4.000 años que el modelo toma su forma definitiva en zonas como Egipto, la India y Oriente Próximo.

En especial, el judaísmo es la primera religión monoteísta que aspira a gobernar la totalidad de la experiencia vital de los hombres. El azar de la historia, haciendo coincidir la caída del Imperio Romano con el auge del cristianismo completó, al menos en Occidente, la tarea iniciada en Jerusalén.

Con la Ilustración empezó el proceso de secularización, una especie de camino de vuelta. Pero, como dice Javier Armienta, de la Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico, 'no nos hemos descabalgado de las creencias'. Ni las utopías fracasadas del siglo XIX lo han conseguido.

'Los ismos, como el comunismo o el moderno consumismo no generan el efecto balsámico que si tienen las actividades religiosas', explica Michael McGuire, coautor de God's Brain. Ni siquiera en las sociedades más avanzadas, como la estadounidense, se han librado del fanatismo religioso. Es más, de allí es de donde surgen los intentos de cristianizar la ciencia, como busca el diseño inteligente.

No en vano, la mitad de los científicos de EEUU se declaran creyentes, según Pew Research Center, un 10% más que hace 100 años.